Supieron mirar hacia adelante e intentar tender puentes que salvasen los pantanosos escenarios que transitaban. Tuvieron altura de miras, sentido global de estado y quisieron dejar atrás todo el universo en blanco y negro que les había acechado hacía bien poco. Se dieron la mano con lágrimas en los ojos y supieron conjugar el verbo perdonar tragándose toda su bilis y aguantando la náusea. Pudieron, poco a poco, ir dejando atrás ese amargo sabor y fueron endulzando sus vidas. Con cautela y aprensión, pero endulzando al fin.

Las heridas iban cicatrizando. Las rosas volvieron a florecer. El país se coloreaba poco a poco cada primavera. Fueron salvando todo el horror vivido; toda la indeseable división que se había provocado en su tierra, en sus vecinos, en sus amigos, en sus familias, en sus vidas; acogieron de nuevo al expatriado y le aplaudieron el verso. Quisieron hacer que no volviésemos a pasar jamás por todo ello. Quisieron hacer país. Quisieron unirse. Redactaron leyes y una Carta Magna para, al no querer provocar heridas en diferentes sensibilidades, así salir del paso. Ahí estuvo el error.

Creyeron que la buena voluntad y la altura moral de su idea de patria duraría por siempre. Un ladrido en el silencio o un grito en la lejanía hacía que mirasen hacia atrás y agachasen sus cabezas buscando con la mirada la maleta guardada para huir de nuevo. Hacía que familias enteras se abrazasen temblando al escuchar ese terrible aullido pensándose lo peor. Pero, tenaces, las flores siguieron floreciendo y las risas brotando. Más aún cuando se unieron todos a silenciar un golpe de estado. Todos. Ese aullido que a todos nos puso el vello de punta fue silenciado entre todos. Hubo momentos de desconcierto y miedo. Vuelve, pensaron. La pesadilla vuelve, dijeron muchos. No hemos aprendido nada, repetían unos y otros. Pero el aullido no abandonaba la atmósfera diluida y ausente de colores.

El rey, en su mejor versión, salió a negar la legitimidad de ese deleznable acto. Ese fue el punto de inflexión que hizo silenciar el recelo, guardaría por siempre maletas y unió a un país cabizbajo, acomplejado y herido. Ese fue el momento en que las heridas comenzaron a cerrarse. Pero nadie quiso poner puertas al campo y no se atrevieron, ante la fragilidad de esta unión, a renegar de una época de división y pesimismo. A alejarnos por siempre de un pasado peor. Así, fueron adelante, creyendo que el tiempo todo lo curaría. Que abonado con sus buenos propósitos el país florecería como parecía estar haciendo.

Hubo logros que nos hicieron reír como nación. Enorgullecernos como país. Íbamos de la mano. Ante crímenes horribles nos unimos y alzamos al aire nuestras blancas manos. Pero el olvido es enemigo del progreso. Pero la memoria ha de ser universal. Pero los finales felices no existen si dos no quieren. Los besos al aire se evaporan y los te quiero se diluyen en el aire olvidándose con el tiempo. Las maletas, ya podridas, reposaban en enormes vertederos. Y se olvidaron. Olvidaron de quién se trata. Olvidaron que esto es España. Olvidaron todos, en la bondad de los tiempos que corrían, el país cainita que es. Que la envidia está alojada en el rincón más profundo de cada una de nuestras células. La ignorancia se arroja a gritos abofeteando unos y otros rostros. Nada hay más peligroso que un país ignorante y envidioso. El horizonte está perdiendo el color. La herida vuelve a escocer.

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