La espera se ha hecho insufrible, pero ya tenemos ganadores del 1er Concurso de Relatos de The Citizen. En total se han presentado 120 relatos, de los cuales 20 pasaron la primer ronda de selección. El jurado, encabezado por la directora de contenidos de Inliterature, Rita Piedrafita, seleccionó a cinco de ellos por su calidad literaria y originalidad. Tras una larga deliberación, el jurado ha decidido otorgar el primer premio a Antonio Valderrama Vidal, con el relato «El coche del camarada Lenin» y el accésit a Javier Ángulo con su relato «Un viaje en automóvil».

A lo largo de la semana publicaremos los relatos de los cinco finalistas, pero ahora os presentamos al relato ganador y al accésit. ¡Felicidades!

Gracias a la colaboración de:
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«El coche del camarada Lenin»; por Antonio Valderrama Vidal

-Entonces, tú eres el camarada Lenin.
-Sí. Yo soy Lenin.
-Tú. El camarada.
-Sí.
-Lenin.

Asintió. El otro lo seguía mirando sin bajar el fusil. Había pronunciado lentamente cada palabra, como si estuviese deletreando. El vapor formó una nube al salir de su boca y se diluyó lentamente en la oscuridad. A su alrededor todo era polvo de tiza. La nieve refulgía
bajo la luna. Hacía mucho frío. El frío de enero en Moscú.

Los otros dos se removieron inquietos detrás, haciendo sonajear sus fusiles. Los miró detenidamente por primera vez. Vestían también de cuero negro, con botas altas, a lo militar. Iban tocados por una boina oscura y embutidos en gruesas levitas, todas igual de
sucias y desastradas. Parecían enteramente bolcheviques, pensó con amargura. Camaradas. Uno apuntaba a Orebánov, el guardaespaldas, y el otro a Gil, el inútil del chófer que había preferido parar esta vez a la primera advertencia: el verano pasado, cuando la gresca con los socialistas revolucionarios, se saltó un control policial cuando cruzaban Moscú zumbando, creyendo que eran bandidos. Por poco no lo cuentan.

-Dispárale ya, Víctor.
-Cállate, Jacob, coño.

Los habían sorprendido justo al pasar el alto de Sokolniki, cuando la carretera se desliza después de subir y serpentea junto a la masa boscosa del antiguo coto de caza imperial. Recordó lo que él mismo había escrito aquella tarde sobre Maquiavelo. “Decía acertadamente que si es necesario recurrir a ciertas brutalidades con la finalidad de conseguir un objetivo político determinado, deben ejecutarse de la forma más enérgica y en el plazo más breve posible”. Maldita la gracia que le hacía ahora. A ver cómo recurría a la fuerza bruta con su preciosa browning (que apenas sabía usar, y le daba vergüenza reconocerlo) en el bolsillo de aquel fulano que lo había cazado como se caza a un conejo, y con sus dos matones desarmados también y puestos a resguardo a punta de pistola. En la cara del tal Víctor, que parecía el jefe, despuntó una sonrisa lobuna.

-¿Y qué hace el camarada Lenin con una botella de leche en las manos, a estas horas, tan oscuro, tan lejos del Kremlin?

Cayó de pronto en que llevaba algo en las manos. La escena estaba tenuemente iluminada por los faros del Rolls-Royce oficial, que aguardaba en el arcén con las puertas abiertas de par en par, bañándolos con sus chorros de luz. Enrojeció como un colegial y le irritó que el otro pudiera advertirlo. No era miedo. Reconocía aquella sensación. Era vergüenza. Allí estaba él, en mitad del campo, sosteniendo una ridícula botella de leche, regalo que le había pedido Nadezhda para los niños de la escuela de Sokolniki, mientras que aquel tiparraco no dejaba de apuntarlo con una mano al tiempo que con la otra miraba incrédulo su cédula de identidad. Se la había quitado rebuscándole en los bolsillos, con el cañón helado del fusil apretándole la sien despeluchada.

Tiene cojones la cosa, había pensado brevemente al sentir el arma sobre su piel. No era la primera vez que se veía en una de estas: estuvo a punto de morir un par de veces de forma ridícula, una en París y otra en Finlandia, huyendo de la Ojrana en 1907. Sin contar aquella de muchacho en la que casi se ahoga en una alberca de Simbirsk. Pero ahora, maldijo para sí. Ahora no puede ser esto, ni así. Tropas aliadas en Arcángel y en Odesa; ejércitos blancos asediando la revolución desde Siberia y el Báltico; Moscú y Petrogrado hambrientas, tomadas por los espías, llenas las cloacas de contrarrevolucionarios; Trotski un año metido en un vagón de tren matando desertores, campesinos y zaristas en Ucrania de un lado para otro, y yo fusilado en medio de la nada con una botella de leche en la mano por unos imbéciles que no me reconocen. Se imaginó los titulares, la prensa extranjera. Hacer la revolución para esto.

Cambió un guiño rápido con su hermana María. Menos mal que ella, orgullosa, se estiraba altanera frente a los otros matones y contemplaba la situación como una leona enjaulada que observa al dueño del circo juguetear con sus crías.

