Ilustración Celia Ribeiro

En un tiempo distópico y apocalíptico como el actual, Eva Baltasar lo vive con normalidad. Lleva entrenando la soledad toda su vida. El aislamiento hace parte de ella, es una mujer isla. Vía telefónica, la única manera de poder realizar esta entrevista por culpa del coronavirus, nos cuenta que vive retirada con su familia en Cardedeu, una localidad a 40 kilómetros al norte de Barcelona, ciudad en la que nació en 1978. Escribe en catalán y le traducen. Lo último que se puede leer de ella es Boulder, publicada por Literatura Random House. Una novela corta. Una historia contada en prosa de forma poética: “Las clases de lactancia son orgías”, “No me analizo, pienso. En realidad, me desarmo”, “Pienso para tapiar los sentimientos”. No son imágenes, son cúteres. Es como si te estuvieran leyendo las líneas de tu mano con un escalpelo. El tratamiento casi cirujano que Eva aplica a las palabras tiene el efecto que se produce al liberar una granada de su espita. ¡Booom! Una lectura que da frío, que transita entre los límites del sexo y el amor, la maternidad y la libertad, lo animal y lo humano. No hay anestesia que valga, cada página incomoda. El remedio es la reflexión.

 

Estar confinada, aislada, como toca ahora, ¿te supone algún problema?

No noto la diferencia. No estoy acostumbrada a estar confinada, pero sí a estar en casa. Me gusta, tengo muchísimas cosas que hacer. El no acompañar a los libros en las giras de presentación sí ha supuesto un cambio en relación a mi vida anterior a Permafrost (su anterior novela, la primera parte del tríptico que está escribiendo). En mi casa tengo lo que necesito, estoy con mi familia, tengo libros, lecturas y el ordenador para escribir. Estoy muy bien.

 

Hace tiempo me comentabas que estabas bien, por fin, en una cueva, ¿sigues instalada en esa cueva?

Es una cueva con unos cuantos lujos, agua corriente, electricidad. Mi casa es mi cueva, mi refugio. Estoy en Cardedeu, una población casi en la montaña. En cinco minutos de coche estamos en el bosque.

 

¿Por qué la soledad tiene mala prensa?

La soledad lo que te transmite es encontrarte a ti mismo. Es posible que no interese que uno se encuentre. La soledad es un espacio para la reflexión que luego te ayuda cuando estás con gente.  Yo no abogo por la soledad cien por cien, no. El hecho de estar sola hace que tú conectes contigo misma y sepas lo que quieres hacer en esta vida. La soledad hace que uno tome conciencia de la vida que se está viviendo, con quién y en que sociedad estás viviendo. Esto puede enriquecer muchísimo más las relaciones, aunque igual es peligroso. (Ríe).

«La soledad lo que te transmite es encontrarte a ti mismo. Es posible que no interese que uno se encuentre»

Tus libros son pequeños homenajes a la misantropía.

No intento escribir sobre algo, simplemente intento encontrar una voz, una protagonista y que se parezca un poquito a mí, así me es más fácil escribir. Actúan a modo de espejo un poco mío. Tanto la protagonista de Permafrost, como la de Boulder, son dos grandes solitarias que quieren estar solas, porque lo necesitan. Lo que pasa es que la vida se lo pone un poquito difícil. A partir de ahí van tomando decisiones. En el caso de Boulder pierde la coherencia con las decisiones que toma. Siente una cosa y hace otra. Con la pérdida de coherencia se debilita. Lo que he hecho ha sido encontrar algo de equilibrio entre ella y yo. Yo vivo en familia, con mi mujer y mis dos hijas. Aún así encuentro mis espacios de soledad en mi vida diaria. Yo paso mucho tiempo sola sin sentirme sola.

En esta novela la protagonista tiene apodo, Boulder. ¿Por qué Boulder?

