«Higinia, la pobre criada, y Luciana, la rica ama. El pollo Varela y el director de la Modelo. Un crimen con escándalo político. El ¿fallo? del tribunal. La última ejecución que tuvo lugar en Madrid. Las terribles palabras de la ajusticiada antes de expirar».

Francisco Pérez Abellán. Crónica de la España Negra.

 

El olor a humo y quemado hace las delicias de la gente que se agolpa en la calle Fuencarral a la altura del número 109. Hace sólo 17 años del gran incendio de Chicago, y más de uno empieza a fantasear que lo que tienen delante lo supera. Casi ven los titulares en la prensa y las efemérides del momento que están presenciando: 2 de 1888, el día que Madrid fue consumida por las llamas.

Pero la cosa no es para tanto. Una casa con cinco balcones, llamaras asomando por las ventanas y humo negro. Olor a carne chamuscada y como banda sonora los gritos y alaridos de los presentes. Nada más. Bomberos sudorosos, alguna que otra blasfemia cuando la bomba de agua pierde presión y los relinchos y excrementos de los caballos, que con tanto espectáculo, los pobres bichos andan nerviosos y un tanto descompuestos.

Al poco rato, ya solo quedan cenizas húmedas, un humo que irrita los ojos del juez  Felipe Peña cuando entra en la casa y alguna que otra pavesa flotando en el ambiente y que a ojos de algún poeta con las musas inspiradas, podrían resultar luciérnagas perdidas en la inmensidad de la noche o alguna zarandaja por el estilo. Pero no están las cosas para andarse con versos alejandrinos cuando lo primero que se encuentran es el cuerpo de una mujer de más de cincuenta años muerta en el suelo de la alcoba principal y parte del cuerpo chamuscado. Un vistazo rápido pone de manifiesto que aquello no ha sido un accidente. El cuerpo tiene manchas de sangre fresca en el pecho, y esto hace que se enciendan todas las alarmas. Ahí se ha cometido un asesinato y toca buscar primero otras posibles víctimas y después pruebas para dar con el culpable. Y fruto de estas pesquisas, lo que se encuentran es a otra mujer tendida en el suelo y la ropa remangada dejando al aire sus nalgas.

Las carreras se suceden por las escaleras, y los porteros son los que parecen llevar la voz cantante en esto. No dudan en reconocer a la finada: doña Luciana Borcino, viuda de Vázquez-Varela, una mujer de posibles, y madre de José Vázquez-Varela, de 23 años que, a estas alturas, debe de estar durmiendo en su celda de la Modelo, donde contempla el mundo a la sombra por el robo de una capa y escándalo público, aunque eso no venga mucho al caso.

Por su parte, la mujer que estaba desmayada vuelve en sí, dice llamarse Higinia y trabajar allí como sirvienta. Los agentes que la atienden toman nota de ello, hasta que dice algo que no acaba de cuadrarles. Un ¿qué ha pasado? que chirría a oídos de las autoridades, y éstas, en lugar de responder, prefieren dar forma a aquello de que una imagen vale más que mil palabras, y llevan a Higinia frente al cuerpo de Luciana. Lo que sucede a continuación es un galimatías de lágrimas, llantos desgarrados, nervios y aspavientos que se cortan de raíz cuando Higinia es engrilletada por los policías y puesta bajo custodia en régimen de prisión preventiva.

La noticia corre como la pólvora en el barrio, y la gente no parece muy conforme con la detención de la sirvienta. Por todos es sabido que es una buena muchacha. Llevaba pocos días sirviendo en esa casa, pero las referencias de El Cojo Mayoral (Evaristo Abad Mayoral) sobre los años que estuvo trabajando en su cantina frente a la Modelo eran brillantes. En cambio, el hijo de Luciana, el Varelita ése si que no es trigo limpio, se escucha una y otra vez en las colas del mercado o ante la mesa de una taberna entre chatos de vino peleón y tapas de gallinejas. Y razón no les falta. El Varelita, o el pollo Varela como también es conocido el muchacho, no es que tenga un expediente inmaculado. Se le conocen relaciones con una tal Lola la Billetera y para pagarse el tren de vida que gastan juntos, más de una vez se han oído las discusiones entre madre (que en paz descanse) e hijo, y las amenazas de este último de quemarla viva si no le daba el dinero que le pedía. Llegando incluso a apuñalarla una vez en una nalga, preso de un arrebato de ira.

