Acabo de retomar estos días la lectura de Literatura infiel, las columnas de Ricardo F. Colmenero en El Mundo (editado en Círculo de Tiza) donde nos cuenta su deseo de ser escritor desde su más tierna infancia entre mil avatares más de su vida personal y me siento tan identificado con él que he querido dedicar la columna de hoy al reto de escritura de moda cada noviembre. Desde hace unos años, todos los meses de noviembre me persigue un hashtag que me hace sentirme mal desde el día de todos los santos y este sentimiento sigue in crescendo a lo largo del mes.

Se trata del NaNoWriMo, (acrónimo de National Novel Writing Month) un reto que consiste en sentarse a escribir todos los días del mes de noviembre para escribir una novela de 50 mil palabras. Si tienes tentación de cumplir el sueño de escribir una novela en algún momento de tu vida este reto puede servirte de gran ayuda.

«Se trata del NaNoWriMo, (acrónimo de National Novel Writing Month) un reto que consiste en sentarse a escribir todos los días del mes de noviembre para escribir una novela de 50 mil palabras»

A mí, en cambio, me sirvió para frustrarme bastante y conseguir un primer borrador de 30 mil palabras que fue el germen de una futura novela que saldrá algún día. Os cuento: es muy sencillo. Entras en la web, te registras, anuncias que vas a participar en este reto en tus redes sociales y te sientas a escribir las 1667 palabras que debes escribir cada día del mes de noviembre.

¿Por qué me frustraba? Porque me puede gustar mucho escribir pero vivo de mi trabajo y tengo mil obligaciones que atender. Lo intentaba al final de cada día y nada, no conseguía escribir ni 300 palabras. Entraba en las redes sociales, sobre todo Facebook y veía el progreso de la gente. Había gente que doblaba en palabras el reto diario de palabras y subía una captura como quien enseña la medalla obtenida tras finalizar una dura maratón. Otros tenían incluso tiempo de grabar un vídeo de sus progresos en este reto y lo subían a YouTube. El foro NaNoWrimo en Español era un hervidero de gente que le daba a la tecla a todo tren en cafeterías de Madrid, Zaragoza o Valencia. Desistí y abandoné.

Al año siguiente lo volví a intentar en Camp Nanowrimo, una especie de repetición del reto de noviembre en primavera pero esta vez había acabado de leer Mientras escribo del maestro Stephen King, con la gran cantidad de consejos útiles que proporciona y tenía una cosa muy importante, una tabla a dos columnas con las filas correspondientes a cada capítulo de la historia que había planificado. Me pedí días de vacaciones y me puse a escribir cada mañana a puerta cerrada, sin redes sociales y tan solo abandonando mi despacho para las funciones vitales básicas como acudir al baño o un mísero cortado a media mañana. Logré que aquel borrador que tanto me había costado escribir tras la jornada laboral tuviera otro aire. Borré muchísimo, podé cual aficionado a los cactus y lo que me gustó lo dejé. Me apetecía ponerme contra las cuerdas, ver si era capaz de avanzar una novela cada día manteniendo el ritmo y el tono y con mucha constancia lo conseguí. Sin anuncios, ni redes sociales, ni retos ante nadie, ni videos de mis progresos, dediqué todo el tiempo posible de cada día a escribir, comer y dormir un poco cada día. Llegué a obsesionarme un poco con la escritura porque descubrí que había un concurso de novela que le venía como anillo al dedo y el plazo de presentación terminaba diez días después.

Ese fue mi acicate final. La terminé, la releí entera rápidamente en un día en el que acabé viendo estrellitas amarillas al terminar y la presenté al concurso. No gané pero quedé entre los finalistas e hice caso de un sabio consejo en esto de la literatura: «déjala reposar un mes en un cajón».

«Este verano imprimí el manuscrito en papel y cogí mi boli rojo que yo llamo «el hacha de podar» y empecé a tachar palabras, frases y expresiones que ya no me hacían gracia»

Este verano imprimí el manuscrito en papel y cogí mi boli rojo que yo llamo «el hacha de podar» y empecé a tachar palabras, frases y expresiones que ya no me hacían gracia. Mi pareja se ponía las manos a la cabeza porque había ratos que me enervaba, no sé si por el tour de Francia de fondo o por cada frase que no me gustaba pero ambos sabemos que era lo mejor para el bebé manuscrito. Cambié el principio, le di otro final, pedí consejo para un informe, se la di a leer y, ¡bingo! Entonces y solo entonces puedo decir que estaba finalizada.

¿Estoy a favor o en contra de este reto? Estoy muy a favor solo que me he dado cuenta que no es para mí. Necesito otro ritmo, no estoy fresco antes de ir a trabajar y demasiado cansado por la noche. Escribiré más pausadamente cuando me ponga con la próxima novela o dedicaré dos semanas de vacaciones de mi vida a volcar todas las ideas de mis neuronas en un apartamento de Andorra. La conclusión que extraigo de todo esto es que te ayuda a crear un hábito de escritura a diario, algo que es muy importante para que la historia no se oxide ni decaiga el tono ni el ritmo.

Por eso animo a todos los wrimos que están apurando el reto a seguir hasta el final, no sin advertirles de lo expuesto unos párrafos antes: ese es solo el principio, revisad, revisad de nuevo, dadla a leer a lectores beta, aplicad cambios y dejadla reposar. Solo entonces podrá estar lista para llegar a los lectores con las mejores garantías.

Colmenero afirma que se aprende a escribir por envidia, o tal vez lo dijo un profesor suyo. En todo caso, siento una envidia sana de sus columnas y quiero seguir aprendiendo de su estilo, si así lo queréis, cada viernes. Un saludo.

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