El título de Permafrost es una palabra, una metáfora. Me lo pasé tan bien escribiendo ese libro que decidí escribir dos novelas más. En treinta segundos de iluminación se me dieron dos palabras, dos metáforas: Boulder y Mamut. No fue un ejercicio muy racionalizado. Para mí son dos imágenes de dos mujeres muy distintas. En el caso de Boulder es una mujer que parece muy dura, que está sola y a la intemperie. No quiero nombres porque las tres protagonistas de mi tríptico sin nombre a mí me van muy bien. Me identifico muchísimo con ellas y quiero cero distancias con ellas. Para mí soy yo. Sí quería que Samsa, la coprotagonista del libro, la bautizase como Boulder. Un apodo que le cae muy bien, pero que a la vez es como horrible. Que tu pareja te cambie el nombre te define, parece que se convierte en tu propietaria.

 

¿Por qué Islandia?

La novela empieza en Chiloé. La primera escena es cien por cien autobiográfica. Boulder es una novela que la he luchado dos veces. La empecé a escribir, no me gustó. A la tercera me rendí. No quise empezarla yo, quería arrancar con un flash. Flash que me vino de un momento en el que yo tenía 20 años y estaba de mochilera en la isla chilena de Chiloé. Era una noche de temporal, estaba comprando un pasaje para ir al continente en un barco mercante. Fue una noche de pesadilla. Había una tormenta brutal, yo tenía la regla y el baño estaba en cubierta. Tuve que ir como siete u ocho veces, y siempre con el peligro de caerme al mar. Las olas nos pasaban por encima. Sí, todo muy romántico, pero pensaba que iba a morir. Soy muy curiosa, me gusta ver trabajar a la gente. Al capitán le pedí si podía estar en el puente durante la llegada a tierra firme y me dejó. Lo pasé tan mal y tan bien a la vez en aquel barco que tuve la tentación de pedir si me podía quedar en él un tiempo. No lo hice, me quedé con el gusanillo y, entonces, me dije, ahora voy a vivir la vida que no viví en su momento.

La novela habla de Chiloé y sus paisajes vacíos. Boulder necesita estar en un entorno acorde con lo que es ella. Luego me la llevé al otro polo, Islandia. Allí encontraba lo mismo, espacios abiertos, poca gente, un país del primer mundo, acorde con Samsa, y que pone más de manifiesto esa contraposición entre las dos mujeres (Samsa y Boulder).

 

¿Por qué escogiste la profesión que desempeña Boulder?

Cocinera, sin formación, de un barco mercante es el trabajo ideal para Boulder. Puede estar tranquila y sola, además de ser una ocupación temporal. Es una mujer que se encuentra bien en la provisionalidad. Es el lugar idóneo, en el que puede estar en paz.

 

¿En qué has trabajado entre Permafrost y Boulder?

Desde que se publicó Permafrost, del que luego se publicaron traducciones, me he podido dedicar en exclusividad a escribir, a llevar vida de escritora. También he acompañado al libro en muchos países: Argentina, México, Italia. Algo que me ha gustado porque hacía tiempo que no viajaba. Lo hice de joven, pero a los 24 tuve una niña y desde entonces he hecho menos. Me ha servido también para conocer a gente y a mí misma en otros contextos.

«Desde que se publicó Permafrost, del que luego se publicaron traducciones, me he podido dedicar en exclusividad a escribir, a llevar vida de escritora»

Tus mujeres protagonistas son más de follar que de hablar.

Cierto. Boulder reconoce el valor del lenguaje, para ella su raíz está en el lenguaje más que en un territorio. Samsa le pide hablar, algo que a Boulder le cuesta. Eso es muy mío, yo he tenido que entrenarme para vivir y sobrevivir en pareja. Sin hablar no solucionamos nada. Con un polvo no matas el problema, lo escondes. Eso es lo que hace Boulder. Prefiere follar a hablar. Su forma de comunicarse y expresarse es más física, sexual.

 

“La bebo como si me hubieran educado para el desierto”, “La beso como no sabía que podía besar a una mujer, entregándole algo que fabrico cuando estoy lejos, cuando no está conmigo”, ¿en qué te inspiras a la hora de describir el sexo entre tus personajes?

