El verano está empezando a acabarse pero nunca lo hace del todo. Se resiste con su insistente pesadez. Con su lentitud de paso de astronauta, de ministro de ciencia infusa. Los días se regodean en su letargo, en su mal despertar del que no quieren levantarse. La rutina trabajosa pronto volverá y olvidaremos el aburrimiento presente por uno en el que no poder detenerse.

Trabajo y pienso en solitario. Por eso camino y escribo de la misma forma. Porque todo es lo mismo aunque no sea igual. Damos vueltas a la misma idea aunque la mente se nos vaya por los cerros de Úbeda y no hayamos estado en la provincia de Jaén nunca. Nos dispersamos y esa idea se ramifica en cientos de ellas que nos dejan en el mismo lugar inexistente. El pensamiento no es que no ocupe lugar sino que no lo tiene.

Voy al mercado que hay más cerca de mi casa que está en la calle de Marqués de Zafra. La mayoría de los puestos están cerrados y los que no lo están parece que lo estuviesen. A veces no es fácil diferenciar lo vacío de lo triste, la soledad de lo que no está. En uno de los pocos puestos abiertos, la vendedora vocifera sus productos a los “nadie” que pululamos por esos pasillos inhóspitos, desapacibles. Como nadie le hace caso, a uno de los buscavidas que se apoyan en una de las puertas de entrada del mercado, le pide que se acerque. La sonrisa de la tendera se cruza con la mueca de ese hombre invisible para esta sociedad justiciera. Como siempre que le ve, le regala una loncha de jamón que está demasiado salado como para vendérselo a esos jueces que no saben que lo son. Él lo sabe y tiene ganas de matarla, pero si lo hace su hambre no se lo perdonaría. También sabe que dejaría de disfrutar de esa sonrisa, que aunque sea falsa, cuando no se tiene nada, la carroña regalada se convierte en amor del bueno, del que duele, del que te hace vomitar.

Y yo me pregunto: ¿Hay alguien feliz, en alguna parte? Solo con la que nos conformamos. La que adaptamos a nuestra conveniencia para no verle su lado triste y mentiroso. Veo que hoy tengo un día de lo más filosófico y como siempre que lo tengo me gusta ir al Parque del Cerro del Tío Pío, que está en el Puente de Vallecas. Disfruto yendo allí a recopilar mis pensamientos, a hacer balance sobre algo tan difícil de estructurar como es mi vida. Un castillo de naipes que no es que se caiga a la mínima ráfaga de viento, es que es imposible empezar a construirlo. Al coger la primera carta para comenzar el edificio, el primer contacto con la misma da corriente, una electricidad de baja intensidad, pero molesta, un chispazo que separa mi piel de mi organismo eléctrico. Amo a las electricistas que tienen la suficiente paciencia como para hacer contacto conmigo.

Como buen flaneur decido ir andando. Además todavía recuerdo la última vez que fui y cogí el metro para hacerlo. La comodidad es un viaje en metro. Algo que pasa rápido, cuando eres consciente que no lo haces solo y debes compartirla con quien no conoces. Dicen que el metro es un transporte público, pero lo que lo es público, es el sudor. Un sudor compartido que nos separa más, cuanto más nos junta. Miradas furtivas  a escotes interceptadas por sus dueñas. Sus poseedoras me la devuelven sin el mismo disimulo. Pero no dicen nada. Los dos hemos actuado con la misma educación. Exquisita.

Estoy llegando a Vallecas. La Avenida de la Albufera se presenta ante mí con suficiencia, con la mirada altiva, como es la inclinación en esta calle. El camino se empina como si se tratase del Tourmalet. Voy en la cola del pelotón de la carrera conmigo mismo, pero no tengo prisa por adelantarme a los acontecimientos en el que el protagonista soy yo. Ya me esperarán si llego fuera de control.

