Cuando un escritor gana un gran premio literario, uno de esos galardones que recompensan su larga y sólida trayectoria, pongamos el Cervantes o el Nobel, al principio disfrutará del merecido triunfo y de su nuevo estatus. Pero a continuación, pasadas las felicitaciones, las fiestas y las entrevistas, sentado de nuevo a su mesa de trabajo, se encontrará en una posición difícil: ¿qué escribir ahora? La fama adquirida atraerá la atención de ese oxímoron llamado gran público lector, que exigirá una nueva obra a la altura de la producción anterior; por eso, la presión a la que se enfrentará entonces el escritor, de edad avanzada y con muchos libros ya publicados, es mayor que antes: sabe que lo van a leer más y con más atención, que tendrá que demostrar una vez más su valía y que muchos lo querrán ver fracasar.

Quizás por eso algunos laureados deciden dejar de escribir para convertirse en bartlebys, escritores que ya lo han escrito todo. Así, cuando en 1990 Octavio Paz ganó el Nobel de Literatura, ya casi no publicó más poesía: ¿será que se le secó la voz?; algo parecido le ocurrió a Juan Ramón Jiménez, que murió apenas dos años después de su Nobel. En cambio, hay galardonados que siguen escribiendo, más allá de las arrugas, la presión y los premios. Por ejemplo, en 1998 el Nobel le tocó a José Saramago, que pronto demostró —con La caverna, El hombre duplicado o Las intermitencias de la muerte— que seguía en buena forma literaria; por contra, después de que en 1994 a Mario Vargas Llosa le dieran el Premio Cervantes, se creía que estaba acabado y que no volvería a producir algo del calibre de Conversación en La Catedral, pero seis años más tarde sorprendió con La fiesta del chivo.

El barcelonés Eduardo Mendoza recibió en 2016 también el Premio Cervantes, por lo que se encuentra en una situación similar. Desde la genial Riña de gatos (2010) no publicaba otras novelas nuevas (exceptuando la quinta entrega de la saga del detective loco) y después del Cervantes solo ha publicado dos obras muy menores: Las barbas del profeta (2017), un repaso un tanto decepcionante de la educación religiosa de su infancia, y ¿Qué está pasando en Cataluña? (2017), una reflexión muy partidista y poco fundamentada sobre el independentismo catalán. Hasta hace poco, uno podía preguntarse si, como en el caso de Paz, a Mendoza se le había apagado la voz narrativa, pero el 4 de septiembre se publicó su nueva novela, El rey recibe, que además inaugura una ambiciosa trilogía de título newtoniano: Las Tres Leyes del Movimiento. ¿Estará a la altura del merecido Premio Cervantes?

“El rey recibe es una novela de formación, la formación de Rufo Batalla, que aunque ya es adulto está un tanto perdido y sigue sin encontrar su lugar en el mundo”

El narrador de El rey recibe se llama Rufo Batalla y es un barcelonés inteligente pero abúlico, más espectador de la vida que actor, similar a otros personajes mendocinos como el Fábregas de La isla inaudita o el protagonista de Mauricio o las elecciones primarias. Sin embargo, parece que a quien más se asemeja Rufo es al mismo Mendoza, que a menudo se presenta como tímido, pasivo o distante, aunque quizás esta similitud sea consecuencia de que el personaje y su creador comparten muchos rasgos biográficos: ambos son de Barcelona, vivieron en Londres, coquetearon sin implicarse demasiado con el anarquismo y el comunismo, viajaron al otro lado del Telón de Acero para desencantarse del todo y se trasladaron a Nueva York, donde también trabajaron. Así pues, El rey recibe es en primer lugar la autobiografía de Rufo, pero su condición de espectador de la historia le hace incluir esos pasajes más bien sociológicos tan propios del mejor Mendoza (el de La ciudad de los prodigios). En el recorrido vital de Rufo se intercalan el desalentador retrato de la Barcelona franquista —una etapa histórica de la ciudad que había aparecido en una sola novela del autor, Una comedia ligera—, el análisis de los regímenes comunistas —tanto desde la ilusionada óptica de la lucha antifranquista como desde la visión pesimista de Rufo— y la crónica del surgimiento de los movimientos sociales de los 60 en Estados Unidos —sobre todo la pugna por los derechos de las mujeres y de los homosexuales—. Fascismo, comunismo y capitalismo: parece que la trilogía de Mendoza aspira, ahí es nada, a abarcar la segunda mitad del siglo XX.

