Poco a poco el láudano comienza a hacer efecto. El miedo que atenaza mis extremidades se va disipando. La tenue luz de una vela de sebo chisporrotea frente a mis ojos, asegurándome unas horas de tranquilidad en que las criaturas de la noche estarán acechándome a la espera de que la llama se consuma, dando así paso a que sus afiladas vuelvan a adueñarse de mi cordura. Sé que me queda poco tiempo, pero espero que sea el suficiente como para dejar constancia de los hechos que presencié en esta habitación, la misma que dentro de nada será el lugar donde yaceré por toda la Eternidad, y que irremediablemente acabaron por trastornarme.

Todo comenzó hace hoy poco más de tres años. Por aquel entonces yo era un joven apuesto, arrogante y hedonista. Acababa de heredar una fortuna, y qué mejor manera de vivir que derrocharla a manos llenas. Era asiduo a tantas tertulias, círculos de negocios y burdeles, que en más de una ocasión me veía incapaz de recordar quién era el anfitrión de la fiesta a la que me dirigía, a qué se dedicaban exactamente los hombres con los que compartía una copa de brandy mientras dábamos largas chupadas a nuestras pipas entre sonoras y despreocupadas carcajadas, o cuál era el nombre de la madame que administraba los caudales en el tugurio en el que me hallaba.

Recuerdo también que por aquel entonces era capaz de cualquier cosa con tal de satisfacer mis deseos. De hecho, en una ocasión, haciendo uso de una labia refinada tras numerosas horas de lectura en la biblioteca de la majestuosa casa en la que vivía, fui capaz de cortejar a la hija de un conocido mercader londinense haciéndola creer que la misteriosa sombra de Jack El Destripador, la misma que mantenía a la gente con el alma en vilo al caer la noche en las calles de la cercana Whitechapel, no era otra que la de quien escribe estas líneas, William Rivelle.

Ni qué decir tiene que aquella mentira me llevó de cabeza a un tenebroso calabozo, donde el hombre más musculoso que había visto jamás desarrolló todas las técnicas de tortura que conocía para sacar de mí una confesión. Cada vez que pienso en ello, siento cómo un escalofrío recorre mi cuerpo al recordar la manera en que crujían las vértebras de mi cuello al recibir tanto la fuerza como la furia con la que me golpeaba, así como la aspereza de las sogas de cáñamo con las que me inmovilizaron a una tosca silla para evitar que huyese mientras se ensañaban conmigo. Cinco días y cinco noches permanecí maniatado en aquel lugar, hasta que finalmente mis coartadas y el apellido familiar lograron hacerme ver de nuevo la luz del sol.

Al volver a casa, lo primero que hice fue agradecer a mi mayordomo las molestias que se había tomado para dar con mi lúgubre y tormentoso paradero, preocupándose además porque mi nombre no apareciese en las páginas de The Times —evitándose de esta manera el terrible revuelo que habría hecho de mí un marginado en las altas esferas en las que solía moverme—, antes de sentarme ante mi escritorio y comunicar a mis allegados que todo el tiempo en que no había dado señales de vida, había sido fruto de un viaje de placer inesperado en el que había embarcado a la aventura sin premeditación alguna.

Como era de suponer, las marcas que enmarcaban mi rostro, al igual que las contusiones e hinchazones que lo surcaban, hicieron que me viese obligado a mantenerme al margen de mis amistades y conocidos. Cada tarde, viendo cómo el sol se ponía en el horizonte proyectando ante mis ojos las siluetas entrecortadas de las fábricas con sus humeantes chimeneas, las lánguidas luces que escapaban por entre las cortinas descorridas de las casas próximas a la mía y la más mísera y profunda oscuridad que proyectaban los arrabales, sentía crecer en mí la necesidad de escapar de todo aquello. Quería alejarme de la urbe. Experimentar nuevas sensaciones y, cómo no, dejar que el tiempo se encargase de borrar de mí las huellas que la férrea mano de la justicia se había encargado de plasmar sobre mi tez.

