Cada vez que entro en una peluquería pienso en la facilidad del asesinato. Me siento para pelarme y pongo mi vida en manos del peluquero. Confiadamente me amodorro mientras juguetea con mi pelo armado hasta los dientes. Con los ojos cerrados escucho el sonido de las tijeras revoloteando como un colibrí metálico alrededor de mi cabeza. Sus puntas cortantes a escasos milímetros de mi piel. Comienzo a ponerme en tensión aún con los párpados cerrados, aprieto mis manos cada vez con más fuerza sobre los reposabrazos del sillón y me muerdo el labio inferior por dentro. Sin embargo, el peluquero solo ve reflejado en el espejo mi cara de presunto dormido mientras continúa lanzando sus ataques.

Crece mi nerviosismo en proporción directa al decrecimiento de la longitud de mi pelo porque eso se traduce en vuelos cada vez más rasantes sobre la superficie de mi cráneo. Ahora trabaja el flequillo y la zona del pelo sobre mis patillas, jugueteando los dos espadachines siameses muy cerca de mis ojos y sienes. Tengo calor, aprieto los ojos dibujando la mueca de quien espera un fuerte golpe. Intento controlarme cuando el peluquero se aleja para soltar las tijeras y coger el arma definitiva, la navaja.

La sensación de calor sube y empiezo a sudar. La lengua de acero lame primero mis patillas para perfilarlas, hace un ruido desagradable como si despegaran la piel a un pez. Sudo copiosamente, me preocupa que el barbero se percate y tome represalias contra mí. Clavo las uñas en el cuero sintético de los reposabrazos cuando oigo “Agache la cabeza, voy a hacerle el cuello”. “¿Cómo?”, y el peluquero repite la frase cuya parte final mi miedo había transformado en “… voy a rebanarle el cuello”. Procuro calmarme pero el maldito sudor que moja mi camisa me lo impide. Humillo mi cabeza hasta tocar con la barbilla mi pecho… y me entrego al sacrificio. De nuevo me cosquillea el acero helado de la cuchilla, se tensan mis músculos, una gota de sudor comienza a descender por mi nariz y queda suspensa como un punch de boxeo transparente y salado. Un respingo la hace caer vertiginosamente sobre mi pantalón, “Lo siento, le he cortado un poco”. El sudor hace que me escueza el minúsculo corte, ni siquiera contesto a su disculpa.

Vuelve a trabajar sobre mi cerviz entregada. En esa postura, como un crucificado de la escuela de Ocampo, oigo silbar la hoja que recorre el contorno de la costa de mi pelo sobre el cuello. Perfila la parte posterior y se adentra en el lateral. Siento un repeluco medular cuando su quilla cortante navega sobre el sitio exacto donde se esconde la yugular. Contengo la respiración cada vez que pasa por ese cable de vida. La mano del peluquero ejerce un poco más de fuerza para apurar los pelos más rebeldes de esa zona, yo aprieto mi mandíbula y sigo empapando mi camisa de sudor. La navaja se detiene justo en la yugular, se hace un silencio crucial, noto que la presión de la cuchilla sobre mi piel es cada vez mayor sin causa aparente ni explicación del barbero, y me temo lo peor. En ese instante me pregunto aterrado qué impide que el peluquero me degüelle. La respuesta es pavorosa: nada. “Disculpe, creí haber oído mi teléfono. Dicen que vienen lluvias…”.

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