«Tener una vida» fue una de las apuestas para el 2017 de la editorial Candaya, cuyo catálogo se caracteriza por la contención, la calidad y el desafío a lo convencional, y por ello esta novela encaja en él a la perfección.

El texto de «Tener una vida» nos habla de un protagonista sin nombre que ha descubierto un agujero en la pared de su salón que crece por momentos y que amenaza con tragarse todo lo que queda a su alcance. Mientras que el subtexto nos habla de ese recorrido a lo largo de la franja vital que se halla entre el sentirse bien y no tan bien; ese camino difuso e incierto por el que todo adulto ha transitado alguna vez.

«Tener una vida» es una novela breve e intensa en la que la trama se desarrolla con un juego casi poético que sumerge al lector en un estado anímico y psicológico concreto mediante la intrusión del caos y el absurdo en la parcela de lo cotidiano. La atmósfera se trasluce en el lenguaje, el estilo y las sugerentes imágenes que pueblan la narración. El inicio de la novela ya anuncia que la historia que se abre frente al lector no es producto del azar; hay todo un artefacto narrativo preparado para atrapar y tragar igual que pretende hacer el agujero con la vida del protagonista:

«En la pared del salón de mi casa hay un agujero que no deja de crecer. Es del tamaño de una manzana. Anoche, antes de irme a dormir, probé a soplar un puñado de harina en su interior: la voluta quedó en suspensión por unos segundos, y luego se dispersó en minúsculas migajas que marcharon obedientes hacia el borde del agujero, trazando una ensayada espiral hacia el centro».

Lo más mejor: un arranque que capta la atención del lector, una atmósfera que, sin perder el contacto con la realidad, crea una sensación envolvente entre lo onírico y lo absurdo; control narrativo y un estilo mimado al máximo.

Lo menos mejor: necesita de una lectura continuada y reposada. Tal vez la primera parte del texto confía demasiado en la fidelidad del lector pero se trata de una obra exigente que no se degusta en toda su amplitud si éste no se entrega. No apta para leer de pie en el metro y en hora punta.

En general, una novela de factura impecable y con enjundia, tal como nos avanza el título (la vida se vive, no se tiene). Por dos tardes de lectura, varios días de reflexión.

 

 

Reflexiono de camino a la cafetería sobre el hecho de que estoy a punto de entrevistar a Daniel Jándula y va a ser la primera vez que nos vemos, y por un momento me siento en la piel de un concursante de First Dates.

Daniel ya está acomodado en una mesa, sonríe con timidez y me saluda con su inconfundible acento del sur y, como suele suceder —quizá no tanto en First Dates— en cuanto lo literario sale a colación, la conversación fluye como entre dos viejos conocidos. Daniel me explica que, a pesar de su formación en Artes Escénicas, lo de escribir con un objetivo que no fuera solo lúdico fue un gesto tardío, que aunque su entorno lo alentaba él necesitó tiempo para hacer el clic. Y también porque era un poco vago, añade entre risas.

Pero para escribir bien, primero hay que leer.

Lo de leer sí ha sido cosa de siempre. Soy más un lector que escribe que un escritor que lee. Ahora estoy muy puesto con La Señora Dalloway de Virginia Woolf. Antes me abrumaba pero supongo que es una cuestión de madurez (madurez lectora, no general). Y todavía hay libros que se me resisten, se me caen, pero si no, leo casi cualquier cosa.

 Omnívoro, entonces.

Sí, últimamente también me interesan mucho las biografías de científicos y filósofos, son una mina: sus vidas, sus descubrimientos… y es que, si te fijas, ¡la mayoría estaban medio chiflados! (risas). También leo bastante a Kafka, pero en su caso me gusta más el estado al que me lleva su lectura que la historia que cuenta en sí.

«Tener una vida» juega un poco a eso ¿no? Y tampoco es una novela complaciente.

Así es. Quería hacer algo con cierto hermetismo, que requiera unas cuantas páginas de «vamos a conocernos» (risas).

¿Es la indolencia el tema central de tu novela?

Sí, pero la indolencia como una etapa porque nadie puede vivir siempre con esa indolencia ¡eso acaba con cualquiera! La indolencia es la consecuencia del tránsito por esa situación vital que roza la depresión. En esos momentos uno no puede hacer más de lo que hace. No es que no quiera, es que no puede.

“La indolencia es la consecuencia del tránsito por esa situación vital que roza la depresión”

¿Algo así como estar en servicios mínimos?

(Risas) Algo así, sí.

El personaje parece el espectador pasivo de su propia vida, se va dejando hacer.

Diría que más que se va dejando hacer, se va dejando deshacer.