La idea fue madurando en mi cabeza con el devenir del calendario hasta que una mañana gris, en la que un cielo plomizo derramaba sobre los tejados de la ciudad una fina cortina de agua, ésta acabó por materializarse. Recuerdo que estaba leyendo la correspondencia atrasada, cuando mi mayordomo entró en la habitación portando una bandeja de plata con pastas y té, sobre la que descansaba el periódico del día. Como era costumbre en mí, mientras almorzaba, me entretuve ojeando los titulares, siendo así como uno de ellos llamó mi atención. La noticia en cuestión ocupaba un modesto segundo plano, pero aún así, sin saber muy bien porqué, mis ojos se posaron sobre ella y así fue como me enteré de que un grupo de exploradores franceses había descubierto en la cuenca del río Amazonas un tipo de planta desconocida hasta entonces. Se trataba de una rara especie vegetal de la familia de las dicotiledóneas, capaz de crecer en ausencia de luz y de cuyos tallos, una vez al mes, surgían unos curiosos frutos esféricos que crecían durante veintiocho días antes de descomponerse y dar lugar a una pulpa gelatinosa de aspecto sanguinolento.

Tan pronto como acabé de leer, sentí crecer en mi interior la necesidad de ver con mis propios ojos aquel prodigio de la naturaleza. No lo pensé ni un instante. Llamé a mi mayordomo y le ordené que se hiciese cargo de todo lo necesario para el viaje, mientras yo me afanaba en la ardua tarea de crear una historia creíble con la que engañar una vez más a mis amigos, los cuales no tendrían porqué enterarse de la verdadera causa de mi ausencia hasta mi regreso.

 

Ahorraré al lector todo lo que me aconteció en los vastos páramos de un verde enloquecedor por los que vagué, día y noche rodeado de árboles cuyas dimensiones engañaban al ojo humano, dando la impresión de que sus copas acariciaban las nubes. Los mismos árboles en los que encontré las especies animales más dispares y extrañas que jamás habría imaginado: millares de primates que saltaban de rama en rama, con una agilidad atlética, compartiendo sus dominios con las aves de colores más vivos que nunca antes viese. Si bien, al ponerse el sol todo cambiaba. Los colores alegres y llamativos de la fauna desaparecían, dando paso a una fina bruma que ascendía desde el suelo, inundando la basteza selvática con una fantasmal niebla que enmascaraba a las criaturas que nos rodeaban. En más de una ocasión temí ser devorado por algún tipo de bestia desconocida por el hombre. Oíamos sus pisadas a nuestro alrededor, de la misma manera que más allá de las llamas de nuestras hogueras, en ese momento en que la delgada línea que separa la vigilia del sueño se torna difusa, ante nosotros creíamos ver el flamígero reflejo del fuego que nos calentaba en las pupilas de criaturas espectrales.

A pesar del miedo vivido, logramos llegar a nuestro destino, la aldea en la que, según nuestros guías nativos, crecía la planta por la cual me había enrolado en aquella aventura y que no era más que un lugar plagado de ruinas en el que mujeres, hombres y niños caminaban desnudos realizando las ancestrales tareas que habían heredado de sus antepasados. El lugar me sobrecogió. La riqueza vegetal había empezado a crecer bastantes décadas atrás sobre las rocas, pero aún así todavía se podía ver con facilidad el cometido que en el pasado éstas habían desempeñado en la vida de sus moradores.

El lugar era escalofriante. Un aire gélido y mortecino embriagaba mis sentidos. Las manchas de sangre reseca en el suelo daban cuenta de que si bien los colonizadores habían tratado de erradicar sus vetustas costumbres, su cometido había resultado en vano. De hecho, la noche antes de mi partida, fui testigo de uno de estos extraños rituales. Recuerdo cómo el clima poco a poco se fue enfriando. La oscuridad que rodeaba la choza de paja en la que me albergaba se fue haciendo cada vez más cerrada, y cuando el insomnio me obligó a acercarme a la ventana para respirar un poco de aire fresco, el pulso se me aceleró. Desde el centro del poblado hasta una de las colinas más alejadas, centenares de antorchas proyectaban siniestras sombras a su alrededor acompañadas del sordo sonido que producían decenas de tambores y gargantas susurrando extraños versos rituales. Permanecí perplejo ante lo que estaba viendo y escuchando. Me sentía un privilegiado, pues era la primera persona europea en mucho tiempo, quizás en la Historia, que contemplaba algo similar.

