Un relato de Silvia Nortes

 

La muerte de las dos hermanas no era lo que más había sorprendido a Esteban Carrillo. Ebi estaba acostumbrado a leer, escribir e investigar sobre muertes. Gente vieja, joven -insultantemente joven-, gente sana, enferma, con y sin ganas de seguir viviendo. Sabía mil eufemismos para hablar de accidentes, de vidas truncadas, de enfermedades, de asesinatos… Ya casi escribía sobre ello de manera automática.

Pero el tema de las fotos era otra cosa. En su contrato de trabajo no ponía que tendría que buscar fotos de gente muerta. Menos aún cuando suponía adentrarse en sus perfiles de redes sociales. Se sentía como un buitre. O aún peor, porque los buitres no son conscientes de sus malos actos.

La tercera vez que tuvo que hacerlo, se prometió que no habría una cuarta. Luego llegó la cuarta, justo en la cuesta de enero, y se dijo que no habría una quinta. Llegó la quinta y tampoco le venía bien, así que hubo una sexta y una séptima y una octava y muchas más después. Tantas fotos de muertos le habían permitido seguir pagando la hipoteca, comprarse una lavadora nueva y hasta irse de viaje a Praga.

Pero aquella tarde la bilis se le revolvió. Sonia y Esther eran dos hermanas de 13 y 17 años que habían fallecido en un accidente de tráfico junto con sus padres. Como siempre, le tocaba bucear entre fotos de las menores para ilustrar la noticia. Esther Cano Almenara, la mayor de las dos, fue fácil de encontrar. Afortunadamente, no se había inventado un mote extraño, y esa combinación de apellidos no era habitual. Pasó las imágenes en busca de la foto perfecta. Como le había dicho muchas veces el director del periódico: Que se le vea feliz, como que estaba en la plenitud de la vida. Que le dé pena a la gente, ¿sabes?

De repente, sintió de nuevo la vergüenza de las primeras búsquedas de años atrás. Algo en esa niña le sonaba. La nariz chata. El nacimiento del pelo. Los ojos verde amarillento. Y esos apellidos…

«Esther Cano Almenara…» musitaba Ebi una y otra vez. «Esther Cano Almenara…» El periodista se sonrió y dibujó en su mente la cara de aquella niña de ojos verde amarillento a la que había visto por última vez hacía más de veinte años. La que era, sin lugar a dudas, la madre de esa chica muerta que le miraba desde el ordenador. «Qué cabrón, Ricardo… al final te hiciste con la tuya».

Ebi y Ricardo Cano habían sido mejores amigos desde que les tocó compartir un pupitre demasiado estrecho como para obviar al compañero de al lado. Ebi era sigiloso y prudente, con esa inteligencia discreta de los humildes. Con Ricardo, que tenía más de pillo y zalamero, formaba el dúo perfecto.

Cuando empezó a cuidar de su vecinita de rizos rubios, Ricardo ya había cumplido los quince. Llevaba al parque casi cada tarde a Manuela, la hija pequeña de los Almenara. Lo que empezó como un cariño fraternal había derivado en los primeros hervores del amor, irreconocible por demasiado temprano.

Al ver los rasgos de la chica muerta, Ebi lo supo. «Te hiciste con la tuya…», se repetía. Siguió pasando las fotos hasta que encontró una de las hermanas juntas. Esther y Sonia tenían los ojos de Manuela y la barbilla robusta de Ricardo. Las dos altas, como buenas Almenara que eran. «Tiene gracia», pensaba Ebi. Se imaginaba a su amigo diciéndole: «chaval, al final te ha tocado escribir sobre nosotros. Mi padre estaría orgulloso de ti».

En efecto, Domingo Cano era el culpable de que Ebi se hubiera dedicado al periodismo. El padre de Ricardo regentaba el quiosco de la plaza del pueblo, que tenía, según los convecinos, «el mejor granizado de limón del mundo». Para ellos, el mundo terminaba en las lindes de la comarca. Como dueño de uno de los locales con más solera del lugar, Domingo conocía las andanzas de medio pueblo o pueblo entero, pero mantenía su discreción a rajatabla. Solo una persona se había ganado el respeto necesario para ser su confidente. Esa persona era él, Esteban Carrillo.

Mientras Ricardo cuidaba a su vecina, Ebi se dedicaba a comentar con Domingo las novedades de la villa, siempre aderezadas con el mejor granizado de limón del mundo. El chico conocía casi todo de casi todos. Algunas mañanas, cuando el maestro tenía que ir a colegios de otros pueblos de la zona, Ebi se dedicaba a vagar en busca de detalles insólitos y conversaciones de callejón. Cuando llegaba la tarde, siempre tenía seis o siete historias que compartir con Domingo.

