La generación del 98 es la generación de una España inconcreta, de un suicidio desastroso, de unos barcos mal hundidos. Maeztu revolucionario fue mártir de los fascistas -fusilado por el CPIP y sus sacas en el cementerio de Aravaca- en una nación que barzoneaba entre el darwinismo y filosofía krausista de un lado para otro sin rumbo fijo torpedeada -todo hay que contarlo: el krausismo y la anarquía- por el boom del desastre del efecto norteamericano.

«La generación del 98 es la generación de una España inconcreta, de un suicidio desastroso, de unos barcos mal hundidos»

Aquellos jóvenes de Madrid (Azorín, Baroja, Maeztu), con sus paraguas rojos y sus periódicos anarquistas, quisieron tomar el país a base de ideologías modernistas y pseudomarxistas (sin haber estudiado mucho a Marx), con el consentimiento de Unamuno, que entonces era de Pablo Iglesias y su socialismo en rebeldía pura, tan lejano ahora de aquellas hordas posfranquistas socialdemócratas a las que le dio un tochazo cheli en la nuca enemiga el profesor Enrique Tierno Galván cuando el felipismo se acodó con los banqueros y con la prensa afín. La metáfora de Tierno y sus patos fue la que sigue: “Sólo Dios cree en los buenos marxistas”.

Aquellos jóvenes hijos de la ira –Dámaso todavía estaba leyendo a Góngora– pronto se sanchificaron entre el miedo y la discreción, asumiendo su propia mesura de las cosas, no fuera a venir un General sin un Ojo y les jodiera la novelita de punto y seguido, la prosa a la sombra de todos los árboles de la ciencia, etc, etc., es decir, pues que se refugiaron en el jardín del edénico estilo rancio y sin pedir disculpas a ellos mismos.

Emplantillados en el contar por contar, pronto la revolución se les vino abajo –a casi todos, según viene abajo-, quién sabe si por falta de apoyos o por apatía o por falta de consistencia. Cada uno tomó su camino. Hagamos la ecografía:

Azorín, entre el azor y el orín, derivó con los años hacia un conservadurismo de mucho mérito; Baroja -acatarrado en su molancia- se ocultó en un escepticismo que le llevó a escribir muchas novelas rascándose los testículos con vino malo, mientras que don Ramiro de Maeztu, ya queda dicho, fue fusilado en el 36 por los rojos.

Y es que Maeztu, como tantos otros, al ver el parné de aquella embajada en Argentina que le montó Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, pues, qué le vamos a hacer, se creyó Grande de España y ahí se acabó todo. Maeztu fue la consecuencia de estos légamos de todas las guerras civiles financiadas por el tabaco de todos los Juan March de la Historia reciente de estos Reinos de las Españas, y que, hoy, como nuevos cirujanos de hierro tornan como Amazonas, pero con los cojoncetes tersos y mofletudos -Abascales, Ortegas Smithes, Monasterios, y ese señor de Murcia que no sé cómo se llama, pero seguro que se acuerda el gran Miguel Mihura-.

«Unamuno fue, en un sí y un no, el brazo de Santa Teresa de la generación del 98, su pensador sociológico, su político filosófico, su catedrático de Salamanca»

Unamuno fue, en un sí y un no, el brazo de Santa Teresa de la generación del 98, su pensador sociológico, su político filosófico, su catedrático de Salamanca. Unamuno -ahora rescatado por el siempre nuevo espectador que es Amenábar– aunó universidad y generación en una sola voz, en una sola obra, porque Unamuno fue un bien para España, un progresista que quería europeizar el país -o africanizarlo, según cada cual- sintiendo como tal todos los males de la nación. Unamuno, el día en que empezó la guerra murió mientras dormía sobre un brasero, que es como morir sobre todas las guerras del mundo, dejando los periódicos vacíos de regeneracionismo y de novelas intelectuales, que era lo que él sabía hacer, intelectualismo, y un vacío existencial.

Con Valle-Inclán ya entramos en la otra Generación del 98, digamos que la del 99 -por cambiar sólo un numerillo de ná-. Valle fue un dandy que hizo de su vida una profecía: “desdeñar a los demás y jamás amarse a sí mismo”. Valle se inventó el esperpento, porque había que inventarse a España, con sus máscaras, con su teatro y con su callejón del Gato. Valle fue un marqués de Bradomín que un día perdió el brazo en una riña de café para escribir mejor sus obras con el otro brazo que le quedó.

Y el otro 99 -para mí y mis amantes persas que están aquí conmigo dictándome esto que escribo- está en Machado. Don Antonio, pensamos los persas, que vino a morir a Colliure porque la guerra ya lo había asesinado. Modernista, soriano, menorero, becqueriano, profesor, sevillano, Machado fue el mejor poeta de la generación del 99, su pájaro leve de abrigo encenizado, su Castilla al hombro y su robledal en el alma. Machado marcó una época, la del 98 + 1, con unos versos sencillos que se hicieron profundos en una época embarrancada en un blanco y negro de sangres derramadas. España, sociológicamente en el ser y tiempo heideggeriano, había destrenzado a la generación del 98 de tanto usarla y había dado paso a otras, las cuales de tan jóvenes se estaban amoratando.

Por ir acabando y acabar mientras acabamos: que el 98 digamos que fue algo así como un corto viaje hacia Glubbdubdrib por llegar pronto a casa del Gobernador, o sea, lo que ya nos contara Jonathan Swift, un relincho bronco de los Yahoos. Menos un gato –Valle– y aquellos amores por Leonor –Machado– Y chimpún de la varita, que dicen en mi pueblo manchego.

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