Aun así se perciben momentos de humor subyacente…

Muchas veces nos reímos más en un entierro que tomando unas cañas. Estás como más predispuesto al humor, como un recurso de supervivencia.

He leído en varias reseñas referencias al «retrato generacional». Personalmente, no lo veo.

La verdad es que no era la intención. En las presentaciones veía que se buscaba un poco esa lectura, esa carga generacional. Creo que fue en Galicia donde alguien dijo que era la novela generacional para los nacidos en los noventa. Y aunque se pueden reconocer algunos elementos, no compro que alguien tenga que ser producto de su tiempo, es un mal muy de los filósofos más que de los escritores. A los filósofos solemos verlos como hijos de su tiempo pero en literatura creo que deberíamos permitirnos el lujo de dejar la época a un lado y hacer una historia más particular.

“A los filósofos solemos verlos como hijos de su tiempo pero en literatura creo que deberíamos permitirnos el lujo de dejar la época a un lado y hacer una historia más particular”

Suena a etiqueta editorial, ¿no?

Tal vez. Y no me molesta pero es cierto que algunas etiquetas pueden llevar un poco a engaño.

Después de leer «Tener una vida» resulta inevitable la reflexión pero tú, como autor ¿invitas a la reflexión o agitas el avispero?

¡Para nada! (risas). No me considero un provocador. Aunque a veces el mayor provocador es el que no sabe que lo está haciendo, con su inconsciencia llega y hace algo que hace que todo el mundo se eche las manos a la cabeza. En ese sentido hay provocadores muy buenos, como Rosa Parks en el autobús. «Estoy cansada» dijo y con ello no buscaba la provocación, simplemente le dolían los pies después de catorce horas trabajando. Yo no creo en la provocación, creo en esos gestos inocentes casi inconscientes.

Pero tú sí eres consciente de lo que escribes. Sabes lo que dejas abierto.

Sí, pero no tengo intenciones ocultas. No pretendo engañar. Me gustan los juegos pero sin adoptar una pose de superioridad respecto al lector.

A mí el final de tu novela me ha llevado de cabeza. Tras darle algunas vueltas me ha obligado a plantearme cosas alrededor de la historia y ha resultado un ejercicio muy enriquecedor pero, si te soy sincera, ¡de entrada fue muy frustrante!

¡Qué mala gente soy! (risas). En mi opinión, nos han maleducado al final perfecto y cerrado y la vida no es así. El final te lo tienes que trabajar tú como lector. Los narradores deberíamos invitar a la gente a fabricarse un final propio. Es el dilema del siglo XX, ya no luchamos contra cosas eternas (la naturaleza, el hambre) ahora el conflicto es con nosotros mismos y es importante que cada uno encuentre su camino. La película de El indomable Will Hunting —que me gusta mucho— plantea eso mismo: toma decisiones y sé consecuente.

“Es el dilema del siglo XX, ya no luchamos contra cosas eternas (la naturaleza, el hambre) ahora el conflicto es con nosotros mismos y es importante que cada uno encuentre su camino”

Ya que hablas de películas, tu protagonista me recuerda al protagonista de El Club de la Lucha, sobre todo por la voz narrativa.

Bueno, me alegra oír eso. Tienen en común el momento vital en el que se encuentran. Mi personaje tampoco va hacia ningún lado, es como un niño de treinta años, tiene un vacío existencial muy grande que no sabe cómo tapar. Pero ambos buscan salidas diferentes. En el caso de mi personaje, por ejemplo, no toma decisiones pero lo clasifica todo una y otra vez.

Y el personaje de Palaniuk vive obsesionado por tener todo lo que salía en IKEA.

Sí, y con la lucha y las terapias. En el caso de «Tener una vida» el protagonista tiene una tragedia distinta pero aún no ha llegado al punto de inflexión, va a cámara súper lenta y no tiene un punto tan enfermizo.

Has estado en la Feria del Libro de Madrid firmando tu novela. ¿Qué tal ha sido la experiencia con tus lectores?

Ha sido muy gratificante, sobretodo porque la mayoría eran lectores anónimos; todos me hacían algún comentario interesante, incluso cosas que no me esperaba para nada. Es curioso cómo cada lector es capaz de hacer suya la historia.

Me despido de Daniel y de camino al metro sigo dándole vueltas a la conversación que acabamos de tener. Es una suerte poder hablar en persona con el autor de una novela tan personal y sorprendente. Y entonces, se me ocurre:

– Doctor, tengo un agujero en la pared de mi salón.

– ¿Y le duele?

– No. Por eso he venido.

Tener una vida

Daniel Jándula

Candaya, 2017

123 páginas

 

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