«Deudas de juego y falta de liquidez. Un golpe maestro al tren expreso de Andalucía. Un plan redondo que hace aguas y el verdugo que empieza a engrasar el garrote por lo que está por pasar…»

 

Mediados de abril de 1924. Calle de Toledo a la altura del número 105. Un tercer piso. La policía acaba de llevarse a una mujer detenida. Los chivatos y confites han dado el queo. Uno de los responsables de los fiambres que se han encontrado en el tren expreso en Córdoba está en casa. Agentes de fieros bigotes llamando a la puerta y aquí empieza el baile. Ellos preguntando por su marido. Ella haciéndose la sueca. «No sé, señor agente. Hace días que salió y no ha vuelto. Estoy preocupada por mi Antonio». «¿Dónde iba? ¿Con quién?». Voces graves ordenando registros. Arrastrar de sillas y muebles. Nerviosismo. Algo que no le cuadra al que parte el bacalao. La mujer que titubea. Fin del asalto. A comisaría, se acabaron las contemplaciones y las tomaduras de pelo. «Cabo, póngala los grilletes que nos la llevamos». Un último vistazo por encima. Ni rastro del desgraciado que andan buscando. Una puerta que se cierra. Una trampilla que se abre y el interfecto por el que preguntaban que sale de su escondrijo. Un nudo en el estómago. Miedo. Su mujer, Carmen Atienza, detenida. Sus compañeros, vete tú a saber qué les habrá pasado. Todo se ha ido a tomar por el culo. Joder, con lo fácil que pintaba la jugada…

Una botella de vino peleón y un revólver en la otra. Hora de caminar de un lado para otro con gesto de derrota. Cansancio extremo. La ansiedad acumulada empieza disiparse. Imágenes inconexas. Flashes de lo vivido. Un coche-correo hasta los topes de dinero. Un caramelo en la puerta de un colegio. O eso decía José Sánchez Navarrete, maldito cabrón…

 

Estación de Aranjuez.

Dentro del coche-correo dos tipos ganándose el pan. Uno de ellos conocidos por el que había orquestado el golpe: el Navarrete. Hora de soltar cebo. Se pone a llamar a gritos a uno de los de dentro: «Lozano, Lozano». Una cabeza que se asoma. Diálogo breve. Camelos. El otro, un tal Ors, haciéndose el enrollado. Al final la cosa cuaja y el Navarrete, Antonio Teruel y Paco de Dios entrando. Todo sobre ruedas. Columnas de vapor. Sonido de silbato. Chirridos metálicos. El viaje continúa.

Monotonía. Silencio. Al parecer Lozano y Ors no son mucho de darle a la húmeda. Navarrete y Paco hablan entre ellos. Teruel está hasta los huevos. Se aburre. Antes de montar ha estado bebiendo y ahora tiene que vaciar la vejiga. Pregunta por el baño. Lozano se lo indica con una mano, sin apartar la vista de lo que quiera que esté haciendo. A la que sale, Navarrete le hace un guiño. No se lo piensa. Coge unas tenazas que pesan lo suyo y sin mediar palabra le realza la raya del peinado a Lozano.

El golpe es seco. Contundente. Le da otros dos más por si las moscas. El cuerpo cae al suelo hecho un fardo. Ors se despierta sobresaltado, con cara de qué está pasando. Respuesta: Teruel dándole con el arma improvisada en la frente. Se trastabilla y parpadea. Resopla y menea la cabeza. Su agresor levanta las tenazas con las dos manos. Se adelanta y le agarra por el cuello. Teruel jadea. Ors aprieta con los ojos inyectados en sangre. Forcejean. Las tenazas caen al suelo. Empujones. Paco y Navarrete pasan de ser testigos presenciales a echar un cable a su compinche. Entre los tres le acaban por reducir. Teruel saca su pistola y le descerraja un tiro en el pecho. Pum. Los dos encargados del vagón están criando malvas. Hora de empezar a hacer lo que de verdad han ido a hacer allí. Destripar sobres, sacas y baúles. Pillaje. Tentar a la suerte y salir de allí con una fortuna encima.

