La llegada del verano en casa vino anunciada por una gotera en el cuarto de baño. Parece como si el aumento de temperaturas hubiera derretido los conductos entre el piso de arriba y el mío y hubiera permitido el viaje del héroe de la cristalina primera gota que osó visitarnos.

Esa primera gota emprendió un viaje desde la hendidura, atravesó el hormigón del suelo, luchó bravamente contra el encofrado y finalmente reposó tranquila en la escayola, acariciando su porosidad con sobrada parsimonia. Era una batalla ganada, antes o después la gravedad desplazaría a esta avezada gota junto a los refuerzos que la seguían hacia nuestra dulce morada y lograron entrar con sutileza. Un par de gotas aisladas con una cadencia horaria. Cada ducha era un festín para ellas, acudían en masa al festín de nuestro cuarto de baño, a ver qué se cocía cual imán en pleno ataque de electromagnetismo.

Aquí finaliza la épica de estas pobres gotas que querían visitarnos en las incipientes noches estivales. Cada secuencia de gotas provocaba una llamada al seguro del amable vecino de arriba, cuya predisposición siempre fue absoluta. Pero, ay, los seguros. Hay que darles de comer aparte. Dijeron que llamarían pero nadie vino. Una mañana vino un pintor a arreglar el descosido sin haber solucionado el problema de raíz. A la semana siguiente vinieron los primos segundos de Benito & Cía y no vieron la forma de arreglar este descosido y, claro, mi paciencia fue agotándose.

Al final vino un amigo de mi padre, buen obrero de toda la vida, y encontró la solución en un minuto. Abrió en canal la escayola y vio claramente que la goma donde se acopla el desagüe de la ducha del vecino estaba reseca y por ahí salían las avezadas gotas inoportunas.

Cada noche estival, con sus puertas abiertas y ruidos vecinales maximizados, nos martilleaban las gotas hasta niveles exasperantes. La promesa de cambiar la pieza se vio truncada cuando conseguimos sincronizar las vidas del fontanero, el obrero y mis amables vecinos y la pieza en cuestión no era la mejor, y claro, queríamos lo mejor para que la solución fuera duradera.

Los días iban pasando y al siguiente día que intentamos quedar la suegra del fontanero se puso enferma, y me quedé una hora esperando su llegada con la ilusión de zanjar este tema.

Llegamos a mediados de agosto y mis amables vecinos se marcharon a la costa. Las gotas desaparecieron porque desapareció la causa que las movía a visitarnos pero septiembre ya va tachando sus días y todo el mundo ha vuelto a sus rutinas y, mientras escribo este artículo y vuelven a caer gotas con cadencia más o menos frecuente, me inunda la duda de marcar de nuevo el teléfono del fontanero para volver a iniciar todo el proceso para sustituir una pequeña goma que impida que broten estas inoportunas gotas.

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