Estoy en pleno barrio de Vallecas, por donde corro “asilvestrado” cada Nochevieja. Me convierto en un salvaje con ganas de gastar las energías que ahorré durante el año. Morir reventado de cansancio el último día del año sería la manera más consecuente de hacerlo, el final de los finales, el final de todos los finales. Si no mueres cansado de haber hecho lo más posible lo que te gusta, date por no nacido.

Paso por la calle del Payaso Fofó, el estadio del Rayo Vallecano me recibe humilde, como es el equipo, las instalaciones y su afición. Un poco más adelante, en los bajos se encuentra el gimnasio de boxeo, de donde han salido varios de los mejores boxeadores de Madrid y de España. El boxeo no es solo un deporte, es esfuerzo, trabajo, la única salida para gente que ve todas las puertas cerradas. El boxeo es inteligencia, el que esté embrutecido no conseguirá triunfar en esta forma de vida. El boxeo es pegar y que no te peguen, lo mismo que pasa en la vida. Y eso solo se consigue con inteligencia, estudiando al rival, que no enemigo, queriendo bajarlo del ring a toda costa, pero sin querer destrozarlo para conseguirlo. El boxeo es la poesía que surge cuando de la flor brota un guante de catorce onzas.

Me ha parecido ver a Cristina Pedroche, vallecana orgullosa, famosa por salir en la televisión, sí, hombre, esa cosa que suele colocarse en el centro de los salones de las casas de los españoles, y que ahora solo ven los que pudieron votar la Constitución del setenta y ocho. Ambas se han quedado obsoletas y necesitan una mano de pintura fresca, joven, que las actualice y se adapte a los nuevos tiempos.

Pues sí, es Cristina Pedroche. Habrá venido a ver a la familia. La televisión da el dinero suficiente como para huir lo suficientemente lejos de lo que decías que querías. Siempre que corro la San Silvestre y llego a Vallecas me acuerdo de ella y me “apena” que no pueda correr la carrera de su barrio y así representar a los suyos. Ella que es una de los nuestros. Una “runner” más de entrenamiento diario. Pero la “pobre” ya no puede hacerlo. Tiene que presentas “las uvas” en ese electrodoméstico prehistórico llamado televisión. Pero con su vestimenta hace una labor social para los pajilleros pre y post-constitucionalistas. Y que quede claro, a mí es una chica que me cae bien, me parece que aporta frescura y sencillez en sus propósitos. Una mujer independiente que no tiene miedo a manifestar como piensa.

Ya estoy en Puente de Vallecas. Entro en el Parque del Cerro del Tío Pío, también llamado el Parque de las Siete Tetas, por la forma que tienen sus colinas. Tetas generosas de mujer s(impar), de tres mujeres y la mitad de otra. Pechos verdes de mujer extra-operada, solo es ordinaria su naturaleza salvaje, el aire limpio que respiran sus pulmones triplemente hinchados.

Subo a su parte más alta y tengo al ladito Moratalaz, pero desde aquí se divisa toda la ciudad y parte de la Sierra, sobre todo al atardecer. Me siento en uno de sus pezones con delicadeza, el horizonte me marea con las figuras que surgen del cielo. Algunas nubes se ponen guapas y otras se disfrazan. Los tejados de Madrid forman un gran sombrero que ayuda a tapar la calvicie de los edificios más desprotegidos de los barrios que también lo son. Madrid siempre gana si lo miras hacia arriba, aunque a veces queden muy a la vista sus partes menos peludas.

Camino un poco por la colina y cambio a otra. Busco otro pezón, espero que más lechoso, nutritivo, fuente de vida para mis ojos y para mi espíritu. Las farolas más altas de la ciudad van poco a poco alumbrándose, la ciudad se va llenando de luz, es verdad que artificial, como la sonrisa de la tendera de mi barrio, pero igualmente necesaria para llenarnos de una belleza ficticia, temporal, que solo sirva para esconder la oscuridad.