De pronto un grito desgarrador inundó la selva. Sin dudarlo un instante abrí mi maleta y de su interior extraje un catalejo. Lo había guardado con la intención de maravillarme con los prodigios naturales que esperaba encontrar y que en ese momento me permitió contemplar algo que me hizo palidecer. Al otro lado de su lente, pude ver la manera en que un hombre ataviado con unos ropajes confeccionados en oro, que brillaban hasta el punto de cegarme, y que parecía encontrarse en trance, o bajo los efectos de algún potente narcótico, miraba al cielo con los ojos en blanco mientras pronunciaba unas palabras que me resultó imposible oír, antes de hundir un puñal en la garganta de una joven atada a un banco de piedra en mitad de un altar rodeado por unas extrañas esculturas de piedra que reproducían, con todo lujo de detalles, los diabólicos rostros de unos dioses primitivos cuyos ojos proyectaban unas iridiscencias rojizas a medida que la sangre manaba incontrolable desde la herida mortal hacia el suelo.

Poco a poco el rostro de la joven fue tornándose lívido. Sus aterradas facciones se relajaron dando paso a la muerte, hasta que finalmente las siniestras luces que moraban los ojos de las estatuas se consumieron. A continuación, una a una, las antorchas fueron apagándose, los tambores y cánticos que tronaban en la aldea se silenciaron, y todo quedó sumido en la más absoluta oscuridad y en el más terrible de los silencios. Tal fue la impresión que aquello provocó en mí que, horas después, la duda de si realmente había visto lo que creía haber visto se apoderó de mis pensamientos. Yo aún no lo sabía, pero aquel viaje había abierto una puerta a la locura y la degradación de mi persona. Ansiaba que el sol comenzase a despuntar en el cielo y poder comprobar con mis propios ojos las efigies de aquellas criaturas que cada vez que cerraba los párpados, se manifestaban ante mí obligándome una y otra vez a abrirlos sobresaltado, al tiempo que entre escalofríos de terror escrutaba mi alrededor temiendo por mi vida.

A la mañana siguiente, tan pronto como pude, ascendí hasta las inmediaciones en las que pocas horas antes había presenciado aquel extraño sacrificio. A medida que me iba encaminando hacia la cima, una extraña sensación de vacío se iba adueñando de mí. No encontré ningún indicio que revelase nada fuera de lo normal. La vegetación aparecía intacta, como si nadie la hubiese pisado durante años, de la misma manera que las extrañas figuras que la noche anterior proyectaban hirientes iridiscencias del color del rubí, no eran más que unas ruinas de piedra sepultadas bajo lianas y arbustos de gruesos troncos.

La duda de si en verdad había visto lo que creía haber visto esa noche, o no era más que una terrible pesadilla derivada de una fuerza sinérgica producida por mi desbordante imaginación y la magia y el misticismo del lugar, me asaltó durante todo el viaje de vuelta a la civilización. Recuerdo haber pasado días enteros encerrado en mi camarote, tumbado en la cama empapado en sudor, mareado por mi inexperiencia en derroteros como aquél, torturando a mi memoria en un intento de elucidar un atisbo de veracidad o de locura en todo aquello.

Finalmente llegamos a Inglaterra y, tan pronto como puse un pie en tierra firme, mis miedos y delirios desaparecieron. Lo real o lo ficticio de todo este asunto, simplemente, dejó de interesarme. En mi cabeza lo único que importaba era volver a la rutina de mi vida. Ansiaba regodearme de mis vivencias, las cuales serían fina y escrupulosamente adornadas, ante mis amistades y por supuesto volver a hacer acto de presencia en tantas tertulias, gabinetes de lectura y demás festejos como me fuera posible.

— Señor Rivelle— dijo mi mayordomo al verme bajar del carruaje en el que había vuelto a mi hogar—. Veo que vuelve sano y salvo de su aventura.

— Así es, mi fiel amigo— respondí, entregándole mi levita y mi chistera—. Como ya le dije antes de marchar, volvería sano y salvo de entre los salvajes.

— ¿Encontró lo que buscaba?— preguntó, mientras indicaba con un ademán a los mozos que descargaban mi equipaje el lugar exacto en el que tenían que depositarlo.

