Nos entrega un sobre un conocido en el portal de casa. Recogemos el sobre y lo llevamos a nuestro bar preferido. Con bastante reserva, sacamos el inmaculado sobre perfectamente sellado y lacrado. Tanta seguridad nos abruma. Extraemos la carta y, en un primer vistazo, observamos que está escrita en una pulcra caligrafía y sin faltas de ortografía. Al leer detenidamente la carta, sin embargo, entendemos que nos la remita a nosotros por lo desesperado de su petición. No somos capaces de darle una respuesta satisfactoria a nuestro conocido. Por más vueltas que demos al asunto, es imposible. Somos incapaces. Motivo por el que les hacemos partícipes a ustedes a ver si son capaces de darnos una solución que pueda satisfacerle. Pues nos da mucha pena por lo insólito y desesperado de su situación. Dice que se siente solo, desvalido, desamparado e indefenso. Que lo ha comentado con otros compañeros y le comentan que están en la misma situación. De modo que es un asunto más bien gremial, colegimos. Hay un sector de nuestra sociedad indefenso y desamparado. Pero no sólo, porque dicen sentirse inseguros y abandonados a su suerte. En definitiva, se sienten vencidos.

El asunto es el que sigue: nos indica que es honrado en su trabajo y que nunca ha vendido ningún producto a un precio distinto al establecido. A pesar de tratarse de un mercado altamente competitivo y saturado. Nos dice igualmente que jamás ha dejado ningún cliente insatisfecho y que tampoco ninguno ha podido decir que fuese inexperto pues lleva más de veinte años en el negocio. En todo lo que él puede, los ayuda y, en todo lo que sabe, los aconseja. Indica para qué momento es mejor cada uno de los productos que vende y los beneficios que puede obtener el cliente con cada uno de ellos. Pero se siente triste. Exactamente igual que sus compañeros de fatigas. Buscan una igualdad que les deniegan. Porque desde la administración no se trata igual a unos que a otros. No se dan las mismas facilidades a unos que a otros. Este gremio, cuya actividad viene de muy antiguo en nuestro país, está desamparado. Lo cierto es que entre sus miembros no se suelen llevar muy bien. Están, ante la tensión que provoca lo saturado del mercado, fragmentados y divididos, pero, ante estas nuevas disposiciones municipales para con otros gremios, han decidido coaligarse. Porque la unión hace la fuerza, dicen. Su petición es precisamente ésta: quieren que les permitan sindicarse.

Nosotros, ante cualquier problemática que provenga de una desigualdad de nuestros semejantes, nos sentimos partícipes del problema e intentamos dar satisfacción a las que, como en el caso que nos ocupa, consideramos víctimas de una sociedad desigual, feroz e insolidaria. No en vano, cuando ocurre un suceso luctuoso y triste en cualquier parte del mundo, no dudamos en poner una etiqueta en nuestras redes sociales en la que indicamos que somos ese país, esa ciudad, ese gremio, o lo que sea. Tal es nuestra empatía para con esas causas. Nuestra lucha se inicia, como decimos, en las redes sociales y luego, somos tan solidarios que compartimos en cada uno de nuestros perfiles todo lo que nos llega del asunto que nos ocupa. Así somos. Empatizamos con el débil. Además, somos de los que, cuando estamos tomando una caña con nuestros amigos, pontificamos sobre el asunto sin dejar hablar al que opine diferente. Demostrando, sin lugar a dudas, lo cerca de ellos que nos sentimos y lo triste que nos pone cada desigualdad y abandono a uno de nuestros conciudadanos.

En su mensaje nuestro conocido nos indica que, si bien han ido a todos los partidos políticos a presentarles su denuncia y su desasosiego, todos han hecho oídos sordos. También han ido a cada una de las sedes de los medios de comunicación, tanto prensa escrita, radio, televisión, pero no solo, porque también han acudido a blogueros y youtubers y de todos ellos han obtenido la callada por respuesta. Nadie ha querido hacer caso a nuestro protagonista y sus amigos. Decidieron ir pasando folletos informativos y fanzines en distintas movilizaciones sociales que se han producido últimamente y nadie se ha querido hacer eco de su problemática. Entendemos, pues, que seamos nosotros su última bala. Su última opción de cuántas han tenido a bien llevar a cabo. El clavo ardiendo al que asirse cuando todo lo demás ha fallado. Porque nadie en absoluto ha querido saber nada de nuestro amigo y sus compañeros de viaje.

Aunque en todos y cada uno de los sitios donde han ido a presentar sus alegaciones y peticiones tienen clientes, en mayor o menor medida. Aunque ninguno quiso empatizar con su actual situación. Ya pedirán que les fiemos, nos indican en la carta en más de una ocasión. Ya nos dirán, continúan, que pagarán con unos días de retraso sin que les pongamos mala cara ni les cobremos ningún recargo por tardar en el pago. Pero a nosotros, dicen, nos mantienen en el ostracismo cuando a otros les han permitido sindicarse. Aunque vendan productos ilegalmente, como hacemos nosotros, no pasa nada, les proponen sindicarse y lo consiguen. Porque los pobrecitos venden lo que pueden durante doce horas al sol ¡Y nosotros también, señora! ¡Y también por la noche! Que nosotros no tenemos horarios, ni limitación de licencias, ni nada. Además tenemos que seguir buscando sitios ocultos y seguros para vender nuestro producto a nuestros clientes porque nos pisan los talones. A nosotros la administración nos olvida. ¿Por qué? Porque somos camellos. Ni más ni menos. Camellos sí, señora, pero somos honrados y cuidamos a nuestro cliente sea éste del gremio que sea, sin distinción alguna, no como otros. Concluye su mensaje.

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