Dos historias.

Primera.

¿Les gustan las anchoas? Sí, hombre, sí, esos pececillos marrones y muy salados que odias o amas, esos que están deliciosos acompañados solo con un buen trozo de pan. Los mismos que tiene mucha fama en Cantabria. Pues bien, resulta que su producción no es tan antigua acá como ustedes pudieran pensar. No. De hecho los salazones no eran demasiado abundantes por estas tierras hasta hace poco más de un siglo. Por varias causas. La primera es que la sal era muy cara, porque la que se producía aquí (en Cabezón de la Sal, en Treceño) resultaba basta, correosa. Vamos, que servía para curtir cuero, pero acababa destrozando carnes y pescados. Y después están los ingredientes. Antes se salazonaba en mantequilla, que es una cosa, convendrán conmigo, bastante cochina y poco de abrir el apetito. En fin. La idea del aceite de oliva, del tratar cada pez a mano, sobando y sobando hasta quitar todas las espinas, de transformar esa “comida despreciable” (sardinas y bocartes eran usados, sobre todo, como materia prima para prensar y obtener aceite de pescado con el que luego se iluminaban las casas, que la cera es cosa de pijos) la trajeron a estas tierras los italianos. Salatori, se hacían llamar, y provenían sobre todo del sur, de Campania, Calabria y Sicilia. Como los legionarios que acompañaron a Agrippa casi dos milenios antes, curiosamente. Pero esa es otra historia. La que cuento empieza así. Con transalpinos que se establecen en pueblos costeros de nombre que sabe a mar (Santoña, Laredo, Colindres) a finales del siglo XIX y revolucionan la gastronomía (también la economía) de un lugar….

«La idea del aceite de oliva, del tratar cada pez a mano, sobando y sobando hasta quitar todas las espinas, de transformar esa “comida despreciable” la trajeron a estas tierras los italianos»

Segunda.

Tengo un amigo italiano que se llama Marco y cuenta historias como nadie. Le debe ir en la sangre, porque lo hace genial, masticando silencios y palabras, información y sobreentendidos. Historias de su familia, de las que se cuchichean en las noches de invierno, cuando el abuelo tiene ganas de hablar con una mantita sobre las rodillas. Que pasan de generación en generación. Algunas las ha compartido conmigo, y, pueden creerme, es una experiencia única. Como ver el álbum de fotos de una dinastía, solo que con las figuras guiñándote el ojo a cada página. De entre los que Marco me ha contado (con un campari delante, nadie puede beber campari como los italianos, intentarlo es acabar sumido en un laberinto de muecas y sonidos guturales) algunos son relatos de la guerra. De la Segunda Guerra Mundial (que allá fue, también, guerra civil), pero también otros, más antiguos. El tío lejano. El bisabuelo. La Gran Guerra. Cuando llegó al pueblo el hermano perdido, ese al que todos habían llorado, enterrado en la memoria. Caminando se acercó a la casa. Soy yo, de verdad, te lo prometo. El grito. “El tío muerto volvió, mamma”. Primero el enfado, con esas cosas no se juega. Después las lágrimas. Y más. El mundo que siguió girando y ahora no puede volver atrás. En fin. Sagas.

Con estos mimbres no les podrá extrañar que haya devorado (ese es el verbo correcto) en un par de tardes la novela “El jardín de las mujeres Verelli”, escrita por Carla Montero. Porque allí hay de todo eso. El amor por la gastronomía (y los secretos aparejados a ella, los que muchas veces queremos olvidar o directamente despreciamos porque nos creemos más listos que nuestros mayores), la Gran Guerra como eje de vidas y muertes, la luminosa luz de Italia. El norte, en este caso. Liguria. Dicen que los cántabros prerromanos eran pueblos de origen ligur, así que, miren, allí tenemos otra coincidencia.

«Con estos mimbres no les podrá extrañar que haya devorado (ese es el verbo correcto) en un par de tardes la novela “El jardín de las mujeres Verelli«

Pero vamos, que cosas mías. No les voy a contar de qué va la novela, porque sería un delito desvelarlo, y yo soy un buen chico. Solo les diré que hay un castillo más embrujado que encantado, brujas que encantan más que embrujar, y encantos que saltan décadas para seguir vivos en la memoria de quienes quieren sentirlos. También mujeres urbanitas, perros de apariencia feroz y trasfondo cariñoso (algunos incluso son cánidos) y hasta reuniones modernas para evitar la murria. Ah, y recetas, un montón de recetas. Más de una cae en su casa si animan a leerlo. Se lo aseguro.

No se lo pierdan.

 

  • «El jardín de las mujeres Verelli»
  • Autor: Carla Montero
  • Nº de páginas: 560
  • Editorial: PLAZA & JANES EDITORES
  • Idioma: CASTELLANO
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • ISBN: 9788401022234
  • Año de edición: 2019

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