Odilon Redon falleció en 1916 en París, acompañado de la bella mulata Camille Falte, su esposa de tantos años. A Odilon Redon y a Charles Baudelaire les une el mulatismo, más una modernidad. El filósofo Erns Bloch ha estudiado a esas figuras del arte en su “Entremundos en la historia de la filosofía” con el que trata de convencernos de que en el relato del arte y el pensamiento preexisten grandes olvidados, un corpus de símbolos radicales que hoy en día deberían considerarse como genios o una sintaxis sublime que no puede quedar en el olvido. Y cita a Blake, a Roscelino, Nicolás de Cusa, Giordano Bruno, Campanella, Paracelso, Jakob Böhne, Füssli, Moreau y entre ellos a Odilon Redon, quien pintó el surrealismo antes que Dalí o Delvaux o Max Ernst, Chagall, quienes éstos últimos se iniciaran en un siglo XX ya mantenido por la urgencia de la historia. Me permitirá esta madrileña que me lee o este albaceteño que en esta mañana de domingo, por no tener ninguno de los dos nada mejor que hacer, me permitan indicarles que en esta segunda década del siglo XXI todavía perduran -y así seguirá siendo siempre- los grandes olvidados. Hay como un “donde habite el olvido” que está ahí, acumulado con cal viva, tapiado como un loco con genes de homo erectus, anulado por esa Santísima Verdad que el poder domina aunque esa misma Santa de la Opinión -debo añadir que Verdad no existe en ninguna parte- no sepa que, por muy inteligente que sea o por mucho dinero con que compre a cualquier tipo de élite como cerámica de cualquier tipo de Humanidad jamás podrá tapiar esa grieta que, como bien nos dijo Leonard Cohen, siempre queda para que entre aunque sea sólo un resquicio de luz. Pues bien, la luz existe, siempre existirá y toda vez esa grieta, como anuncio, podremos hallarla justo en el centro mismo de nuestros corazones. busquémosla, pues. Odilon Redon halló esa grieta y ahí lo tenemos hecho un pimpollo todavía.

“… y entre ellos a Odilon Redon, quien pintó el surrealismo antes que Dalí o Delvaux o Max Ernst, Chagall, quienes éstos últimos se iniciaran en un siglo XX ya mantenido por la urgencia de la historia”

Redon fue un adelantado en su tiempo, como lo fueron Rimbaud, Mallarmé o Baudelaire en poesía. Pintaba cuadros horribles donde la horribilidad expandía su belleza hacia el íntimo momento en que sus cuadros son observados no desde los ojos, sino desde los muslos sentimentales, la carne, los brujos que hay en cada uno de nosotros, la brutalidad, la extrañeza, el oscuro delirio de un pintor como Odilon Redon que tuvo como influencias a su padre, Bertrand Redon, Stanislas Gorin, su profesor de dibujo a los quince años, Gorin, un acuarelista encendido y Delacroix, un visionario para un romanticismo de furia y mares o mujeres alzando la libertad y con los trazos desbordados. Redon es el pintor que remueve la organización de un ejército sin forma, de un paisaje sin nada, de un ojo que sólo es un ojo. Formas abruptas en un tiempo donde el impresionismo narraba la impasibilidad y la torcedura de las cámaras fotográficas. Clavand, un botánico de vegetales, le hizo amar lo infinitamente pequeño y le señaló las primeras lecturas: los poetas hindúes, Flaubert, Shakespeare, Baudelaire, Poe, los filósofos alemanes. Y ahora sigo añadiendo yo que en esa grieta por donde entra siempre una luz aunque sea mínima y también mínima otra vez es donde residen las cosas pequeñas, “aquellas pequeñas cosas” que aún hoy sigue cantando Serrat. Quiero decir que, si continuamos sin vislumbrar los pequeños detalles, ese casi anecdótico amor por algo o por alguien o por todos, esas cosas que parecen que no se ven pero que están ahí, amagadas bajo las hojas muertas de los parques o encima del chasis de todos los autobuses que circulan por la City de Londres, entonces el fracaso a corto plazo será seguro. La hostia será tan tremenda que ni un capador de pollos profesional y algo maricón podrá quitarnos ese golpe que duele, como decía Vallejo, como el odio de Dios, a lo que yo añado, como el odio de todos esos falsos y acartonados dioses que vemos todas las noches en los telediarios en ese blanco y negro de los NODOS que se han empeñado en que veamos de nuevo. Pero no es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

“Redon fue un adelantado en su tiempo, como lo fueron Rimbaud, Mallarmé o Baudelaire en poesía. Pintaba cuadros horribles donde la horribilidad expandía su belleza hacia el íntimo momento en que sus cuadros son observados no desde los ojos, sino desde los muslos sentimentales…”

