Me siento a escribir su historia justo al llegar de su funeral y posterior homenaje en su fundación. Aflojo la soga de esta corbata color golondrina. Necesito un güisqui doble antes de escribir. El alcohol me ayudará a embridar los caballos de mis manos temblorosas. Como decía, hoy lo hemos enterrado tras un austero funeral religioso que ha omitido su suicidio. Luego, un hipócrita acto para nombrarle presidente perpetuo de su fundación y filántropo de honor de la ciudad. Amos Ackerman aprendió el oficio trabajando desde los dieciséis años como aprendiz de una óptica de barrio. A pesar de ser judío, no tuvo nunca un sentimiento trágico de la existencia, no adoptó jamás una actitud vital defensiva, es más, creía firmemente en la bondad del hombre por naturaleza. “Todo hombre nace bueno”, pensaba. Ningún éxodo, ni cautiverio ancestral, ni persecuciones, pudieron convencerlo de lo contrario. Era metódico en su aprendizaje y tenaz en su trabajo, tanto que pronto pudo independizarse de su maestro y montar su propia óptica.

Mientras su negocio crecía, se produjo su terrorífico hallazgo, tan maravilloso como destructivo. Lo cierto es que Amos jamás contó a nadie que había descubierto un método para “exprimir” las visiones de las gafas, extraer de sus cristales las imágenes que sus portadores habían contemplado. A raíz de este descubrimiento se dedicó a comprar gafas usadas y a hacer promociones en su óptica para que los clientes se llevaran unas nuevas a mitad de precio a cambio de dejarle sus viejas lentes. Sometía sus cristales a un complejo, y secreto, proceso que solo él conocía para sacarles las visiones e imágenes, que eran tratadas después y volcadas en una especie de película fotográfica, donde dejaba impresas sus huellas en negativo. Solo había que utilizar un proyector para reproducir esas visiones, fragmentarias en su mayoría, casi imperceptibles, borrosas, insinuadas más que explicitadas. Comprobó, sin embargo, que cuando esas visiones correspondían a acontecimientos impactantes, hechos terribles, violentos, brutales, las imágenes que obtenía eran más claras. Era terrible, pero la maldad dejaba un eco visual más nítido.

No permitía que ninguno de sus colaboradores y empleados en la óptica entraran en su laboratorio particular, era un espacio reservado en exclusiva para él. El negocio seguía creciendo, abrió varias ópticas más en la ciudad y dio el salto al mercado nacional. Construyó un grupo empresarial sólido, en constante expansión, gracias en buena medida a sus inigualables promociones para cambiar las gafas usadas por otras nuevas a precios mínimos. Acaparó el mercado, reventó a la competencia.

Amos saltó a las páginas salmón de la prensa. “El milagro Ackerman” llegaron a titular en alguna revista para directivos. Su fortuna aumentaba exponencialmente. Él seguía creyendo en el ser humano como sujeto de bondad a pesar de las vilezas y navajazos que veía a su alrededor perpetradas por macarras con trajes a medida y corbatas de Hermès capaces de todo por dinero. Salvaba al hombre aún sufriendo con las visiones que obtenía en su laboratorio particular con su método. Por eso se decidió a crear su fundación, porque se mantenía firme en su convicción de que a pesar de todo la bondad es innata en el ser humano, solo hay que facilitarle su expresión. Quería ayudarle desde la cima de su imperio. Prohombre, el país le consideraba el ejemplo de empresario y ciudadanos a imitar, el mejor de entre todos los hijos patrios. Incluso fue nombrado como “justo entre las naciones” por el Estado de Israel.

Su suicidio sacudió al país, la ciudad se retorció de dolor, se produjo un electroshock colectivo. Sus vecinos no podían creerlo. El gran Amos Ackerman, luchador incansable por el bienestar de su comunidad, el filántropo que apostaría su último centavo al número del hombre, se había matado. Un defensor de la vida que no había podido defenderse de la suya propia. Creyó en todos los hombres menos en uno, él mismo, repetía el coro de plañideras mediáticas ansiosas de titulares impactantes. Rápidamente tomó cartas en el asunto el gabinete de prensa e imagen del holding Ackerman para maquillar aquella situación que empezaba a apestar. Se apresuraron a inventar un suicidio hermoso y casi heroico. “El benefactor Amos Ackerman no pudo soportar la presión de tanta responsabilidad y trabajo por los más desfavorecidos… quería hacer más y más por ellos, pero se veía impotente… se autoexigía mucho… esta presión le llevó a una profunda depresión que finalmente le doblegó”. Un guion con final épico, de sacrificio humano y entrega casi mesiánica, una historia que no manchaba su imagen pública, sino que la magnificaba y la elevaba al olimpo de los mitos contemporáneos. La leyenda Ackerman acababa de salir de la horrorosa crisálida del suicidio.

El consejo de administración del holding me nombró encargado de entrar en su laboratorio particular, donde se suicidó, y borrar de allí cualquier huella que ensuciara la historia oficial montada sobre la muerte de Amos. Quién mejor que su secretario personal para limpiar su porquería personal. Así fue como descubrí su hallazgo, lo supe al encontrar su cuaderno de notas y leer los pavorosos testimonios que fue registrando en él. Lo leí en poco menos de dos horas, lo terminé con el ánimo aterrado, con una desazón vital incurable, desubicado como un resucitado. Hice mi trabajo de bayeta humana como un autómata, me movía por la estancia como un sonámbulo que flotaba en una especie de líquido amniótico turbio y desconcertante que ralentizaba hasta el extremo mis actos. Salí a la superficie de la consciencia desfibrilado por el sonido de mi teléfono móvil. Me urgían a acabar porque el funeral comenzaría en breve y no era adecuado que el secretario personal del señor Ackerman llegase tarde. Recogí todo en una bolsa de basura, todo excepto el objeto que Amos tenía en su mesa de trabajo y que contempló su cara de horror al volcar las imágenes que acababa de extraerle con su método secreto. Aquel objeto guardaba en sus entrañas el instante final y espantoso de Ackerman. No tuve el valor de tocarlo, allí lo dejé y salí apresuradamente del laboratorio. Sobre su mesa quedaron las antiguas gafas de pasta negra del padre de Amos Ackerman.

 

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Alejandro López
Periodista, articulista y proyecto en permanente construcción de escritor. Redactor jefe de la revista La Muy, de la que es cofundador. En su blog La Olivetti mellada vuelca todas sus filias y fobias. Sus méritos no van más allá de emborronar con tinta el papel en blanco o llenar de letras el procesador de texto de su portátil

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