-Me lo ha pedido la camarada Krupskaya. Para los niños de su escuela.

Hizo un gesto vago con la mano libre, dirigiéndose hacia algún punto indeterminado de la gran masa oscura y compacta de árboles que se agitaba por la brisa gélida de la noche como un pelotón de infantería en marcha. El otro, sin embargo, no apartó los ojos de su cara.

-Venía a entregárselo.
-A entregárselo.
-Sí.
-En eso.

El fulano apuntó fugazmente con la boca del fusil al coche que los alumbraba. El Rolls oficial. Un majestuoso Silver Ghost cuya carrocería gris parecía, con la luz carbonatada de la luna, el caparazón de una tortuga bajo el agua turbia del mar. El coche estaba montado sobre los rieles de un tanque y dos enormes esquíes: uno de los nueve RollsRoyce del viejo general Reinbot que Lenin se encontró en la finca de Gorki. En el Sovnarkom se habían acordado de que el zar Nicolás adaptó sus coches convirtiéndolos en trineos capaces de brujulear sobre las carreteras congeladas y los bloques de nieve sedosa. A él no le interesó en ningún momento nada que escapase a los detalles prácticos: el coche le servía extraordinariamente bien en sus escasos movimientos fuera del Kremlin. Desde el atentado en la fábrica sólo salía a cazar con el resto de comisarios del pueblo, y eso una vez se hubo repuesto del todo. No obstante, reconocía que el coche era formidable. En él empezó a visitar a Nadehzda al final de cada jornada desde que, so pretexto del tratamiento de sus palpitaciones cardíacas, ella se trasladó a Sokolniki para estar cerca del profesor Gete y probablemente, columbró en aquel momento, para estar lejos de él. La revelación le cayó encima como un rayo y le hizo tiritar bajo la pelliza oscura que se echaba siempre encima a la ligera cuando salía de su despacho. Por una milésima de segundo sintió que no tenía la menor importancia recibir allí mismo un tiro y acabar con todo de una vez.

-¡Enséñenos sus documentos!

Todos se volvieron de golpe hacia María. Su voz había sonado autoritaria. Eso lo calmó. Se despreció a sí mismo por su instante de debilidad. ¡Morirse ahora, por Nahdezda, con todo lo que estaba por hacer! ¡Qué disparate!

El tal Víctor dio algunos pasos en dirección a María, riéndose.

-¿Documentos?

Contempló la cédula del otro, la cerró, la volvió a abrir, tocando con sus dedos enguantados la piel mala y barata de la funda. Luego alzó la vista hacia la mujer. Le brillaban los ojos.

-¡Los delincuentes no necesitan documentos!

Los otros dos rieron también, pero se les notaba tensos, nerviosos. Uno de ellos, el que había hablado antes, apartó con un gesto a Gil y a Orebánov y se acercó al coche abierto.

-¡Eh, venid aquí! ¡Vaya tapicería! ¡Y hasta caben ocho dentro!

El otro se aproximó brincando. Su cara relucía como la de una hiena delante de una gacela desventrada.

-¡Víctor, venga, vámonos ya! ¡Éste es el verdadero botín! ¡El coche!

El aludido le sonrió mostrándole los dientes, blancos como una faja de nieve junto a la tierra negra de la tundra, y avanzó hacia el Rolls sin darle la espalda. Desde donde estaba, con la leche todavía en la mano, pasmado, la cabeza destocada y la coronilla calva congelándose, vio como los tres fulanos se metían dentro del coche sin dejar de apuntarles a ellos, cuatro pasmarotes incapaces de mover un músculo. Sonaron dos portazos y dentro estallaron risotadas sordas apagadas súbitamente por el ronquido grave del motor del coche arrancando. Las grandes ruedas dentadas traccionaron la oruga de los rieles de tanque y el coche empezó a deslizarse tosiendo como un viejo con neumonía. Los esquíes delanteros giraron sobre el asfalto resbaladizo. Un bronco acelerón desvió el caño de luz de los faros y los zambulló en la oscuridad. En ella contemplaron la silueta rectangular disolverse en la boca negra de la noche, carretera de Sokolniki abajo. Más adelante el camino se inclinaba otra vez y se retorcía hacia la izquierda. Con un crujido la silueta giró y ellos pudieron ver el perfil iluminado. Él intuyó las dos alitas doradas del emblema de Rolls-Royce, y le pareció que huían. En efecto, se llevaban su cédula de identidad, su browning, los dos fusiles de asalto de sus pretorianos, su reloj de bolsillo y algo más importante que todo aquello: su dignidad. No controlamos más que cuatro latifundios en torno a Moscú, escupió sobre la nieve recuperando el dominio de sí mismo, y me pasa esto. Tiene su gracia. Sobrevivir a los dos tiros de la anarquista aquella para que tres cretinos me roben el coche adaptado que me conecta al mundo exterior, ¡a Rusia! Con una botella de leche en la mano, además. Qué viñeta haría un menchevique con esto. En mala hora.

 

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