Odilon Redon fue el pintor de esas pequeñas cosas. Y con el pincel conturbado, Redon se inicia en el grabado y en la litografía, pero sus pinturas ya eran en aquel fin de siglo francés una videncia y un conocimiento asimilado desde el orientalismo que surgía desde la libertad, la vivacidad y la oposición a todo naturalismo. Redon pintó lo que no estaba pintado, lo que los impresionistas se empeñaban en fruncir, con dedal, aguja e hilo, como forma de serenidad, de placidez, de reencuentro con un mundo feliz. Redon talla la infelicidad, lo monstruoso, lo deforme, lo antiacadémico, lo lluvioso, los ancestros que nos vienen de las pinturas rupestres. En ese sentido, su pintura es goyesca, cuadros oscuros, arte negro, surrealismo que se compone de cabezas que vuelan, de un onirismo que subyace bajo todo elemento conceptual distribuido entre neblinas y una tendencia mágica que le viene de los poetas orientales, unos retratos de dejá vu, pero con la penumbra alistando los colores, una teología mística que propone bestias vírgenes y un origen de la tristeza que se teje en cada sombra, en cada mujer subida al mundo, en todos esos caballos que emergen como en una pesadilla que circunda la paleta de Redon, quien distribuye su arte ante un pensamiento filosófico que plantea grandes preguntas delante de sus cuadros. ¿Y a qué aspira con esta cabeza con un solo ojo? A lo que respondo yo: hoy, domingo de mayo de 2018, sigue existiendo ese solo ojo que nos mira como para jodernos la mañana, el amor entre un puerco y un peine, la dulce presencia de las multitudes enarbolando las banderas del NO PASARÁN. Combatamos ese ojo que nos mira. Destruyamos en silencio y con un espermatozoide sacado de un cigoto todavía dentro de una copa de champagne ese ojo que han colocado en este nuevo Blade Ranner que somos como ciudad, época y Estado todavía hoy. No tengamos miedo a la ironía, pues será siempre desde el humor como combatamos ese deporte dopado con dólares que es la política y los lobbies que van deconstruyendo este nuestro mundo observándonos desde las redes sociales o, peor aún, desde esa ventana indiscreta con que la Comunidad nos hace todas las noches disfrazarnos de voyeurs para espiarnos los unos a los otros sin tener en cuenta que siempre estaremos desnudos, follando con la vecina del cuarto o haciendo prácticamente nada. Pero queda tanto por hacer. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Por eso mismo yo presiento -como un tercer ojo- en Odilon Redon el comienzo de una pintura del art brut que iniciaría Jean Dubuffet y que finalmente fijaría ya para siempre Miguel Amate. Odilon Redon es un pintor para las mujeres solitarias y ese arrepentimiento de estar vivo y no saber por qué, puesto que sus óleos dicen mucho de su carácter y de su sonambulismo entre etéreas fijaciones y retratos imposibles. Pero nada es imposible, digo yo de nuevo. No festejemos el mayo del 68 en este 2018, sino que sigamos no prohibiendo lo prohibido. Opongámonos a lo que no quieren que nos opongamos.

“Por eso mismo yo presiento -como un tercer ojo- en Odilon Redon el comienzo de una pintura del art brut que iniciaría Jean Dubuffet y que finalmente fijaría ya para siempre Miguel Amate.”

Odilon Redon se opuso al realismo de Courbet y se situó en el extremo opuesto de la pintura del “plein air” y de la técnica genuinamente impresionista, ya lo he dicho, a pesar de ser coetáneo de Monet, Renoir, Degas y esos representantes de la luz y el cromatismo investigativo. El cromo de Redon es más salvaje, sin tanta voluptuosidad, sin tanto canto general a los paisajes y a los ferrocarriles que llegaban a Saint-Lazare. Redon radica en un pintor que dibujó a carboncillo sus grabados titulados “Los negros”, donde la oscuridad se hace imposible para un impresionista, el cual quiere convertir toda obra de arte en la belleza de lo natural, de lo justo, de la bonhomía y de un mundo desconocido pero a punto de conocerse. Redon no quiere que nada sea reconocido, pues aspira más al mundo de los sueños, donde no hay ni lagos blancos, ni barcazas paseantes, ni retratos a trazos, ni esa blancura que diseñó el alma en función de un colorido de mezclas y sabores cotidianos. Redon jamás pintará la cotidianidad, porque para él todo realismo significaba el frío de lo vulgar, de lo ya citado, de lo absolutamente visto. Odilon Redon quiere que sus obras no se vean, sino que se adentren en la profundidad de la psiquis para abordar la vida en ese sentido que sólo es la comunicación entre lo espiritual y lo brumoso, entre el irracionalismo y la materia fijada. Redon es un Paul Eluard sin manifiestos de 1924 y con toda la violencia que puede surgir de una pintura que está pero que no está, pues observándola nos vamos dando cuenta que la imagen sólo puede ser no otra cosa sino la deformación de lo vivo, de lo aparente, de lo construido, porque sobre toda construcción se precisa el elemento destructor que organice el freudismo como la alteración de las conciencias cuando buscan el desarreglo de los sentidos, de las emociones, de la belleza plural y orgiástica que nos propone el nacimiento del Buda o las vírgenes escamosas y subterráneas, porque Odilon Redon ve a la mujer como una ratio a poseer sin posibilidad de que ello sea cierto, más bien inseguro, pues el amor en Redon nunca ocurre, sino que va sucediendo mientras se va, se alarga, se introduce en una boutique de sueños donde se transgrede la libertad y el porvenir, la geografía y el decorado.

Redon lo que domicilia es situar la lógica de los visible al servicio de lo invisible, un pronóstico donde se acusa el dolor inserto en una realidad amenazadora, culpable de una sociología amarga y comercial, donde la forma humana es torturada y donde la oscuridad se evade desde débiles fogonazos de luz, tal vez la luz escrita que quisiera para su nombre Odilon Redon. ¿Estáis escuchando, mi amada madrileña y mi querido lector de Albacete? Siempre hay una luz, la luz que pintó o no pintó Redon, más allá de la grieta. Por tanto, no prohibamos lo prohibido, observemos las ganas de vivir, estas ganas de la vida con sus ganas vividas y sepamos quien sabe si ya para siempre que nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

 

 

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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