Pero el aspecto ensayístico de la novela no es su único mérito, también destaca narrativamente. El rey recibe es una novela de formación, la formación de Rufo Batalla, que aunque ya es adulto está un tanto perdido y sigue sin encontrar su lugar en el mundo; en el ámbito profesional, empieza de periodista en Barcelona y acabará de funcionario en Nueva York, mientras que en lo personal busca el amor, con poco éxito, y cultiva tímidamente la amistad. Pero a Rufo no se le revela la anhelada misión vital hasta las últimas páginas del libro: un rey sin reino le encarga una importante tarea secreta. La primera ley de Newton, la ley de la inercia, dice entre otras cosas que un cuerpo en reposo (Rufo) solo se pondrá en movimiento si se le aplica una fuerza externa, o sea el encargo del rey. En realidad este solo es el príncipe heredero de Livonia, se llama Tadeusz Maria Clementij Tukuulo y su apellido no es el único aspecto cómico del personaje: quiere recuperar a toda costa su reino, bajo el yugo de la Unión Soviética, y para ello conspira como puede desde el exilio, rodeado de un séquito bastante grotesco. Los lectores de Mendoza reconocerán la habilidad del escritor para crear personajes graciosos, especialmente a través de largos y absurdos monólogos, como el sacerdote fundamentalista que acompaña al rey destronado, el trasnochado suegro falangista de Rufo o los funcionarios españoles ocupados en simular que trabajan. Además, las fabulosas historias de santos, otra característica habitual de los relatos Mendoza, también tienen su lugar en la cómica e inverosímil historia de Livonia, narrada entre gimlet y gimlet por el propio príncipe Tukuulo, uno de los momentos culminantes de la novela.

Como siempre, la prosa de Mendoza es correctísima: elegante sin caer en lo pedante, sencilla sin ser simplona, con lo cual resulta fácil de leer pero no aburre, aunque tampoco la subrayaremos mucho. Sin embargo, en El rey recibe he echado de menos los extravagantes cultismos y los descacharrantes coloquialismos que suelen colorear sus textos y a menudo caracterizan el habla de sus personajes: gracias a Mendoza aprendí palabros como abrenuncio, garlito, tarasca o ringorrango. Sea cual sea el motivo de la simplificación del estilo, redunda en una pérdida para el lector. Por otro lado, a veces se tiene la sensación de que los análisis sociológicos, aunque interesantes, no son siempre pertinentes, o sea que la trama no justifica la digresión; además, a menudo resultan demasiado pedagógicos, casi paternalistas: el narrador abusa del explicativo «En aquellos años», como un maestro iluminando a sus alumnos. En cuanto a la construcción de los personajes, se repite en exceso el recurso del largo monólogo hilarante, que acaba siendo una fórmula; por muy divertidos que sean, son demasiados los lunáticos que le cuentan con pelos y señales vida y milagros, ideas y proyectos al buenazo de Rufo Batalla.

            “Como siempre, la prosa de Mendoza es correctísima: elegante sin caer en lo pedante, sencilla sin ser simplona, con lo cual resulta fácil de leer pero no aburre”

 Pese a las críticas negativas, la balanza de El rey recibe es claramente positiva. Su vaga forma autobiográfica, aunque puede desconcertar al lector habitual de Mendoza, acostumbrado a las novelas de argumento mucho más definido, es un acierto. Además, los vaivenes de su vida, en el ámbito laboral pero especialmente en el amoroso, son muy convincentes y entretenidos. Otra guinda de El rey recibe son los epígrafes que estructuran el texto: en vez de estar subdividido en capítulos, un puñado de citas en cursiva escalonan el discurso. La relación con el texto al que anteceden no siempre está clara, de hecho a menudo parece más bien irónica o cómica, ofreciendo otra lectura posible. Además, estos epígrafes internos —en español, catalán y otros idiomas— no van acompañados ni del nombre del autor ni del título de la obra, por lo que el lector está obligado, si le interesa, a indagar, estrechando así el vínculo con el texto.

Después de ganar el Cervantes, Eduardo Mendoza habría podido escribir una novela más sencilla y fácil, o sea menos arriesgada, quizás otra entrega de su saga detectivesca, pero ha preferido embarcarse en una aventura totalmente nueva y mucho más compleja, y además todavía inconclusa. Como lector habitual de Mendoza, agradezco la valentía, y de momento parece que ha atinado: El rey recibe es un buen inicio, merece ser leído y deja con ganas de seguir con la trilogía, que cuando menos es prometedora. No lo tendrá fácil para mantener el nivel y seguir sorprendiendo y tampoco para imponerse en el campo literario, pues ya hay otras ambiciosas trilogías en español que también se sumergen en el conflictivo siglo XX (pienso en las de Javier Marías y Jorge Volpi). Así, para poder juzgar adecuadamente la atrevida empresa de Mendoza, habrá que leer la continuación de las aventuras de Rufo Batalla, que por ahora han empezado con buen pie.

 

  • Editorial: Seix Barral
  • Autor: Eduardo Mendoza
  • 368 Páginas

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