Los únicos que sacan tajada de todo esto son los periódicos, que multiplican sus ventas de manera exponencial. E Higinia parece ponérselo fácil con todas y cada una de las contradicciones en las que cae en los interrogatorios. Pasando de reconocer haber dado pasaporte a la señora de la casa con un cuchillo por razones de honor, «es que me insultó, señor agente» a acabar inculpando tanto a el Varelita como al director de la modelo José Millán Astray (futuro suegro de la Muerte), que por estas fechas aún carga sobre sus hombros con ciertas irregularidades procedentes de su anterior destino: el penal de Valencia. Y que, ironías de la vida, conocía a la sospechosa porque ésta había servido en su casa con anterioridad.

Y el embrollo sigue. Si éramos pocos parió la abuela ,debe pensar el juez que lleva el caso,cuando el mismísimo Millán Astray le pide que rompa el régimen de incomunicación de Higinia, para poder hablar con ella y hacer que entre en razón y se limite a contar la verdad de los hechos. Y más aún si cabe, cuando entran dos nuevos elementos en la partida. Dolores Ávila, amiga de la detenida, y su hermana María.

El caso se va haciendo cada vez más sonado. Más aún cuando empieza el juicio y salta a la luz que, pese a haberlo negado bajo juramento, el director de la Modelo tiene ciertos tratos de favor con algunos presos, dejándoles salir a que les dé un poco el aire, y en concreto a Vázquez-Varela. Aquí las cosas se ponen tensas aunque no llega la sangre al río. El caso ya estaba resuelto desde el primer momento y la justicia no se hace esperar.

Según la reconstrucción de los hechos. Luciana Borcino salió a misa la mañana del uno de julio, y aprovechando esto, Higinia drogó al perro de la casa, quedándose a la espera. La cual terminó cuando la señora volvió de la homilía y sin dudarlo se abalanzó sobre ella (no se sabe si con ayuda de terceros,aunque tampoco es que se hayan dejado los cuernos en esclarecerlo) para darle tres puñaladas a la altura del corazón. Hecho esto, sisó casi cien mil reales de la caja de caudales, salió de la casa para darle el botín a su amiga Dolores Ávila y volvió a toda prisa a la casa, no fuera a ser que en su ausencia se produjera un milagro, la señora resucitara y fuera a denunciar lo sucedido, o alguien fuera de visita sin avisar. Una vez allí, montó el espectáculo de fuegos y demás, en un intento de borrar las pruebas que pudieran incriminarla. Todo atado y muy bien atado, al parecer. Aunque una de dos, o Higinia tenía una fe ciega en que los bomberos llegarían a tiempo y no acabaría muriendo a la brasa, o había algún cabo suelto que las autoridades han pasado por alto a la hora de establecer los hechos, como por ejemplo que en esa casa nadie fumase y en el atestado policial se diera nota de que se habían encontrado cinco colillas en el lugar de atos. Aunque ya se sabe, un despiste lo tiene cualquiera…

Y claro, ella se queja y protesta por ello. Pero tampoco va a poder hacerlo durante demasiado tiempo. En concreto, el día 19 de julio de 1890 tres vueltas de tuerca se encargarán de hacerla enmudecer de manera irreversible al estrecharle el pescuezo tanto que no quepa por él ni un soplo de aire. Aunque eso si, justo cuando el verdugo se escupe las manos, no vaya a ser que se le escape la manivela, las últimas palabras de la condenada resonarán en las paredes del patio de la Modelo «¡Dolores! ¡Catorce mil duros!», y en concreto en los oídos de la otra acusada, condenada a 18 años de reclusión, un tiempo más que suficiente para pensar en ello e, incluso, quién sabe, lamentar las vueltas que da la vida y recordar qué se podría haber hecho con esos dineros y dónde se ha acabado.

Y hablando de vueltas inesperadas, Millán Astray salió limpio de todo esto, al igual que el Pollo Valera. Aunque éste último acabaría picando piedra en Ceuta años después por el asesinato de una prostituta en la calle Montera, pero eso es harina de otro costal y ya habrá tiempo de hablar de ello más adelante…

 

Fuentes:
Crónica de la España Negra. Francisco Pérez Abellán. Págs.19-23

https://criminalia.es/asesino/el-crimen-de-la-calle-fuencarral/

http://www.abc.es/madrid/20150126/abci-curiosidad-asesinato-fuencarral-201501251804.html

https://www.somosmalasana.com/el-crimen-de-la-calle-fuencarral/

https://politica.elpais.com/politica/2014/06/07/actualidad/1402167779_562043.html

http://www.agenteprovocador.es/publicaciones/el-linaje-maldito-de-los-millan-astray

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