(Un viaje a la adolescencia, a la tierra de nadie donde todos hemos habitado alguna vez, un lugar donde la realidad es demasiado luminosa, donde las sombras de la vida no dan perspectiva y las horas carecen de profundidad. A mis amigos, que ya mayores, revisitan aquellos momentos y sufren el dolor de la depresión).

 

Vieja, demasiado vieja para conducir ese coche. Un trasto que olía a baúl y a desván, a polvo y ceniza. El tiempo le había desprovisto de brillo y el plástico cuarteado por el sol ya no engañaba a nadie. Su nobleza estuvo, si acaso, en la ilusión de aquella mujer abandonada por la fortuna que quiso ser libre en la carretera, viajando a algún lugar situado en la frontera.

Llevaba ya unas horas de viaje y el calor era asfixiante. El sol en lo más alto no tenía piedad de las piedras. Una nube de polvo dejaba a su paso el rastro de la desolación. La luz era de una intensidad insoportable para la vista, todo brillaba con la misma fuerza y nada tenía perfiles ni aristas. Plano, demasiado plano, como el paisaje, como su futuro. No había nada vivo a su alrededor, ni una sombra, ni una mala chicharra. Solo una carretera que no llevaba a ningún sitio. Dudaba de que alguien hubiese pasado por allí en mucho tiempo. Apenas se distinguía el camino del resto del páramo.

La vieja buscaba una sombra donde poder refugiarse y descansar hasta que el sol se pacificase, pero no parecía haber nada que le pudiese dar cobijo. Desde lo alto los rayos caían como saetas verticales, disparadas por sus monstruos olvidados allí donde ella creía no poder verlos. Miraba al cielo y veía un botón amarillo que latía al ritmo de su corazón sediento, dilatándose y contrayéndose como parpadeos de una vaca moribunda. Dos colores dominaban el paisaje, el azul y el amarillo, y ambos competían por un espacio de nadie, los dos se empujaban dejando fuera todo lo demás.

El coche devoraba el camino con pereza y detrás dejaba su rastro sin huella, como quien escribe en el mar. Pasaba como el viento, solo ruido y polvo.

De pronto, a lo lejos, como un oasis exhausto, aparecía un pueblo que no existía más que en aquel lugar, que se había borrado de los mapas y de la memoria del mundo, sin registro en la historia. Las piedras y las ruinas se extendían a lo largo del camino, sin posibilidad de saber si el pueblo devoró al camino, o el camino cortó la vida del pueblo. Uno y otro se necesitaron en algún momento, y ahora se estrangulaban mutuamente. En el pueblo apenas quedaban ventanas, los tejados de las casas hacía tiempo que dejaban pasar el agua, que con la misma indiferencia da la vida o la desgasta. Las tejas hacían compañía en el suelo a vigas, piedras, polvo, cristales y soledad. Las fachadas habían dejado a la vista el adobe, y los ladrillos redondeados casi no conseguían sostenerse. Corrales y portones de olmo negro testimoniaban que la riqueza en este mundo es la muerte en el tiempo. El olor rancio, a paja podrida, a lata oxidada, a tierra seca, sin embargo, sí permanece.

La vieja subió por la calle, donde no había sombras, ni refugio, ni contrastes donde refugiarse. Clavos de forja enseñando su punta doblada, puertas desquiciadas y piedras angulares sin paredes que juntar le recordaban a la vieja que no tenía nada en lo que apoyarse. Pero a lo lejos le pareció ver un punto rojo sobre fondo ocre, un geranio impenitente. Y en la ventana un visillo. Una puerta entreabierta y unos ojos en la sombra.

La vieja paró el coche y el ventilador con su zumbido entonó su propio réquiem. Saludó a aquellos ojos vidriosos. –Buen día- le contestaron. Y, como Narciso, pero en una ciénaga, se vio reflejada.

