Pedía los combinados más llamativos de cada local. Una base de buen alcohol, una mezcla de jugo o bebida con gas y un remate con siropes, jarabes o almíbares de colores candentes. Descendían con trayectoria desigual por la copa, la entintaban como gusanillos fluorescentes y le daban, una vez ligados con el resto de líquidos, el aspecto estrambótico que buscaba en cada producto que consumía. Combinaba en su vestir chalecos de tejidos rococó con boinas amadroñadas y boas haciendo el papel de bufanda, lo que le hacía parecer un dandy con ínfulas de estrella del burlesque.

No eran menos sus parlamentos, en los que abusaba de adjetivos y descripciones hasta perder él mismo la noción de la razón primera por la que abrió la boca. Algo tan insulso como un cortaúñas era para él “un instrumento preciso de fulgor argénteo con el que cercenar las extremidades de naturaleza córnea de los dedos”. Amigos, familiares y conocidos por igual temían aludir sin intención a algún tema que le excitara los ánimos. De ser así el monólogo, la pomposidad y la estridencia estaban garantizados. Porque hablaba, para más inri, con un tono agudo y chillón que a veces solo podían escuchar los delfines. Era, en definitiva, recargado como la portada de la Feria de Abril de Sevilla, bullangero como una hiena borracha y cargante como un plato de callos en agosto.

Imaginará usted, que está leyendo este perfil, que el perfilado se dedicaba al diseño de moda, a la pintura al óleo sobre lienzo o a cualquier actividad basada en la creación y la exposición ostentosa de lo creado. Nada más lejos de la mustia realidad. ‘El hidalgo de la isla’, como le llamaban con retintín sus convecinos, pagaba los batines de seda recogiendo basura en San Fernando, Cádiz. Aunque él prefería referirse a su ocupación como “técnico integral de saneamiento urbano”. Pero imaginará usted, también, que semejante individuo no colmaba sus afanes con escobas y contenedores. Lo que aspiraba a ser, desde que vio a José Carreras interpretando a Tony en la versión operística de West Side Story, era tenor. Nadie de su entorno conocía su distinguida ambición, que solo paseaba por cástings y audiciones varias con la esperanza de sustituir el sonido del camión de limpieza por el de los aplausos de un público entregado. El único que sabía del disimulado don era el gato Liberace, a quien nuestro protagonista cantaba por las noches para calmar la inquietud y el apetito de adulaciones. La mascota casi siempre le correspondía con cinco o seis maullidos en Si bemol para mostrar la adoración por su amo. Cuando la actuación no le convencía, maullaba una sola vez en mitad del canto, y pasaba a lamerse los bajos con indolencia.

La mascota de pelaje pardo y ojos gualdas continuó siendo guardián del secreto, hasta un miércoles cualquiera en que Diego Benítez encontró la carta. El maestro Benítez, más conocido por sus alumnos de instituto como ‘el topeca’ –por tonto, pequeño y cabezón- pertenecía a ese grupo de personas que gozan de las ventajas de la invisibilidad sin ser realmente invisible. Nada de lo que decía, hacía o pensaba era relevante ni para él, ni para el resto. Más de veinte años como profesor de Lengua y Literatura en secundaria, viendo pasar por delante de sus gafas de carey falso a miles de estudiantes, habían acentuado su capacidad empática. Benítez llegaba al término de cada año escolar con una mezcla de los rasgos más distintivos de varios de sus alumnos. Aún se recuerda en el instituto Blas Infante la fiesta de fin de curso del 2000, en la que el profesor se presentó vestido con una sudadera de Metallica y unos pantalones anchos a lo skater y de tiro aún más bajo que su dignidad. En la del año 2001, copiaría los ademanes altivos del mejor alumno de la promoción; en la de 2002, se dedicaría a pasar hierba de extranjis, y así un año tras otro, arrastrando una personalidad tan escuálida que tenía que alimentarse de las sobras de otras.

En eso estaba Benito cuando la tarde de ese miércoles, día de la semana que solía dedicar a observar la actitud de los chavales reunidos en la Plaza de la Ladrillera, encontró una cuartilla doblada y sellada con lacre carmesí que sobresalía de la boquilla de una de las papeleras de la plaza. No dudó en apresar el trozo de papel, con el defecto profesional de requisar las notas que los alumnos se intercambiaban ante sus narices sin disimulo. Desplegó la hoja fucsia mientras mascaba chicle con el mismo ruido exagerado que Barceló, el que se sentaba en la última fila de 2ºD. El anverso estaba, más que escrito, ornamentado con una caligrafía preciosista que leía lo siguiente:

“El tenor gaditano fue, como acostumbra, la sensación de la noche. Su hermosa y portentosa voz y sus registros spinto son prueba de su juventud, que plasma en cada una de sus interpretaciones. El braveado protagonista es épicamente expresivo y emplea un timbre rico y lírico de color dorado que está destinado a protagonizar las cabeceras de cartel más excepcionales del mundo”.

La del miércoles siguiente asomaba de la misma papelera, esta vez escrita en un folio azul cobalto. La del siguiente era verde aguamarina. La del siguiente, violeta con un brillo nacarado. Se sucedieron cerca de 160 cuartillas. La mayoría impolutas. Otras con algún arañazo que, se figuraba Benito, era factura de un animal de compañía con uñas puntiagudas. Todas reseñas de espectáculos de ópera protagonizados por un tenor sin nombre, aun elogiado tras cada actuación. La visita a la papelera pasó de acontecimiento a rutina, y el profesor leía cada crítica con el entusiasmo del fan que ve triunfar a su ídolo. A lo largo de más de tres años, Benito fantaseó con la identidad del autor. ¿Sería un crítico enamorado secretamente de aquel al que criticaba? ¿Un tenor venido a menos que imaginaba una vida de éxitos? Tanto le embelesó la figura epistolar, que llegó a imitar el comportamiento que Benito creía que tendría el autor, como hacía con sus estudiantes. Se dejó crecer un bigote encerado, calzaba zapatos que no podía permitirse y se limaba compulsivamente las uñas.

Así siguió hasta que la que sería la última carta le reveló, por fin, el nombre del excelso artista, que coincidía con el que aparecía en el remite y le indicaba que, en efecto, autor e intérprete eran la misma persona.

“Roberto Falcioni es, sin duda, uno de los mejores tenores que el público puede admirar en nuestro país. Desde la lírica francesa hasta el bel canto italiano, pasando por las canciones napolitanas y el verismo de Puccini, el artista emociona en cada actuación con su versatilidad y su voz de terciopelo”.

Benito no volvió a encontrar más cuartillas en la boca de la papelera. Tampoco se esforzó en buscar el nombre en Internet, o en investigar en fuentes especializadas. Si el autor había puesto fin a sus escritos, así debía ser.

Pasaron dos meses hasta que volvió a saber de él.

“La Asociación de Profesores de Cádiz le invita a disfrutar de la ópera Don Carlo, de Giuseppe Verdi, el próximo martes 23 de febrero a las 20:30 h en el Gran Teatro Falla, con la actuación del tenor nobel Roberto Falcioni”.

Así rezaba la invitación que recibió en el invierno de 2018. Mientras tanto, el ayuntamiento de San Fernando anunciaba una oferta de empleo público. La plaza a cubrir era la de técnico integral de saneamiento urbano.

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