Tú no digas nada de lo que te enteres. Ya te pagarán por hacerlo cuando seas mayor le decía a menudo el quiosquero.

Aún recordaba el día en que le contó que esa ansia por enterarse de todo podía perfeccionarse estudiando en la universidad. Desde entonces, Ebi se esforzó en mejorar su técnica para ser el mejor de sus futuros compañeros de estudios.

Al poco tiempo de empezar las tertulias diarias, Domingo empezó a llamarle plumilla. A él no le hacía mucha gracia, porque le sonaba a persona enclenque. Luego se enteró de que se llamaba así a los periodistas de prensa escrita, y el apodo dejó de molestarle.

Su mayor logro fue resolver el misterio de la baguette perdida. A Rogelia, la viuda de la calle San Damián, le había desaparecido una barra de pan recién comprada. Ebi se había encontrado con ella en mitad de la agitación por el extravío y se ofreció a ayudarla. Con unas cuantas preguntas bien formuladas, el plumilla no tardó en encontrar el preciado alimento en una fuente cercana a la Ermita de San Cosme y San Damián. Pero lo mejor no fue esto, sino todo lo que descubrió gracias a sus indagaciones. Vicente, el dueño del despacho de pan, había recibido una herencia millonaria; la vecina del piso de arriba tenía una plantación de marihuana, y el cura del pueblo le debía treinta mil pesetas a Hacienda. Todo eso averiguó en una mañana.

El Ebi adulto siguió pensando en Domingo, en Rogelia y en barras de pan, amenizado el pensamiento por los de deportes y su teclear incesante. En los veranos de olimpiadas, la redacción se convertía en un cobertizo empapado por un tufo a sudor y comida revenida.

«Aquí me ves, Domingo. Al final soy un plumilla y escribo sobre tu hijo y tus nietas muertos. Más me habría valido meterme a cerrajero». Se había sentido estafado desde que comenzó su carrera. La idea que tenía del periodismo cuando entró en la universidad era radicalmente distinta a la que había conocido en el mundo profesional de la contrarreloj por la exclusiva y la inventiva del titular perfecto, y los horarios desordenados le habían costado más de una relación. Como le espetó una ex, se había volcado tanto en los muertos que se había olvidado de cuidar a los vivos. Los reportajes que siempre había querido hacer seguían en la nevera, que es como se llama a los temas que se guardan para las temporadas en las que solo leen las noticias los jubilados y los convalecientes. No obstante, para las muertes trágicas siempre había tiempo.

El impulso de desazón y enfado que le agitó coincidió con la foto que aparecía ahora en la pantalla; una en la que salían los cuatro. Esther, Sonia, Ricardo y Manuela sonreían tras una tarta de cumpleaños. La imprimió, incapaz de contenerse.

Ya eran las nueve menos diez. Ebi siempre dedicaba los últimos diez minutos en la redacción a revisar el correo electrónico y chequear la web de los principales diarios. Aquella tarde no lo hizo. Miró a su alrededor y, de pronto, el tufillo de los de deportes le pareció pestilencia, el tecleo de dedos le pareció estruendo y sus artículos sobre accidentes mortales le parecieron un crimen. La verdadera víctima durante todos aquellos años había sido su entusiasmo por la profesión. Tendría que volver a encontrarlo.

Con el gesto de Domingo Cano en la retina, Ebi apagó su ordenador y se dirigió al despacho del señor Bastida, el director. Fueran cuales fueran los requisitos para ganarse el tratamiento de señor, Bastida debía de cumplir justo los contrarios.

Entró sin llamar, a sabiendas de que era la peor manera de empezar una conversación con el jefe.

¡Carrillo, eres la hostia! Bastida, larguirucho y con bastantes menos kilos de peso que de hostilidad, le gritaba desde detrás de una pila de folios revueltos.

Con un aplomo que ya creía perdido, Esteban Carrillo sumó un papel a la pila tras la que se ocultaba el director. La familia Cano Almenara le miró desde la fotografía.

Escríbelo tú. La inyección de adrenalina sorprendió al propio Ebi. Nunca antes se había dirigido imperativamente a su jefe. Su entusiasmo por el buen periodismo seguía vivo, después de todo—. Me voy al pueblo —dijo, dando media vuelta para no retroceder jamás—.  Seguro que alguien ha perdido su barra de pan.

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