— Sí, encontré lo que andaba buscando— una ligera nube de cansancio ensombreció mis palabras, las cuales se vieron ahogadas por el traqueteo de las ruedas del vehículo del que acababa de apearme cuando éste desapareció sobre el empedrado de la calle—. Y ojalá nunca me hubiese marchado de aquí.

— ¿Por qué, señor?— la cara del hombre que me formulaba la pregunta cambió en cuestión de horas, pasando de ser el rostro preocupado y servicial de mi fiel mayordomo,  hasta convertirse en la del viejo coronel Smith, de la misma manera que el escenario que acompañaba nuestra conversación también había variado: los charcos que inundaban la entrada al jardín de mi mansión habían dejado de proyectar los ennegrecidos ladrillos de las chimeneas de las casas vecinas, para verse sustituidos por los finamente tallados espejos que reflejaban las luces que derramaban las luminosas bujías de la gran biblioteca del viejo coronel Walter Smith.

— La razón de mi aventura, como bien sabéis todos aquí, era explorar las misteriosas tierras de la cuenca del Amazonas— dije, tras dar una larga chupada a la pipa que sostenía ante mi rostro, y con la cual, señalando con la boquilla a mis interlocutores, jugueteaba distraídamente a medida que iba desbrozando la historia de mi viaje.

Cuando me disponía a contar el misterioso suceso del ritual que presencié, o que creía haber presenciado, la puerta de la sala se abrió dejando escapar una densa cortina de humo blanquecino, antes de que la fina silueta de una mujer se materializase ante nosotros. Al verla enmudecí. Era la joven más hermosa que nunca antes había visto. En su dulce rostro destacaban unos penetrantes ojos castaños que me miraban, entre divertidos y desafiantes. En sus labios, carnosos y sensuales como la fruta madura, un mohín de decisión se manifestó en forma de una sonrisa cordial, al tiempo que atusándose los bucles que caían sobre sus desnudos hombros se acercó al anfitrión de la reunión.

— Tío Walter— dijo cruzando la sala con porte vanidoso, sabedora de que todas las miradas allí presentes estaban depositadas sobre ella—, me preguntaba si podría compartir con usted, y estos caballeros, un rato de su tertulia.

El aludido, consciente de que aquello era algo fuera de lo normal, tragó saliva con dificultad. Sus viejos iris azules recorrieron las estanterías que nos rodeaban, como si en los lomos de los libros que allí descansaban pudiese encontrar respuesta alguna a la inesperada visita de su sobrina.

— No creo que haya inconveniente alguno— dijo al cabo de un buen rato—. El señor Rivelle estaba contándonos cómo fue su viaje a las tierras vírgenes del Amazonas, del que acaba de regresar hace pocos días…

— ¡Fascinante!— exclamó dejándose caer con estudiada coquetería sobre el butacón que había frente a mí.

Azorado por el voluptuoso movimiento de sus senos, di otra chupada a mi pipa tratando de recuperar el hilo de lo que estaba narrando. Nunca supe por qué, pero antes de que fuese consciente de ello, comencé a hablar de la planta que había traído conmigo desde el otro lado del inmenso océano.

— Su nombre es K´n-Yig. Por lo visto, deriva del de dos dioses anteriores al descubrimiento de América, y por ello es considerada una planta sagrada en la selva. Crece en ausencia absoluta de luz, y da lugar a unos curiosos frutos que, una vez marchitos, se descomponen en una masa gelatinosa de color rojo intenso. Según los recientes estudios de un gran amigo mío, una verdadera eminencia en el apasionante mundo de la botánica, esos frutos, en verdad, no son más que un modo de defensa que presenta la planta frente a los herbívoros con los que convive, ya que, al parecer, son altamente venenosos, a la par que hermosos— al pronunciar esta última palabra miré fijamente a la sobrina del viejo coronel, buscando en su mirada la insinuación que, instantes antes de que empezase a hablar, juraría haber visto.

Pocos meses después de aquella tarde, Sophie Smith, pues así es como se llamaba ella, y yo, comenzamos un romance, el cual, a pesar de la oposición que su tío y su camarilla de amistades se encargaron de mostrar en todo momento, dio paso a un matrimonio del que la muerte, el miedo y la locura acabarían por hacer un verdadero infierno.

