Ayer por la noche estuve viendo  “La fuga de Alcatraz”. Es una película protagonizada por Clint Eastwood. El personaje de Clint intenta escapar junto a los hermanos Anglin de la prisión de alta seguridad de Alcatraz. Mi fuga al mundo exterior podría haber coincidido con la del personaje del gran Clint (Frank Morris), para dotar de más sentido las frases que están por venir. Dicen que la verdad no debe estropear una buena noticia, pero lo que realmente estropea ésta es cualquier texto que intente ser literario. Umbral decía que él nunca escribía verdades, que la gente lo que quería era mentiras y él se las daba porque decía que poca gente merecía la verdad. Siempre hubo más luz dentro de mi madre que en el exterior. Una oscuridad de la que no se sale y que mejora algo cuando cierras los ojos. Nueve meses de bendita prisión y toda una vida de libertad no elegida. Pero yo en aquel momento ya era una persona complicada. No podía estar a gusto mucho tiempo. Tanta comodidad acaba por molestarme. Ocho meses y pico es tiempo más que suficiente para saber que la felicidad nunca dura tanto. Huí de ella. No porque no me la mereciera, sino porque los cambios siempre son para bien si no los piensas. Encontré la salida a los pocos días. Fuera hacía frío y lo primero que hacían era darte un par de hostias. La vida comenzaba siendo sincera. Una advertencia de lo único que jamás iba a cambiar. El invierno nunca me abandonaría y las magulladuras adornarían mi piel de recuerdos amoratados y rojizos, como lo son siempre mis noches.

«Umbral decía que él nunca escribía verdades, que la gente lo que quería era mentiras y él se las daba porque decía que poca gente merecía la verdad»

Frank Morris llega a Alcatraz tras haber logrado escapar de otras cárceles. Yo sigo sin poder escapar de mi madre. Siempre me dejo encontrar. De Alcatraz nadie había logrado escapar hasta ese momento. El lazo maternal no es necesario apretarlo con fuerza. Es suave como sus caricias e indivisible como el núcleo del átomo. Algo que no se ve contra lo que te chocas una y otra vez. Una fuerza de la que escapas abrazándola. La resistencia clandestina dentro de su casa.

Frank va conociendo a los distintos presos, compañeros de sueños incumplidos. Entre todos, para mi destaca Doc. El actor que lo interpreta se llama Roberts Blossom, y lo ejecuta con maestría. Doc es un viejo pintor y cultivador de crisantemos. Cuando el director de la prisión descubre que ha pintado un retrato suyo, decide eliminar de manera fulminante sus privilegios de poder pintar en su celda. Doc le responde cortándose los dedos con un hacha en el taller que tienen los presos en la cárcel. Su vida no tiene sentido si no puede pintar. Sus manos se convierten en instrumentos inservibles. Para que las quiere si no es para intentar alcanzar la belleza de esta vida. Aunque ésta siempre se escape llevándosela la musa. De que sirven unos dedos si no pueden coger un pincel que intenten atraparla dando colores al aire.

Solo somos libres cuando creamos algo de la nada. Lo que sólo lo podemos entender nosotros porque ha salido desde lo más profundo de nuestro ser. Algo que no sabemos explicar al cien por cien y que demuestra que la idea es nuestra. El arte siempre nace de la duda. Solo somos expertos de la divagación. Me puse en la piel de Doc. Soy empático por defecto. Una enfermedad que duele como ninguna, pues eres un contenedor de las de los demás.

«Cuando el director de la prisión descubre que ha pintado un retrato suyo, decide eliminar de manera fulminante sus privilegios de poder pintar en su celda. Doc le responde cortándose los dedos con un hacha en el taller que tienen los presos en la cárcel. Su vida no tiene sentido si no puede pintar»

Me imaginé sin poder escribir. Que todas las personas sobre las que he escrito, reales e imaginarias, se hubieran molestado por verse reflejadas sobre el papel. Lo leído siempre es responsabilidad del lector, nunca del autor. Las conclusiones a las que llegue serán  “su” verdad, pero nunca “la” verdad. Ni siquiera el autor la tiene.

Me imaginé cortándome los dedos por la frustración al igual que el entrañable Doc. Todos menos los pulgares de ambas manos. No podría tocar mi imaginación transformada en tinta o en el pulsar de estas teclas,  pero podría chuparla como hacía de pequeño. Transformarla en cara de tomar un caramelo de naranja como la que tiene ella cada mañana al despertar. O en su parte agria cuando todo te sabe a tristeza.

Más tarde, el director de la prisión se encuentra con uno de los crisantemos de Doc, y lo aplasta en frente de los internos. Tornasol, otro de los presos, y que quiere que le llamen Al Capone, y además tiene un ratón como mascota, ve la escena y salta furioso sobre el alcaide. El disgusto le hace sufrir un ataque al corazón que acaba con su vida. El alcaide recuerda a Frank que “algunos hombres están destinados a no dejar Alcatraz ni siquiera vivos”. La muerte es la única que vuela por donde quiere. Ni siquiera los pájaros lo hacen, despistados en que sus alas no les fallen.

El personaje interpretado por el gran Clint, clama venganza y se toma en serio la huida de aquel lugar. Frank y los hermanos Anglin lo conseguirían. Se les ve remando su balsa en la noche. Al día siguiente el personal de la prisión se da cuenta de la ausencia de los tres reos. Se les busca por toda la bahía de San Francisco. El alcaide está seguro de que han muerto ahogados en su huida, aunque no se hayan encontrado los cuerpos.

El director de la prisión encuentra un crisantemo a la orilla de isla Ángel, y lo tira con desprecio en la bahía, después de haber dicho que “los  crisantemos no crecen allí”. La belleza nace donde quiere, al igual que el arte.

Los ojos nos contarán lo que nuestros dedos cortados no pueden. Nadie es más libre que el que sueña con serlo. Yo lo hago con que sigo escribiendo y cuando me despierto tengo los dedos doloridos y con algún corte profundo.

 

 

 

 

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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