No sé si ustedes se habrán dado cuenta, porque es algo que apenas ha salido en prensa y televisión. Noticia chica, si me permiten, cosa de apenas importancia que se pone para rellenar minutos, entre el campeón del mundo de comer perritos calientes y la última idiotez del último reality show para idiotas. Así que vengo a decírselo. Por plantear el asunto.

Este año hemos tenido una pandemia.

Sí, sí, una pandemia. De esas globales. Como la peste negra, pero sin bubones y manchas oscuras y sangre por todos los lados. Covid, lo llaman, y ha venido para quedarse. Al menos hasta que la Ciencia consiga arrinconarlo, como se ha hecho con tantas otras patologías. La Ciencia, insisto, que usted puede hacer todas las chorradas que quiera y bailar desnudo alrededor de un fuego en el solsticio que por ahí poco va a sacar. Bueno, un carnet de gilipollas, si lo hubiere. Que debería haberlo.

Este asuntillo, totalmente secundario, se ha llevado parte de nuestro día a día. Ese que siempre habíamos considerado como inamovible. Movernos a donde quisiésemos como quisiésemos. Los dos besitos al conocernos, muack, muack. Las aglomeraciones. Esas cosas. Algo impensable… o no tanto.

La gracia de Enemigo invisible (Catedral, 2020), novela escrita por Peter May, es su carácter profético. El propio autor lo cuenta. Que si escribió todo esto hace quince años. Sí. Que ningún editor quiso publicárselo, pese a ser un autor con cierto renombre. Demasiado apocalíptico. Demasiado desasosegante. Nadie lo creerá. Nadie puede concebir todo eso. Y para allá que se fue el manuscrito. Para el fondo de un cajón, digo, que es donde acaban estos asuntos sin resolver. Hasta este año. Cuando, mire usted por dónde, las cosas se han puesto de lo más parecidas a lo allí narrado. Toques de queda. El ejército en las calles. Cero contactos humanos. Hay que creerse al autor, y confiar en su buena fe al no haber cambiado nada en estos últimos meses. Pero si hacemos esa suspensión consciente de la incredulidad (y qué otra cosa es la literatura de ficción) las conclusiones son aterradoras.

La narración no va mucho más allá. Un thriller clásico, con policía duro-pero-tierno, médico forense guapa-pero-con-pasado y un par de giros argumentales que sorprenden en lo concreto pero uno no puede menos que esperar en lo abstracto. Es la ambientación lo que acojona. Porque, a estas alturas, no resulta tan difícil visualizarla. Porque, ahora lo sabemos, no hay tanta distancia de nuestro “ahora” a ese. Si la labor de un thriller es alterar los nervios del lector este, sin duda, lo logra.

Por los cauces más aterradores. Pero lo logra.

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