Un año después, con motivo de nuestro primer aniversario, decidimos celebrar una fiesta en la casa a la que acabábamos de mudarnos. Nunca me gustó aquel cambio. Había nacido y crecido en la vieja mansión que heredé de mis padres, la misma en la que esperaba morir en un lejano futuro como hicieron ellos, y el verme entre unos muros anónimos que para nada guardaban secreto alguno para mí, era algo que me entristecía. Me sentía vacío. Un extraño vagando por habitaciones de altos techos, adornadas conforme a los cánones que dictaba la moda del momento, en aquella sombría casa de dos plantas, de la misma manera que me entristecía saber que mi viejo y fiel mayordomo no estaba cerca de mí para satisfacer mis caprichos y reír mis ocurrencias. Cansado y demasiado débil como se encontraba, dudo que hubiese soportado el cambio, así que decidí que era hora de agradecerle el sacrificio con el que había servido a mi familia, dejándole vivir hasta que su vida tocase a su fin en lo que desde hacía más de cincuenta años había sido para él su verdadero hogar.

La velada fue memorable. Nunca supe qué fue exactamente lo que más satisfizo a nuestros invitados. Si el disfrutar de las conversaciones que tuvieron lugar en el amplio y confortable salón en el que se desarrolló el festejo, o el ver a alguien como yo con la cabeza bien asentada sobre los cimientos del matrimonio.

Poco a poco el tiempo fue desgranándose sobre las agujas del reloj que reinaba la sala y, cuando las campanas de la catedral de la ciudad dieron las dos de la madrugada, nuestros amigos comenzaron a marcharse. Tan pronto como nos vimos solos, Sophie me rodeó el cuello con sus delicados brazos antes de besarme. Estábamos extasiados. Habíamos estado a la altura de las exigencias, y por la forma en que me miraba, sabía que nos merecíamos un descanso. Retirando con sumo cuidado sus brazos, enlacé mis dedos entre los suyos, y juntos nos acercamos hasta la mesa donde descansaban las copas vacías y las botellas.

— Creo que nos merecemos una copa— dije, llenando dos de ellas con champán.

Brindamos por nosotros, y por el tiempo que pasaríamos juntos antes de vernos convertidos en dos ancianos decrépitos que, a falta de mejor diversión, pasarían las tardes mirando la anchura majestuosa del Támesis reflejando el Big Ben, cuya silueta entrecortada por la luna asomaba al otro lado del ventanal ante el cual habíamos tomado asiento.

Lo que ocurrió a continuación fue algo totalmente inesperado. Habíamos intentado tener descendencia repetidas veces, y el milagro de la concepción jamás había tenido lugar. Probamos todo cuanto estaba a nuestro alcance. Nuestra desesperación fue tal que incluso acudimos a un famoso galeno español quien, con más charlatanería que ciencia, acabó por recetarme un preparado de escorias de plata para aumentar la calidad de mi esperma que a todas luces no había cumplido ni un ápice los milagrosos resultados que prometía.

Sin mediar palabra alguna, Sophie se puso en pie y se dirigió con resolución hacia el mueble en el que guardaba el extraño ejemplar con el que volví de mi viaje al Amazonas. Abrió las puertas de par en par y, tras permanecer unos segundos absorta mirando los carnosos frutos que pendían de sus ramas, cogió uno y lo introdujo en su boca. Lo mordió y, dejando que parte de su jugo se deslizase sobre sus cálidos labios, se sentó sobre mi regazo. Nuestras bocas se encontraron en un cálido y sensual beso, que dio pasó a un estado de excitación sexual como nunca antes habíamos sentido ninguno de los dos y que aún perduraba cuando a la mañana siguiente el sol de la mañana lamió nuestros desnudos cuerpos.

Al poco tiempo tuvimos la certeza de que tras aquella noche de frenesí, Sophie había quedado encinta. Si bien la alegría de la sorpresa, pronto desapareció. El embarazo resultó complicado. Tal fue la gravedad que, a los dos meses, ella empezó a vomitar coágulos de sangre cada mañana, al tiempo que sufría terribles dolores en la región próxima al útero.

