«Un triángulo amoroso. Una maestra con carácter. Un dentista pusilánime. Un enfermo de tuberculosis y sífilis. Un bote de arsénico. Una confesión. Un cadáver que se exhuma. Un juicio con tintes cinematográficos. Un jurado que delibera poco más de tres cuartos de hora. Un final feliz para la pareja de acusados y una duda que queda en el aire».

 

Diciembre de 1917. Una pareja camina por la calle Arenal deshaciéndose en arrumacos mientras miran escaparates, quizá fantaseando con un futuro juntos. A fin de cuentas, de eso van las relaciones, ¿no? Envejecer juntos. Ver pasar estaciones sintiendo el peso de los años sobre los hombros, hasta que a uno de los dos le llega el turno de irse para el otro barrio y al que se queda en el mundo de los vivos, lo único que le queda es recordar y guardar el debido luto. Y estos dos, llegado el momento, tendrán bastante que recordar. De hecho, en su momento, hace pocos meses, colmaron las portadas de los periódicos al ser absueltos del crimen del que eran acusados: el envenenamiento de Dionisio Campos Alegre, que si bien pasó como la muerte natural de una persona enferma de tuberculosis, problemas gástricos y una sífilis que le tenía con medio pie en la tumba, tiempo después condujo al pimpollo que ahora le acaricia la mejilla a su compañera de fatigas, a presentarse en la puerta de la Dirección General de Seguridad, pidiendo hablar con el oficial al cargo y desembuchar todo en un intento de calmar sus nervios o limpiar su conciencia.

Pero mejor empecemos por el principio, que esta historia tiene todos los tintes de un folletín y si de aquellos polvos estos lodos, podríamos decir que, en este caso, de estos amoríos aquellos días de celdas, remordimientos y horas para pensar…

Unos años antes.

Dionisio Campos Alegre camina por las calles de Bilbao como alma en pena. Ojos llorosos, gesto abatido. La personificación de la derrota, podríamos llamarle. Y no es para menos. El amor de su vida, hace tiempo que se ha marchado de su lado para volver a su Santander natal. Al parecer, la familia de ella no veía con buenos ojos su amor y claro, por cosas del qué dirán o nuestra hija se merece algo más acorde a nuestro estatus, pues la muchacha tuvo que hacer la maleta, poner tierra de por medio y esperar a que el tiempo y la distancia hicieran su trabajo. Pero claro, fácil es decirlo y otra cosa vivirlo. Y es que ella, María de los Ángeles Mancisidor Aquino vive en un sinvivir y así se lo hace saber a su media naranja por carta. No aguanta más la situación y al final sus padres han accedido a que rebroten las brasas de un amor que se negaba a convertirse en cenizas. La única condición es que él se mude. No hay de qué preocuparse por cómo ganarse el pan, que de eso ya se encargarán los futuros suegros y lo que apremia es coger el petate y cambiar los altos hornos de Vizcaya por lo que esté por venir.

Y al principio, las cosas van que ni rodadas. El reencuentro es efusivo, con pedida de mano y compromiso a largo plazo de por medio. Trabajo para el bueno de Dionisio en el Ferrocarril Vasco-Cantábrico y paseos con los que soñar despiertos cogidos de la mano. Que de esperanza vive el hombre y estos dos de cuartos no andan muy sobrados, y más  cuando el tiempo pasa, donde antes comían dos empiezan a hacerlo cuatro y para colmo, la salud del hombre de la casa empieza a fallar, hasta el extremo de causar baja permanente y sumirle en una depresión crónica de la que únicamente podrá sacarle un nuevo amigo al que ha conocido en el hospital: Ramón Santos.

Aunque ya se sabe, a menudo un rostro amable esconde maneras sucias, y es que la verdad es otra bien distinta. Su salvador llevaba un tiempo viéndose con la buena de María de los Ángeles a sus espaldas y las cosas le vinieron que ni pintadas. Más aún cuando en un acceso de filantropía les propuso irse a vivir los tres a Valencia, donde le había salido un trabajo en la consulta del doctor Font. Todo esto debidamente edulcorado, prometiendo un buen trabajo para él, corriendo con los gastos del viaje y la manutención de la pareja el bolsillo de Ramón y una única condición: que los niños se queden en Santander o en Bilbao, al menos hasta que su padre pueda mantenerlos.

