A veces los libros no son lo que parecen.

Muchas veces.

Casi todas.

A veces las novelas se disfrazan de autobiografías, y las autobiografías se van de paseo al mundo de la ficción.

Hay otras que coges un ensayo y resulta que te sale por peteneras de narrativa. E incluso en alguna ocasión abres un libro de ciclismo y al autor no se le ocurre otra cosa que hablarte de cultura, y de su época, y de cosas que le van pasando, de música, cine o filosofía. Todo se convierte, claro, en un conglomerado delicioso, uno que te exige tanto como te regala, que te sorprende a cada página aunque sepas que no puedes esperar más allá de lo inesperado.

Sirva esto para plantear el tema. Porque yo, en realidad, había venido a hablarles de otra cosa.

Del fracaso.

Oh sí, el fracaso.

Pero el fracaso con estilo. Cagarla cuando parece que lo más fácil es triunfar. A lo grande, sin medias tintas. Y, aun así, hacerlo con elegancia, sin descomponer el gesto, sin hipar, moquear, suplicar. Nah, eso no gusta, eso no es estético. Y la estética resulta, a veces, todo. Aunque solo sea como huida, como forma de ocultar que, oye, la dignidad está muy bien, pero lo otro (lo OTRO) tiene que ser acojonante. Aunque queda tan lejos… Tan inasequible. Igual hasta hay que esforzarse, y esforzarse es muchas veces lo que menos ganas tienes de hacer. Y a tomar por el culo. Fracasemos de nuevo, fracasemos mejor, que dijo aquel. O más bonito, vaya.

De todo esto se habla en “El chico que soñaba con ser Gianni Bugno” (Editorial Contra, 2020), la última obra de Guillermo Ortiz (hasta ahora, no porque le haya pasada nada malo, ojo), donde lo único que no tiene aroma a fracaso, a expectativas sin cumplir es, precisamente, el libro. De primeras, qué pueden esperar ustedes de un libro que trata sobre Gianni Bugno, nada menos. ¿Le recuerdan? Italiano, guapete, un témpano que no dejaba translucir emoción alguna. Ciclista, sí, vestido de blanco y con siete franjas de colores en el centro del pecho. Uno de los mayores rivales de Induráin hace ya… joder, hace más de un cuarto de siglo. Qué mundo este, qué cabrón. Supongo que ha quedado como alpiste para amantes de la nostalgia, mi adorado Gianni.

(En el libro de Ortiz hay mucha nostalgia, claro. Pero también sus buenas hostias. Vivimos en un mundo sucio, habitamos una sociedad del espectáculo aquejada de varias enfermedades que todos quieren atajar con más y más medicamentos. Y el autor no hace oídos sordos a eso. Aviso por si vive usted en el país de la piruleta… luego no me venga con quejitas).

La principal característica de Gianni Bugno, aquella por la que cualquier buen aficionado le recuerda, era su elegancia. Lo que no es poco cuando uno tiene palmarés excelso (que tenía) y además le buscó las cosquillas al ídolo nacional en algún verano francés (que lo hizo… más o menos, pero lo hizo).Pero es que el tipo era hermosísimo andando en bici. Actividad que, como sabe cualquiera que haya montado alguna vez sobre un sillín, saca lo peor de nuestros gestos, de nuestros tics, de nuestros hombros moviéndose desacompasados como si fuéramos marionetas a medio deshacer. Sí, es fácil caer en lo grotesco cuando subes cuestas por encima del diez por ciento. Pero él… no. No. Sencillamente. Y ahí estaba su magia. De hecho a veces parecía que no se esforzaba todo lo que podía, que prefería mantener impávida la expresión, inalterado el gesto, antes que retorcerse como un perro para lograr objetivos mayores. Era falso, claro (había de ser falso, claro) porque uno no triunfa a dos ruedas sin matarse un poco cada tarde, pero a su manera resulta bonito también pensar que no, que Gianni era diferente, que él primaba el estilo sobre todas las cosas. Que era mejor una derrota hermosa que aquella victoria conseguida sin clase…

De todo esto habla Guillermo Ortiz en su libro. Y de más cosas. Porque habiéndoles descrito al personaje protagonista y sus especiales circunstancias entenderán que las palabras se le van, las más de las veces, en fracasos propios y ajenos, en el insoslayable, irrenunciable, compromiso para con cierta estética a la que no podemos renunciar. Así que hay chicas, y sueños, y aspiraciones, familia, también dos o tres esperanzas. Incluso un viaje de ida y vuelta a la paternidad que resulta eje subterráneo, casi retemblar telúrico, en toda la obra. En ocasiones esos problemas se solventan con éxito, porque nadie es perfecto, y hasta el mejor escribano echa un borrón. Pero lo interesante es lo otro. Con pulso firme, con prosa que brilla. Aquí de forma evidente, llamativa. Allá, la que más impresiona al recordarla después (en la reflexión, en la remembranza), sin que te des casi cuenta. No es poca cosa. Parece fácil, pero qué difícil es.

Como perder y convertirte en leyenda, más o menos.

Qué bonito andaba Gianni Bugno, amigos. No se me vayan a perder la obra.

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Marcos Pereda
Marcos Pereda (Torrelavega, 1981) es escritor profesor. O al revés. Ha publicado "Arriva Italia" (Popum Books, 2015) y "Periquismo. Crónica de una pasión" (Punto de vista, 2017). También asoma la cabeza por medios de comunicación, de los mainstream y de los raros. A veces le han dado algún premio, pero tiene mala memoria para esas cosas. Le gustan el café y las tildes diacríticas.

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