Te preguntarás por qué te escribo. Apenas han pasado quince segundos desde que te cerré en mi móvil y míranos, aquí estamos. Me he visto obligado a escribirte unas líneas habida cuenta de cómo te estoy notando últimamente. Estás desmejorado, si es que alguna vez estuviste en forma. Te noto cruel e incapaz. Raro. Perverso.

Estoy preocupado por ti. Como no estuve desde el primer día no puedo asegurar que lo tuyo haya sido ir a peor. Hay quien dice que antes no eras así, pero quien lo afirma debe seguirte desde el primer día y de esos hay pocos, así pues, no sé a qué verdad aferrarme, si a le de ellos o la mía propia.

¿Por qué te habito? Bueno, tengo que reconocerte como el canal de información más ecléctico y rápido de todos los que existen. Te alimentas de millones de yoes individuales luchando como espartanos con medios profesionales de información de todo tipo y condición. Creces en dos minutos y arrojas en formato binario todo lo que te obligan a deglutir. Lanzas sin miramientos lo que pasará dentro de dos segundos porque quien lo publica lo provoca o lo va a acometer. ¿Cuántas extremidades tienes?

Un mundo dentro de un planeta. Infecto últimamente, tengo que decir, pero un mundo entero.

Tienes lados buenos, simpáticos y curiosos. Ofreces la posibilidad de acercarte sin titubear a cualquier escritor, cantante, periodista, actor o en definitiva cualquier persona con la que sería imposible (en la calle) mantener un trato como el que nos brindas la posibilidad de tener.

Eso me fascina de ti. Esa barra de bar donde siempre tenemos con quien charlar, beber, leer, escribir y faltar. Y si el parroquiano no ha venido, previamente a su ausencia habrá dejado testimonio en tuit de lo que piensa sobre lo que le contaste a otros parroquianos sobre él mismo. Y cuando sentencias con educada opinión que no estás de acuerdo con lo que crees que pensará otro parroquiano, dentro de veinte tuits ya te estará respondiendo desde el fondo de la barra de tu bar otro invitado a discutir sobre lo nunca fue invitado a opinar. Y así siempre.

¿No es maravilloso este Café Gijón digital donde se cuecen a la misma temperatura opiniones de analfabetos y mamporreros mezclados con ilustres pensantes, drogadictos, chaperos, putas, periodistas de antes, blogueros de ahora y juntaletras cuyo primer capítulo de cada nadería que escriben se vende en Amazon como si nada?

Me extasía y embelesa que un limitado intelectual disponga de mayor audiencia que un letrado reconocido como referente cultural. Eso sólo pasa dentro de ti.

Luego está la información que vomitas. Deslavazada, inconexa, fofa y sin jerarquía posible. Soltada como presa a las catervas de opinadores que se lanzan en forma de misil tierra-aire tratando de conseguir tejer un discurso medianamente correcto.

Pero nos permites (casi) hablar con aquel al que admiramos. Nos lo pones delante, a tiro de tuit. Nos permites intimar. Preguntarle. Responderle. Y eso es maravilloso. Logras democratizar las relaciones humanas y las presentas en pelota picada, sin medianerías impostadas. Para lo bueno y para lo malo.

Pero esa falta de orden, al mismo tiempo, es un problema. Manas una intoxicada e informe cantidad de información que defecas sin filtro. Nos la escupes en cada vez demasiados caracteres y siempre en tuits, (o hilos), sin sentido ni común. Toda esa información es un problema, digo, para quien no lee nunca o lee poco. Para el resto no, pero ahí tampoco dispones de miramientos ni humanidad. Nos tratas a todos de la misma forma, del mismo modo, todo sucede sin condiciones ni clases.

Y el ego. Ese con el que nos obligas a embadurnar cada tuit nuevo que te lanzamos. Buscamos lo más ocurrente que nos haya ocurrido nunca en nuestras poco ocurrentes vidas. Somos posos de café malo rodeados de genios que pareciera ser que dedican su vida a perpetrar magníficos tuits que tratamos de imitar. O quizás son sus cientos de miles de seguidores los que hacen que sus textos nos parezcan brillantes. En cualquier caso. Medimos nuestra vida digital dentro de ti en los seguidores que nos facilitas tener. Es una vara de medir extraña, paralela y mentirosa.

Ya termino. Estas últimas líneas sólo para desearte lo peor, o lo mejor, depende del día que te encuentre cada vez. Hoy, por ejemplo, te veo como un Alien saliendo de mis tripas. Mañana te veré como Lolita y dentro de unos días como Miguel Hernández. Es lo que tienes, mil caras, mil formas, mil estados de ánimo.

Agradecerte sinceramente el haberme facilitado el reencuentro con antiguos amigos. Mandarte gracias sinceras por ponerme a tiro de clic a ese escritor al que tanto admiro. Enviarte mis más sinceras disculpas si alguna vez me cagué en la madre que parió a algunas de tus cuentas. Con todo, sigo estando dentro de ti, aunque en ocasiones pareciera que eres tú, bestia sin forma, la que me tiene dentro. No me olvido de aquella vez que viralizaste una cagada que, por otra parte, es mi cagada, no tuya, aunque tu autopista y logaritmo no sé si neperiano fuera lo que condujo a mi imbecilidad a un rango de estrella no deseada.

Poco más, querido Twitter, siempre tuyo y sin otro particular, recibe un cordial tuit

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