Y de esta manera, es como los tres cogen las maletas y cambian el Cantábrico por el Mediterráneo. Aunque poco después, y ante la falta de oportunidades en la tierra del Turia, Dionisio cogerá un vapor con destino a La Habana, pagado, como no podía ser de otro manera, por su gran amigo el doctor Santos y quitado el marido de en medio, se acaban las medias tintas entre María de los Ángeles y Ramón. Donde antes era todo recato y a escondidas, se convierte en un amor a ojos de todos y una mudanza a Madrid para establecer en la capital su nidito de amor y a vivir que son dos días.

El problema vendrá un poco después. Y es que La Habana no es El Dorado y Dionisio se vuelve a España arruinado y con la mosca detrás de la oreja, tanto que sin pararse a saludar a familiares y amigos, se va para Madrid a reencontrarse con su mujer y Ramón, quien, cumpliendo la promesa que le hiciera un año antes, no se ha separado de María de los Ángeles ni un momento y la ha cuidado hasta la saciedad.

Y aquí es donde empieza la tragedia. Dionisio ha vuelto más dañado de salud de lo que se fue y descubre que está en casa de otro, compartiendo techo con la que era su mujer, sin pintar nada allí. Y claro, de la mano de esta situación vuelven la depresión y los vómitos, la diarrea, las jaquecas y el pelo que empieza a caérsele. Hasta que una buena noche, la del 9 de mayo de 1914 para ser exactos, después de tomarse una taza de leche no volverá a despertar. El sepelio, de tercera categoría, correrá por cuenta de Ramón Santos y deshecho el triángulo amoroso, al año siguiente, él y María de los Ángeles se casarán en la iglesia de San Marcos. Aunque el sí quiero será a espaldas de la madre de Ramón, una mujer de armas tomar que poco tiempo después se encargará de que la pareja pase sus estrecheces económicas y emocionales, hasta el punto de que él llegue a perder el norte y tener alucinaciones en las que el difunto vendrá del más allá a ajustar cuentas pendientes.

La desesperación aumenta y acaba por pasar lo que pasa. Que a falta de un amigo al que contarle lo que tiene en la cabeza, le da por presentarse ante las autoridades y confesar todo. Desde su amor por María de los Ángeles hasta que quitaron de en medio a Dionisio a golpe de cianuro. Y dicho esto, la justicia no se hace esperar y empiezan las pesquisas y la cárcel preventiva. Los restos de Dionisio son exhumados y los análisis corroboran que tenía veneno en el cuerpo como para tumbar a un elefante cuando murió. María de los Ángeles es procesada, los dos acaban viendo el mundo al otro lado de unos barrotes y el juicio que acaba por llegar.

Y con éste, unas dotes artísticas por parte de los dos procesados que no tiene desperdicio. Donde dije digo, digo Diego y si en mis anteriores declaraciones confesé que ella y yo éramos los responsables de la muerte de Dionisio, me acabo de acordar que fue él mismo quien se quitó de en medio disolviendo el veneno en la taza de leche que tomó esa noche. Tenía una depresión horrible, señor juez, y un buen día me preguntó por los efectos del arsénico. Ahí quedó todo, hasta que decidió que no podía más y él solito se encargó de todo. Y claro, cuando quisimos darnos cuenta de ello, era demasiado tarde y no avisamos a un médico porque tampoco habría servido de mucho. Ya me entiende, señoría.

Por su parte, cuando le llega el turno de declarar a ella, pues no le contradice tampoco. Repite al pie de la letra lo que ha dicho Ramón y el jurado delibera en menos de una hora para llegar a una conclusión un tanto peculiar: todo ha sido cosa del difunto y los dos tortolitos no tienen nada que ver. A lo sumo, Ramón Santos por tener en su casa un veneno tan letal, pero como el pobre ya ha pasado bastante tiempo en preventiva, pues comido por servido.

Y el asunto se cierra con ellos dos saliendo libres, y la única duda que queda pendiente sobre el caso, sin respuesta. Y es que, si Dionisio estaba tan débil como lo pintaban, ¿cómo pudo disolver toda la cantidad de arsénico que encontraron en su cuerpo de una sola vez?

 

Fuentes:

De Madrid al Infierno. Marcos Besas y José Antonio Pastor. Págs. 116-129

http://www.elmundo.es/cronica/2002/347/1023696455.html

https://es.scribd.com/document/180979759/20-gramos-de-arsenico

https://elpais.com/cultura/2012/04/26/actualidad/1335442174_723709.html

http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1917/11/01/013.html

http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1916/12/22/015.html

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