Me gustan las estatuas. Sedentes. Yacentes. Orantes. Ecuestres. Las admiro en su muda defensa de la historia, en su humilde aportación al recuerdo del pasado. Bronces eternos que esperan al raso que alguien quiera interpretarlas, amarilleando su óxido en la ilusión de que alguien lea la placa y recuerde quién fue Maimónides. Mármoles que tienen todo el tiempo del mundo, y que aguardan en una plaza a que alguien quiera saber quién fue Ludovico, o Espartero, o el rey Alfonso XII.

Pero de un tiempo a esta parte, ser estatua es más complicado. Una auténtica profesión de riesgo. Eso deben de pensar las imágenes de Colón de España y América, que sufren el recelo de una masa que no ha estudiado demasiada historia pero está dispuesta a cambiarla. El revisionismo es como una de esas fiestas de antaño en las que si se enfadaba el dueño del reproductor de música, la fiesta se acababa. Si no se les concede lo que piden, se marchan dando un portazo. Quieren que se les conceda que Colón es un símbolo de dominación al indio. Pero es que eso no se les puede conceder porque no es cierto. Tan incierto como si alguien se enconara con Madame Curie por el dolor de la bomba atómica. Es una causa-efecto demasiado facilona, inexacta, mentirosa. Cuando deberíamos vivir tiempos de furia contra la máquina (esas maquinitas que controlan nuestra vida cada segundo y que no sabemos si en el futuro trabajarán para nosotros o en nuestro puesto), protagonizamos tiempos de odio contra la estatua, que es un esfuerzo malgastado en revisionismos estériles y miopes.

“El revisionismo es como una de esas fiestas de antaño en las que si se enfadaba el dueño del reproductor de música, la fiesta se acababa. Si no se les concede lo que piden, se marchan dando un portazo”

Leo que también tienen problemas las esculturas de Kant. Que un pueblo se levante contra un filósofo es algo que hace unos días me parecía tan imposible como que se le lea. Pero ha ocurrido. En Kaliningrado, alguien ha arrojado un cubo de pintura rosa a un Kant elegante en escultura profesoral. En mi largo catálogo de investigaciones imposibles, me gustaría tener un censo de cuántas personas han leído a Kant en Europa en los últimos diez años. Una obra completa, no una frase de adorno en el twitter de una de esas personas que no conoces pero a quien sigues. La fiebre por arrojar pintura rosa al cuerpo de Kant tiene que ver con la posibilidad de que el aeropuerto de Kaliningrado lleve su nombre, algo que enfurece a los nacionalistas rusos.

La cultura, de un tiempo a esta parte, anda más interesada en derribar estatuas que en aumentar su número, y eso es un indicador de que algo va mal. A mí lo que me fascina del revisionismo es la memoria tan espléndida que tiene. Acordarse en 2018 de Agustín de Foxá, cuando ya casi nadie sabe quién es y tiene un número de lectores que caben en un bar. Detenerse en juzgar las acciones de Carlos Haya, cuando la gente de a pie no llega a recordar siquiera si fue aviador, domador o el inventor del sacacorchos. Las estatuas tienen que quedarse, porque nos enseñan quiénes somos y quienes fuimos, y es bueno que permanezca lo bueno y lo malo, porque todo es Historia. La misma imagen, pasada por el tamiz de la educación, puede servir para enseñarnos una cosa y la contraria. Debemos iluminar las sombras de la Historia, pero sin la injuria facilona y el juicio sumarísimo a las estatuas. Solamente puedo entender la violencia catártica contra el dictador. Las estatuas tumbadas de Hussein, los bustos escondidos de Franco. Pero hay que saber dónde detenerse en esta batalla contra la historia esculpida en piedra, porque al borrarlo todo corremos el riesgo de que ese vacío se rellene con un discurso igualmente equivocado.

“Las estatuas tienen que quedarse, porque nos enseñan quiénes somos y quienes fuimos, y es bueno que permanezca lo bueno y lo malo, porque todo es Historia. La misma imagen, pasada por el tamiz de la educación, puede servir para enseñarnos una cosa y la contraria”

Al revisionismo le falta olvido, que es mucho más sano que la sanción y el desplome. Hay rincones de la historia que hay que olvidar, no derribar. Todavía no se han enterado de que la violencia contra el pasado es como lanzar una piedra sobre tu cabeza, algo que siempre vuelve para hacerte daño. A esos que les incomodan las estatuas en las que nadie ha reparado hasta que salen en la foto del diario les diría que hay que ser más humildes. No es bueno sentirse el centro de la historia, ni mucho menos el elegido para modificarla. Recordar aquello que decía el cineasta Claude Chabrol de que uno tiene que tener en cuenta que en la vida a veces te toca ser la estatua y otras veces la paloma que se posa encima.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here