 

Estación de Alcázar de San Juan.

A la altura del paso a nivel de Quero. Fin de trayecto. Soplidos para apagar quinqués. Reina la oscuridad dentro y fuera. El tren aminora la marcha. Uno a uno se descuelgan por una ventana. Plof. Plof. Plof. Tres pares de píes aterrizando en el fango. Son las once de la noche. Ni un alma. El Navarrete mira a su alrededor. Por allí tiene que estar el último miembro de la cuadrilla con un taxi. Todo ha salido a pedir de boca. Hora de volver a casa…

Los pasos desesperados de Antonio Teruel se detienen en seco. Ruido en la escalera. Un trago para templar los nervios y un pulgar jugueteando con el percutor del revólver. Contiene la respiración. Los ojos abiertos como platos. La oreja pegada a la puerta. Una duda. La bala para quién irá. Un suicidio en plan Larra «adiós mundo cruel» o morir matando. Serio dilema. Nuevo trago de peleón. Gira el picaporte dispuesto a morir abatido. Nada. Falsa alarma. Risa nerviosa. Cierra. Menea la cabeza. Vuelven los paseos sobre el suelo de madera sucia que cruje bajo su peso y los remordimientos.

… Regreso a Madrid. Hora de repartir el botín. Antonio Teruel que ofrece su casa. Navarrete que divide en cinco partes. Empiezan los problemas. ¿Qué se lleva cada uno? ¿La quinta parte para quién es? El misterioso señor X que ha orquestado todo confiando en Navarrete, y éste no está dispuesto a dar el nombre de Honorio Sánchez Molina, hombre de negocios y aspirante a concejal por los mauristas; por aquello de no involucrar a gente poderosa por lo que pueda pasar.

El ambiente se caldea por momentos. Carmen poniendo paz. Unos chatos en vasos desportillados. Unos resoplan. Otros bufan como gatos escaldados. Pero la sangre no llega al río. La que han montado ha sido sonada y no conviene estar a malas entre ellos. En Córdoba ya han encontrado los cadáveres y el tema es pasar desapercibidos y no levantar la liebre. A regañadientes cada uno acepta lo suyo y hasta la próxima muchachos. Ha sido un placer hacer esto juntos, pero mejor dejemos que pase un poco de tiempo antes de volver a vernos.

 

El despliegue policial es de los buenos. Los confidentes son buscados y untados. Unos mudos. Otros ciegos. Otros sordos. No mienten. Nadie sabe nada. Un par de hostias para refrescar memorias. Nada. Un par de caras rojas, solo eso. Salvo un sereno que se ha olido algo raro en la calle Toledo. Ahí empiezan los problemas. «Sí, señor agente, recuerdo haber visto a tres individuos a deshoras», «ya me entiende. Uno ve muchas cosas por la noche. Pero estos tenían algo sospechoso», «uno de unos treinta y cinco o treinta y seis años, de piel morena y con bigotes engomados, iba manchado de sangre y tenía cara de asesino», «sí, sí. Tome nota agente, les vi entrar en ese edificio. El 105 de la calle Toledo, donde llevo prestando servicio más de veinte años». Ya. Unas palmadas en el hombro por parte de un policía de manos encallecidas y mirada impasible. Es hora de pasar a la acción. El círculo que se cierra. Interrogatorio a domicilio a Carmen. Detención. Teruel escondido. Unos policías apostados en la entrada del edificio esperando a que regrese de donde quiera que esté. Y comienzo del maratón de paseos.

Las horas pasan y no han soltado a su mujer. Más nervios. Acidez de estómago. Barba de varios días. Piel grasienta por el cansancio y el miedo. Un día y medio sin saber de ella. Otra vez que cae la noche. Cabezadas. Duermevela. Vigilia forzada. Una lamparilla de petróleo para alumbrar su camino. El día ha sido un tormento. Al parecer dentro del tren había un plumilla que iba de luna de miel. Un fulano llamado Francisco Serrano Anguita y la noticia ha corrido como la pólvora. Niños gritando «Extra, extra. Crimen en el Expreso de Andalucía» con la prensa de la tarde en la mano. Más tensión. Sudores fríos. Sofocos. Pese a estar en abril, la ventana abierta de par en par. Miradas furtivas. Sospechas de todo el mundo. Ojos vidriosos. Pupilas dilatadas. El sol poniéndose. La seguridad de las sombras no hace que la tensión disminuya.