Todo son luces de colores alrededor de la negritud del parque. Soy una hormiga a la que parece que se le vaya a caer encima una tormenta de fuegos artificiales. Solo veo a una persona que esté en el parque junto conmigo, y no la tengo especialmente lejos. Tiene un cuaderno en las manos donde escribe algo alumbrado por la luz de su móvil. Me acerco un poco a él por curiosidad. Camba es un gato madrileño sin miedo a morir. Cuando le tengo muy cerca, él me saluda y resulta que le conozco. Es Ramoncín, otro vallecano ilustre, cocinero siempre con riesgo de que se le queme su famoso pollo. Beodo irredento. Hizo de la necesidad vicio etílico. Se dice que nació en un taxi, y estoy seguro que el hijo del taxista ahora conduce un Cabify. Me saluda en cuanto me ve y le pregunto qué está haciendo. Me dice que está tomando notas para una segunda parte del “Tocho Cheli”, una especie de diccionario con palabras y expresiones populares del Madrid achulado y lenguaraz. Me pide que le ayude con alguna expresión que se me ocurra, que ponga con palabras lo que mi mirada dice ante las magníficas vistas de las que está disfrutando. Le contesto que tengo la mirada registrada. Demuestra sentido del humor y se ríe conmigo, me da la mano y me dice que me siente con él un rato. Me habla de Umbral, de Carandell, de Tierno Galván, de los intelectuales de su época y de los pocos que ahora saben reflejar por escrito la sociedad actual. Le digo que criticar es muy fácil sin saber de lo que se habla, y que ahora es cuando más se escribe sobre la actualidad que nunca, que internet ha acercado a todo el mundo el poder dar su opinión. Entiendo que se refiere a periodistas o escritores, y le nombro a Lorena G.Maldonado o Jesús Nieto, por poner dos ejemplos, y que cojones, porque son mis favoritos. Ambos escrutan la realidad con arte y gracia, con prosa pulida e incisiva, de la que duele, utilizan pluma con forma de bisturí, operan la sociedad y si no la curan, por lo menos la dejan más decente y presentable. Me promete que los leerá y le contesto que ya va tarde.

Me despido de Ramoncín  y comienzo el descenso, uno casi más peligroso que el del Sella en Asturias. La nocturnidad hace que no veas por donde pisas y puedas pisar una piedra, un agujero, o un rastrojo aderezado de algún animal muerto atragantado por uno de esos ramajes de algún árbol del parque.

Llego a suelo firme, tengo hambre y sed y entro al primer bar que veo. Dentro está Ángel Petisme, poeta aragonés que vive en este barrio desde hace unos años. Es amigo y cuando  me ve, me abraza con fuerza. Está con unos amigos y por como los veo no creo que lleven pocas rondas. Ángel pide otra: “Pero apuntala, que luego cobras lo que te sale de las pelotas”, lo dice de buenas, mientras me tiene cogido en su abrazo. Me cuenta que esta tarde tenía que hacer la presentación del libro de un amigo también aragonés, pero que se le ha pasado, que se ha liado con los amigos en este bar y se le ha olvidado. Él no entiende porque las presentaciones de los libros no se hacen en los bares, tendrían más público y si la gente se aburre se puede emborrachar. Los libros con alcohol pasan mejor, pasa lo mismo con toda la comida demasiado aceitosa o con la fritanga. Eso da que pensar. Y además, libro que no tiene las esquinas manchadas de dedos pringosos ni es libro ni mucho menos ha sido leído. Me despido de Ángel dejando en la barra dinero para que puedan seguir bebiendo un buen rato todos los parroquianos.

En el horizonte de esta noche que se mueve bajo mis pies, el verano parece que comienza a despedirse de mí, en su mareo y en el mío un puñetazo de boxeador estilista me golpea mandándome a la lona del colchón de mi cama. Mañana al despertar, puede que se haya marchado para siempre, pero por desgracia a la embriaguez de lo que se espera,  siempre la acaba curando el calor de la siempre despejada realidad.

 

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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