Temiendo que pudiese perder a la criatura que día a día crecía en su interior, y cansados de matasanos que buscaban la solución a sus males haciendo uso de lancetas y sangrías, acabamos por acudir a un afamado médico, quien nos aseguró que ese tipo de dolencias eran habituales cuando tras intentar procrear durante meses, al final la fecundación tenía lugar, produciendo ésta un estado de nervios en la mujer que eran los responsables de sus dolores. Ante la pregunta ineludible de por qué vomitaba sangre, nos aseguró que era debido a problemas estomacales asociados, una vez más, a la tensión nerviosa que recorría su cuerpo.

Siguiendo sus consejos, acabé por ocupar la habitación de invitados, situada en la planta baja de la casa, sintiéndome impotente al escucharla gemir de dolor en la lenta agonía que iba mermando sus fuerzas. A cada día que pasaba, su rostro iba palideciendo. Sus ojos brillaban inexpresivos, de la misma manera que la apatía se iba adueñando de ella. Pasaba los días tendida sobre la cama, con la mirada perdida en el paisaje gris y plomizo que se extendía ante nuestro dormitorio. Su respiración era entrecortada, como si sus pulmones luchasen por poder regar con oxígeno sus órganos. Apenas probaba bocado, y una extrema delgadez comenzó a reflejar en su lívida piel los huesos que formaban su esqueleto. Parecía un cadáver en vida repleto, casi en su totalidad durante los últimos meses de gestación, de sangrantes úlceras que derramaban sobre la cama un líquido negruzco.

A los nueve meses exactos ocurrió el desastre. En mitad de la noche un potente alarido desgarró el silencio que inundaba la casa. Oía golpes en el suelo, como si Sophie estuviese padeciendo un terrible ataque y se convulsionase en un desesperado intento por zafarse del dolor que la atormentaba. A toda prisa me puse en pie y corrí cuanto pude hasta llegar a ella. Los gritos que escapaban de su garganta eran inhumanos. Parecía como si una jauría de perros rabiosos le estuviese despedazando. Asustado abrí la puerta de la habitación, y lo que vi me estremeció. Su cuerpo sin vida estaba postrado de espaldas sobre la alfombra, a escasos pasos de mí. Todo a su alrededor estaba empapado de sangre fresca. Temiendo perder la cordura, me acerqué a ella. No tenía pulso. Estaba muerta. Una mueca de dolor en su rostro sin vida, me obligó a desviar la mirada y fue así como descubrí el profundo orificio que tenía en mitad del vientre. Parecía como si algo hubiese salido de su interior, abriéndose camino a dentelladas. Sofocando una terrible arcada, me puse en pie. No daba crédito a lo que estaba viendo. No encontraba una explicación a aquello. Desesperado encendí la lámpara de petróleo que descansaba sobre mi mesilla. Una tenue luz iluminó la estancia, y un potente siseo, similar al que emiten los reptiles cuando se sienten en peligro, resonó en la habitación desde un oscuro rincón, al tiempo que una sombra fugaz escapaba reptando por la pared.

Han pasado tres días y tres noches ya desde que murió Sophie. Tres días y tres noches en los que mi mente ha dado rienda suelta a mis miedos. Tres días y tres noches, en los que durante el día una fantasmagórica iridiscencia rojiza se cuela por debajo de la puerta de la habitación, antes de dar paso, en la oscuridad de la noche, a los pasos de una extraña criatura que merodea rodeando el cono de luz que de ella me protege, emitiendo inquietantes silbidos que hacen que mis crispados nervios se tensen hasta la locura, haciéndome creer que pronuncian un nombre: K´n-Yig.

Sé que mi final está cerca. Tan pronto como la vela que me alumbra se consuma, seré devorado por la oscuridad. La llama se está apagando. Ya oigo sus pasos cada vez más cerca. El dolor recorre mi cuerpo como una descarga eléctrica. Todo empieza a tornarse difuso ante mí. Veo millares de antorchas ascendiendo por una colina. Escucho tambores en la lejanía. Siento cómo un frío puñal atraviesa mi corazón y dos dioses de piedra cobran vida y devoran mi alma mientras pronuncian dos palabras que se pierden en la negra noche: K´n-Yig.

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