Me baso en mi propia experiencia. Mis protagonistas son mujeres, lesbianas, yo me siento mujer y lesbiana y, entonces, me lo pongo muy fácil a la hora de escribir. Las escenas de sexo son tal y como yo las describirías. Es cierto, hay un trabajo poético detrás. Para mí es muy fácil, llevo quince años escribiendo poesía, como escritora me he formado escribiendo poesía. Me resulta fácil hacerme una imagen de lo que es el sexo y dar con una imagen que defina esas sensaciones. Lo que hago es recrear distintas imágenes y colar el sentimiento del momento en la imagen, que no sea una foto, que se viva la escena a través de la mente de la protagonista.

 

“El ovario convertido en un piso patera”, ¿la inseminación artificial es un avance de la ciencia o un negocio?

Las dos cosas. Yo he recurrido a ella, tengo una hija gracias a la inseminación artificial, pero también, mientras lo estaba haciendo, viví esa incomodidad por sentirme, de alguna manera, explotada. Cierto, por decisión propia. Yo sometí a mi ovario a la explotación. Así lo viví, sentí, me beneficié y me recriminé haber sido explotada. A través de Boulder pongo sobre la mesa este tema. No todo es ni tan bonito, ni tan perfecto, ni tan ético. Yo todavía sigo reflexionando al respecto.

 

¿Cuándo supiste que ibas a ser madre qué sentiste: alegría, miedo…?

Soy madre de dos hijas y, creo, que las dos veces lo he vivido, lo he sido con inconsciencia. Deseaba ser madre, lo fui y ya está. Miedo nunca. No vivo con miedo. Creo que lo que tenga que ser, será. Yo la maternidad la he vivido con alegría.

 

¿Fuiste a clases de preparto y/o posparto? ¿Algo que decir al respecto?

Fui a clases de preparto y me marché de ellas con una incomodidad absoluta. Yo he vivido las dos caras de la maternidad en una. Soy Samsa y Boulder a la vez. Yo he gozado de mi embarazo, del parto, de la lactancia, de la crianza, lo sigo gozando, pero a la vez me he visto a mí misma con la mirada de Boulder, con ese no encajar en una especie de construcción social acerca de lo que tiene que ser la maternidad ideal. En ella yo no estoy cómoda. No hay una maternidad ideal, sino que hay tantas maternidades como madres existen. A mí lo que me incomodada era esa especie de complicidad entre madres, entre embarazadas, de que estamos compartiendo la misma experiencia y que bonita es. El tema de los rebaños no me va. No lo juzgo, lo que hago es contarlo.

«No hay una maternidad ideal, sino que hay tantas maternidades como madres existen.»

¿Qué es lo más complicado que les ha tenido que explicar a tus hijas hasta la fecha?

A la de 17 años creo que ya le he explicado todo lo que tenía que explicarle. Yo cuento todo siendo muy prudente, mostrando que no tengo la verdad absoluta, que puedo estar equivocada. Al final, yo cuento mi versión. Cuando mi hija pequeña preguntó “Y yo, ¿no tengo padre?”, que puede parecer una pregunta complicada de responder, yo se lo conté tal cual. Para mí no fue complicado. Le dije que claro que tiene un padre, uno biológico, que dio su semen por altruismo, que es una persona muy generosa, lo que pasa es que no le conocemos. Ella tiene claro que tiene dos mamás y un papá que no conoce. No fue complicado, lo hubiera sido si yo hubiera tratado de esconder algo. Complicado es cuando me pide ayuda con sus deberes.

 

¿La pareja se parece más a unos vaqueros, recios y prietos o a unas mayas, elásticas y ajustadas?

La pareja a mí me gusta a pelo, desnuda. Si tuviera que vivir una pareja como unos vaqueros no lo soportaría. No me gusta pensar que dos personas forman parte de una sola pieza. Con mi mujer no soy solo una cosa. Ella hace su vida, yo la mía y coincide que vamos juntos hacia un mismo sitio.

 

¿Dónde compras los libros que lees?

En las librerías de mi pueblo. Desde que escribo narrativa me regalan muchísimos libros, es una pasada. Lo que no hago es guardarlos en casa, los leo, los que me interesan, y luego los llevo a la biblioteca para compartirlos con mis vecinos. Así no tengo que quitarlos el polvo.

 

¿En que se convierten las madres cuando dejan de ser estrictas?

En mujeres que viven su vida con libertad y consciencia.

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