Las estatuas de Bruno Catalano tuvieron su momento de gloria en 2013, cuando se exhibieron en el puerto de Marsella. El lugar estaba bien elegido, porque fue en esta ciudad donde su familia, siciliana, había desembarcado para instalarse y también donde el joven Bruno se iniciaría en la escultura; pero sobre todo por lo que simboliza Marsella para las personas migrantes. Las diez estatuas de bronce tenían forma y tamaño humanos, pero les faltaba una parte del cuerpo, como si estuvieran hechas de papel y les hubieran rasgado la parte central. La habilidad del escultor logró que la parte superior de la estatua se sujetara en la maleta, que unía el torso con las piernas. La serie se llamaba Voyageurs, o sea, Viajeros. La metáfora de Catalano es sencilla pero, hecha imagen, impresiona: quienes han tenido que migrar viven fracturados, bisecados entre el lugar del que vienen y el sitio en el que ahora habitan, como las esculturas viajeras.

La misma idea recorre el ensayo de Álex Chico ya desde el título: Los cuerpos partidos (2019, Candaya). De hecho, la foto de la portada del libro tiene un aire a las estatuas de Catalano: en ella aparece un hombre al lado de unos pantalones tendidos, extrañamente vacíos y faltos de la parte de arriba. Se supone que este hombre es el abuelo paterno de Álex Chico, Manuel Chico Palma, que en los años 60 —cuando España se estaba vaciando a un ritmo frenético— emigró a Bousbecque, una población francesa en la frontera con Bélgica, y luego se instaló en Barcelona, pero nunca volvió a vivir en su pueblo natal, cerca de Granada. El nieto quiere reconstruir la historia del abuelo doblemente emigrante, este es el punto de partida de Los cuerpos partidos. Pero Álex y Manuel nunca se conocieron, porque este murió antes de que aquel naciera, por lo que el autor decide ampliar el marco de su libro y escribir también sobre la emigración española de los 60-70 en general, de ahí el título en plural.

«Los más de 80 capítulos, breves y escritos en un estilo sencillo, hablan de todo cuanto atañe a la migración»

Así, aunque el abuelo va apareciendo y desapareciendo guadianamente de Los cuerpos partidos, su figura sirve de pretexto y aglutinante para constituir algo más amplio. Los más de 80 capítulos, breves y escritos en un estilo sencillo, hablan de todo cuanto atañe a la migración. Por ejemplo, de las razones por las que decidieron marcharse quienes se atrevieron a cruzar los Pirineos hace 60 años, así como de los motivos que tenía el franquismo para abrirles las fronteras (spoiler: las razones y los motivos eran a la vez económicos y políticos). Pero Chico también describe los terribles y larguísimos viajes en tren y/o autobús hasta su nueva residencia y, una vez allí, las igualmente duras condiciones de vida y de trabajo. Aquellos migrantes tuvieron dificultades para adaptarse a una nueva lengua —que no siempre pudieron aprender, y no por falta de ganas sino de tiempo, fuerzas y medios— y a una nueva cultura —que no siempre los aceptó sin rechistar—. Con este proceso de adaptación empezaron a partirse, volviéndose extranjeros en su propia casa al volver de vacaciones, ocasión que aprovechaban para mostrar unos avances sociales y económicos que no siempre eran ciertos. Los cuerpos partidos es una auténtica monografía de la extranjería.

La abuela de Chico aún está viva, pero le falla la memoria, y su padre puede contar y recordar hasta cierto punto, pues era un bebé cuando su respectivo padre se fue a Francia; por eso la reconstrucción de la figura del abuelo paterno linda con la construcción de un mito. Las anécdotas sobre el abuelo están siempre mediatizadas por familiares y conocidos, sus fotografías son en blanco y negro, apenas hay cartas u otros documentos personales. Este vacío informativo obliga a Chico a hablar sobre la emigración española en general y sobre otros emigrantes en particular, pero también lo obliga a recurrir a otras fuentes: el NO-DO, documentales, canciones y sobre todo películas acerca del fenómeno migratorio.

Sin embargo, la imposibilidad de biografiar al abuelo y la voluntad de abarcar un tema tan amplio, características fundamentales del ensayo de Chico, son armas de doble filo. El lector queda con ganas de conocer mejor a Manuel Chico Palma, cuyo retrato-mito termina apenas esbozado, y a veces el autor incluso tiene que llenar los huecos con su propia imaginación (mezclando géneros en algo que Chico denomina «ensayo ficción»). Por otro lado, las muchas reflexiones sobre la migración pueden resultar demasiado imprecisas y repetitivas: hablando de todos no habla de nadie e insistir en las mismas ideas no las graba más en la memoria del lector. Como las estatuas de Catalano, como cualquier migrante, el de Chico también es un libro partido entre el deseo y la imposibilidad de recordar.

«Leyéndolo, me ha parecido encontrar una parte que desconocía de la vida de mis abuelos y de mis padres, migrantes también…»

Leyéndolo, me ha parecido encontrar una parte que desconocía de la vida de mis abuelos y de mis padres, migrantes también, como muchos abuelos y padres de España; hubo una frase concreta que me partió especialmente: «Nunca le pregunté nada a mi abuela y, ahora que lo intento, sé que es demasiado tarde». Además, como persona que migró de España a Polonia, me he sentido aún más reflejado en sus páginas. Las situaciones y sentimientos experimentados por los emigrantes de hace 60 años no son tan diferentes de los que experimentaron sus hijos o de los que experimentamos ahora los hijos de sus hijos. Como ellos y ellas, yo también me fui por razones económicas y laborales, aunque también en Cracovia tengo muchos motivos para quedarme. Pero en la literatura no se trata solo de encontrarse a uno mismo leyendo: leyendo Los cuerpos partidos también nos identificamos con el otro y rescatamos su memoria.

 

  • Título: «Los cuerpos partidos»
  • Autor: Alex Chico
  • Nº de páginas: 256
  • Editorial: Candaya
  • Idioma: Castellano
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • ISBN: 9788415934684
  • Año de edición: 2019

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here