Otra vieja, con los senos secos y la piel triste por no tener nada que abrigar salvo la vergüenza de unos huesos que hay que ocultar. Seguía a lo suyo. No paraba un momento y parecía no tener tiempo. Daba la impresión de estar preparando la llegada de alguien. No se extrañaba por la presencia de aquella inesperada visita, como si lo más normal fuese que alguien parase por allí. La vieja vivía anclada en el tiempo, con una sonrisa tallada en su rostro de piedra caliza. Sentada en la silla de esparto, la visitante miraba, se miraba, observaba su otro yo y bebía agua que sabía a sótano. Se sentía relajada, como si hubiese entrado en un lugar sin tiempo, en una nebulosa, disfrutando de una tregua con su presente. Podría encontrarse en un lugar sin movimiento, sin cambio, sin medida del tiempo, donde las ideas se detienen y los segundos fugan al infinito.

En la mesa tocinera había un ovillo y unas agujas de hacer punto. A medias unos patucos azules con algún punto saltado. –Son para el niño, me tengo que dar prisa o no tendré qué ponerle-.

La futura madre no paraba, limpiaba el polvo inexistente, las migas de suelo que hacía años que no caían, el desorden que nadie había podido causar, y se quejaba del barullo de esos niños que ya no eran como los de antes. -¿Qué sería de ellos si no fuese por mí?- Y se afanaba en su actividad febril.

Embarazada, decía estar embarazada de aquel niño que murió en la guerra, su hijo único, bastardo de una época hipócrita. Allí estaba ella preñada de su nada, henchida de memoria y de pasado. Una barriga que gestaba en formol un pasado que quizás fue un poco mejor, unos recuerdos que valían más que una vida y un espejo de plata vieja que no reflejaba más que sombras.

Y la vieja escuchaba sin interrumpir, asintiendo, buscando entre los pliegues de los párpados unos ojos que le dijesen algo verdadero. Seguía hablando, fabulando, imaginando rincones en la historia. No estaba triste y, sin embargo, helaba el corazón.

La vieja, embarazada, andaba con los brazos en jarra. Le pesaba el niño porque el pasado decadente es capaz de doblar las columnas de Hércules. Hablaba entre murmullos, no se sabía si a su inesperada compañera, o a nadie en particular. Daba igual, eran palabras con tan poca densidad como ese presente sin contrastes, tan lleno de luz que no ofrecía perspectiva. Ideas viejas murmuradas por labios de mármol sin lustre, ideas que habían perdido su capacidad de fecundar la realidad y la rodeaban hasta asfixiarla. Tan vacías como un vientre preñado de nada.

El coche al sol no proyectaba su sombra, plano en el páramo, carecía de personalidad. No invitaba ni a irse ni a quedarse, pero ahí estaba. Lo que quedaba del color original, ahogado por el polvo de aquella tierra sin agua, era tan anodino como el paisaje. A plena luz del día, cuando la luz es tan vertical que no hay sombras, ni contrastes, ni profundidad, el coche, como las ruinas y las piedras, no decía absolutamente nada, pero esperaba a que alguien lo ocupase, dispuesto a moverse. La ausencia de sombras, o el exceso de luz, mantenía las cosas en un inquietante presente, indiferente al tiempo, sin pasado ni futuro. Era como si la luz de aquel día sofocase el deseo, transformando el silencio en vacío.

La vieja salió de casa, se miró los pies, también sin sombra. Parecían no apoyarse sobre el suelo que pisaban. Era como si aquellos pies tampoco dejasen huella.

Se subió al coche. Olía a desván. En algunos desvanes se guardan los trastos que no recuerdan a nada. El sol empezaba a caer. Las tapias que aún se mantenían en pie empezaban a proyectar sombras sobre el camino.  Arrancó. El coche se movía de nuevo y volvía a tragarse metro a metro la distancia que lo unía con su destino. Las sombras se hacían cada vez más nítidas, las ausencias hablaban de algo. Aquellas manos de cal y verdín agarraron el volante con la poca fuerza que aun conservaban, con la tibia certeza con la que el niño se abraza a su madre.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here