El día en que usted, orgulloso cosmopolita, entre por primera vez en uno de esos establecimientos poblados de mujeres orientales de baja estatura y ataviadas con uniforme rosa, tal vez crea que se trata de graciosas duendecillas provenientes del país de las gominolas; pero se dará inmediata cuenta de su ingenuidad cuando una de ellas tire de su manga, lo aposte frente a una especie de trono con una palangana a los pies y le ordene:

«Quita sapato y sienta ahí»

Verá que su trono forma parte de una hilera ocupada por otros como usted cuyos pies están en manos de las afanosas chinitas que faenan con la eficiencia de una rianxeira. Seguramente decidirá usted parapetarse tras una revista mientras percibe el paso a toda velocidad del cepillo y los brochazos de desinfectante por todos y cada uno de sus deditos, pero llegará un momento en que la actividad se detendrá bruscamente y una voz se dirigirá a usted en los siguientes términos:

«¿Aredonda o areta?»

Y usted  que —a quién pretendía engañar— es un absoluto profano en la materia, contestará con un socorrido «¿eh?» a lo que ella replicará inmediatamente:

¡Sí!: ¿aredonda o areta?

Y usted mirará tontamente hacia sus pies pensando que va a encontrar ahí la respuesta. La china adoptará una postura inmóvil y tensa, y usted tratará de mantener la calma necesaria para reflexionar sobre el asunto: pulgar acabado con una curva achaparrada, índice y corazón enrasados como si llevaran chapela y los dos borderline del final se rebelan apuntando un vértice. Acaba de descubrir que hacer uso de la coherencia no va a servirle —tampoco— en esta ocasión. Mientras tanto, la china lo escruta empuñando su alicate y usted siente una necesidad imperiosa de despertar su complicidad:

—Las de las manos las llevo redondas —dirá usted mostrándoselas.

¡Aredonda! —concluirá ella triunfante, ansiosa por proseguir con su laboriosa tarea.

—¡No!… es que, mira las del medio… están muy apuradas, muy rectas…

¡Areta! —concluirá ella de nuevo, presa de un imparable frenesí.

—¡No, espere! Me refiero a que, aunque las prefiero redondas, no creo que…

¡Aredonda!

Y será en ese preciso instante cuando usted comprenderá que la cosa no va nada bien.

—¡Pero es que están demasiado cortas! —gritará preso de un pavor repentino—. ¡No puede hacerse nada! ¡Nada!

Y entonces se producirá el inesperado giro dramático: ella le escrutará gravemente, concentrando milenios de sabiduría ancestral en sus ojos y, con un tono innovadoramente ufano exclamará:

No ¡Yo puero hasé aredonda! —cimbreando rítmicamente su alicate en el vacío.

Y mientras usted se pregunta si existe algún motivo científico que explique por qué esas pequeñas malditas chinitas (de mierda) —ya me disculparán el lenguaje pero se trata de una situación límite— no asumen con naturalidad las limitaciones materiales de la carne, desde un rincón recóndito de su cabeza una voz le aconsejará que jamás ponga en jaque a una china vestida de rosa que empuña un alicate de acero quirúrgico, a menos que busque usted un final a lo Tarantino. Por lo que acabará claudicando:

—Pues aredondas

Y hundirá la cara en la revista mientras se pregunta si al pagar le entregarán sus menudillos coquetamente envueltos en celofán rosa.

Sin embargo, cuando salga de allí con sus diez dedos bien saneados e intactos le parecerá que incluso camina más ligero, que el mundo es un lugar maravilloso y la gran muralla china, el mayor tesoro de la humanidad. La única salvedad es que en adelante no podrá ver una bata rosa sin ser presa de un repentino sudor frío.

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