Nuevos ruidos en la escalera. Náuseas y temblor de piernas. Lágrimas y sentimiento de derrota. Frustración. El final está cerca. Una idea rápida. El cabecero de la cama. Cara de «¡Cómo no se le ha ocurrido antes!». Es hueco. El escondite perfecto para su parte del botín. Antes o después soltarán a Carmen. Él ya no estará en condiciones de disfrutarlo, pero ella sí. Hay dinero suficiente para que pueda rehacer su vida. Manos a la obra. Un gesto romántico, de amor hacia su mujer que guardó silencio. Eso, o una manera inconsciente de involucrarla en el ajo cuando busque un perista para colocar las joyas. Pero a esas alturas, la cabeza la Antonio Teruel no da para mucho; así que en lugar de sopesar los pros y los contras, empieza a desencajar las piezas metálicas. Chirrían , pero no hay tiempo para buscar algo de aceite. Más esfuerzos. Más chirridos. Una voz llamando a la puerta. «¿Quién está ahí dentro?» La voz de la portera de la finca le hiela la sangre. Apaga la lamparilla de un soplido y se esconde debajo de la cama. Un manojo de llaves tintinea al otro lado de la puerta. La cerradura suelta un clic agudo. Pasos. La mujer olfatea en plan sabueso. Cierra de un portazo y baja corriendo las escaleras. Más voces. Éstas avisando a los policías del portal.

El final de Teruel está cerca. Una opción: tomar un atajo. Mira el cabecero. Está desencajado. A la mierda. Empuja el armazón como buenamente puede. Las manos le sudan y el metal se le escurre. Pisadas en la escalera. Traga saliva. Por la ventana abierta entra un poco de claridad de la calle. El brillo del revólver le llama. En dos zancadas lo coge. «¡Antonio Teruel López, abra la puerta!». Inspira con fuerza. El aire le arde en los pulmones. El corazón le late desbocado. Se acerca a la ventana. Un salto. Pocos segundos. Reventarse contra el suelo. Algo rápido. Posiblemente ni le dé tiempo a sentir dolor. Nuevos golpes. Estos más fuertes. La cerradura protesta, emitiendo crujidos a modo de advertencia. Le falta valor para saltar. Lloriquea histérico. Un hilo de baba le cae por la comisura de la boca. Cierra los ojos. El pulso le tiembla. El tacto del cañón del arma es frío en la sien. Se estremece. Le empieza a faltar el aire. Aprieta las mandíbulas. Fuera siguen intentado tirar la puerta abajo o reventarla por las bravas. La portera debe estar demasiado extasiada viendo a la pareja de policías con porte atlético y edad para ser sus nietos como para decirles que tiene llave. Un golpe. Otro. Más lágrimas resbalando por sus mejillas ásperas. Más babas. Una última bocanada de aire.

Después, una detonación. Un fogonazo. Un cuerpo que cae sobre la cama de matrimonio. La portera que grita en la escalera. Uno de los policías ordenándola que se aparte. La puerta cede. Carreras dentro de la casa. Antonio Teruel está fiambre. Fin de la partida. Uno menos, la caza de los otros tres no ha hecho más que empezar.

 

Fuentes:

https://criminalia.es/asesino/el-crimen-del-expreso-de-andalucia/

http://www.elazogue.com/crimen-del-expreso-andalucia-i/

http://madrilanea.com/2015/01/16/asesinato-en-el-expreso-de-andalucia/

https://sevilla.abc.es/andalucia/cordoba/sevi-94-anos-doble-crimen-expreso-andalucia-descubierto-cordoba-201804101506_noticia.html

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