Cuando he entrado en casa ella me esperaba sentada en el suelo con una copa de vino entre las manos. Va vestida solo con su ropa interior y una camisa de cuadros mía sin abotonar. Sus ojos miran la botella vacía que está a un estirón de su brazo izquierdo. Nos conocimos ayer en un concierto de Tulsa. Ella se había perdido o  por lo menos fue lo que me dijo. Al día siguiente al despertar me reconoció que fue ella la que se separó de sus amigas cuando empezaron a sonar las primeras frases de “Ya no somos invencibles”. Sus ojos eran millones de canicas rotas que lloraban. Me pidió que la acompañase fuera de la sala y así lo hice. “Llevo toda la vida perdiendo y no necesito que una canción me lo recuerde”, me dijo, mientras se liaba un cigarrillo y bailaba sobre el sitio en el que estaba para quitarse el frío de una noche que sonaba a la melancolía de un vaso en el que solo nadan moribundos la liquidez de los hielos. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que eso solo era un formalismo propio de los que tienen que tener todo estructurado y etiquetado. Bajo su chaqueta llevaba un mini pull que mostraba la belleza y sencillez de sus abdominales.

“Llevo toda la vida perdiendo y no necesito que una canción me lo recuerde”

“Cuanto menos sepas de mí, será mejor para ti y para este mundo de mierda, yo tampoco es que me importe demasiado, y no creo que tú tengas más interés por mí que el que yo mismo muestro”. No entendía porque me había pedido que le acompañara fuera, si no podía ni quería que le ayudara en lo que necesitase. “Ese es vuestro problema. Necesitáis una razón para todo. Algo que lo justifique  y le dé un sentido. Mi treintena solo ha servido para darme cuenta que un día los cumplí, pero que no supe cómo”. Encendió el cigarro y la primera bocanada de humo la introdujo en mis ojos confundidos. “Yo solo quiero que me acompañes mientras quieras hacerlo, yo no te preguntaré nada. No me interesa lo que haces normalmente. A qué te dedicas. Si te gusta la literatura de los rusos del diecinueve o el cine de Jonás Trueba. Si te gusta la lasaña de carne o de verduras. A este mundo deberíamos venir a acompañarnos, no a molestar”.

No podía hablar, tampoco es que supiera qué decir y que no fuera a ser juzgado por “ella”. Cuando volví a la consciencia me vi rodeado por sus brazos, acercó sus labios a mi oído izquierdo y me pidió que fuéramos a otro sitio. Le dije que podíamos volver a entrar al concierto. “Es mejor que no. Tú todavía no lo sabes, pero yo soy la protagonista de todas las canciones, también las de Tulsa. Prefiero ir a otro sitio, uno que suene a des-concierto”.

Llevo toda la vida perdiendo y no necesito que una canción me lo recuerde”

La noche dejó de tener sonido. Una de las farolas alumbraba de manera enferma, dudosa, “ella” le quitó el sufrimiento de una pedrada. Los cristales volaban como fuegos artificiales oscurecidos. Me cogió de la mano con seguridad y su cara no denotaba ninguna emoción. Parecía tranquila y el tacto de sus dedos era agradable y suave como todo lo que no se entiende y que no provoca dolor.

El único sitio silencioso que conocía era mi casa. Solo hay fiesta cuando me voy,  y los muebles, los electrodomésticos y demás utensilios lo celebran, hartos de aguantarme. “No sé si estás pensando en acostarte conmigo, pero si es así, puedes estar seguro de que no será esta noche. Puede que mañana tampoco, ni la siguiente”.

Saco una botella de vino con dos copas. Le ofrezco una a “ella”. Bebe con rapidez mientras me mira de manera muy fija a los ojos. No sé si está borracha, pero su labio superior empieza a temblar de manera muy graciosa cuando se acerca la copa a la boca. Un nerviosismo en el que parece que se disuelve ensangrentado.

“No sé si estás pensando en acostarte conmigo, pero si es así, puedes estar seguro de que no será esta noche. Puede que mañana tampoco, ni la siguiente”

“Ella” va sintiendo cada vez más calor. Se empieza a quitar la ropa. Hasta el mini pull le molesta como si llevara un abrigo en Jaén en pleno verano. Su ropa interior se mancha de vino en su parte superior. Parecen varios disparos al corazón con distintas trayectorias.

Se cansa del sillón y se sienta en el suelo, me pide que abra otra botella y me quita la camiseta. Me siento enfrente de ella y bebemos. “No hay nada como emborracharse con un desconocido que ha dejado de serlo. Con nadie estarás nunca más seguro. Lo peor que te puede pasar es que acabes muerto o con resaca, y hay resacas en las que la vida se hace demasiado cuesta arriba. A veces se confunde morir con una vomitona que no sabes quitarte de encima”.

hay resacas en las que la vida se hace demasiado cuesta arriba. A veces se confunde morir con una vomitona que no sabes quitarte de encima”

Es demasiado tarde. Tengo sueño y un suelo enrojecido no es el mejor lugar donde despertar. La cama nos espera. Me incorporo y le ofrezco mi mano para ayudarla a levantarse. Me dice que está bien y que quiere seguir bebiendo. Estoy tan cansado que dejo que haga lo que quiera.

Al despertarme, “ella” y la botella de vino seguían ahí, en el mismo sitio donde les había dejado al acostarme. Ella se había puesto una camisa mía de cuadros porque supongo que tendría frío. Le dije que tenía que irme a trabajar y que podía quedarse a desayunar y ducharse, y que se marchara cuándo quisiera.

Cuando he vuelto por la tarde, “ella” continuaba sentada en el suelo. En la despensa ya no quedaban botellas de vino y la comida permanecía intacta. Me vi sorprendido otra vez por uno de sus abrazos y me besó emborrachando mis labios. “Cuando quieras que me vaya, lo haré, pero será entonces cuando eches de menos  que no le dé sentido a tu vida”. Por la noche hicimos el amor hasta que nos dormimos. En mitad de la noche se levantó y volvió a colocarse en el mismo lugar del suelo del salón, se puso mi camisa y abrió una de las botellas que compré para que ella pudiera volver a beber.

Cuando quieras que me vaya, lo haré, pero será entonces cuando eches de menos  que no le dé sentido a tu vida”

Cuando desperté, las botellas estaban vacías y mi camisa hacía de mantel debajo de ellas. Pero “ella” no estaba. Un papel en forma de pergamino sobresalía de una de las botellas. Era una nota que me había dejado: “Aunque lo creas, no es ahora cuando estás solo, sino todo lo contrario. Estás en el momento perfecto para pasar página y volver a compartir tú vida con una mujer”.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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