Nos vemos en una taberna de Puente Viejo. El secreto de Medrano es que me ha citado a hurtadillas y sin mapa de por medio. Entro y lo veo al fondo, tomándose una cazalla de tiempos de la II República. He llegado hasta él por mediación de un médium -valga la redundancia- con bigote, pata de palo y un piercing en el pene -o eso dicen-. Medrano acaba de publicar Llora mi alma de Fantoche, un libro de poemas inéditos que arrastran las fechas entre los años 2009-2019. Es autor de las novelas El clítoris de Camille. Una puta albina colgada del brazo de Francisco Umbral y Tapa el sol con el pulgar. Ha publicado relatos como La soledad no tiene edad, Los sueños diurnos. Sobrevivir puede ser muy divertido. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores. Y los siguientes títulos de libros de poesía: A veces cuerdo. El hombre entre las rocas. El viento muerde. Agua me falta. Más diversas misceláneas literarias que hacen de él todo un personaje extraño que no extravagante, sucio en su limpieza de cultura y buen saber, más una lejanía de toda ortodoxia que a mí personalmente es lo que me atrae de él. Ahí están los textos Diario del artista echado a perder. Historia golfa de las monarquías hispánicas: guía regia de descarriados. Y para completar su gran vocación por la literatura, la cultura, la hacienda de lo pasado y la plata de su colección de sueños en 2017 apareció el grueso volumen Llévate el paraguas por si llueve. La soledad habitada en Madrid.
Para ponerle el celofán a su obra destaca su correspondencia con Leopoldo María Panero bajo el título de Los héroes inútiles.
Comenzamos la conversa. Cuando habla siempre me mira a la calva. Yo no sé por qué. Medrano es el hombre hambriento de escritura que está entre Emilio Carrère cruzado con Publio Ovidio Nasón.

 

El título que has elegido debo reconocer que me gusta, Llora mi alma de fantoche, pero yo personalmente lo cambiaría por este otro, Llora mi alma de fan de la noche: ¿Qué hay de ti en este mi título? Quiero decir, ¿Te consideras un fan de la noche?

Me considero más fan de la luna. “La luna es el sol de los muertos”, decía Jean Cocteau. Las noches no existen, hoy todo el mundo mira pantallas en ese bar eterno que es la nube, digitales, móviles, tabletas y demás ralea. Era divertida la gente de la noche, pero he visto mucho más bohemios y raros en las horas que van de tres a cinco de la tarde. Las sobremesas raras, en las ciudades extrañas, donde, como quería Camus, “el sol redime la tristeza de los pobres”. Me gustan las noches blancas, a la manera de Dostoievsky, y no negras. Me gusta mucho, a mis cuarenta años, la luz del día. El impresionismo nocturno, a nivel pictórico, no existe. Azcona hablaba del desayuno como del mejor antidepresivo. Las noches de luz cereal quemo mis mejores folios mientras me la pelo junto a la ventana.

 

Reconozco que hacía tiempo que no leía una forma de escritura poética como la que tú estampas en estas hojas impresas -por cierto de gran calidad es la edición de Luna de Abajo- con una cierta furia de originalidad, vida y ese recorrido por las orinas del mundo. Aparte del ritmo, que me parece muy conseguido. ¿La poesía se escribe con las zonas limpias del cuerpo o con las partes pudendas en cada una de las edades, de tus edades? ¿Escribes con tinta, con letras informáticas o, como digo, con orina?

“Escribo para saber lo que escribiría si escribiese”, dijo Duras en París y Vila-Matas se ha cansado de repetirlo mal. Soy lo que voy dejando por el camino. Este libro partía de quinientos legajos, escritura al margen, poemas incendiados de alcohol y soledades ásperas. Me acompañó muchos años en una de esas cajas de vino de madera, con puerta corredera, y una mañana decidí liberar todos los vientos pasados. Siempre me ha gustado ver la escritura como un trabajo menestral, a la manera de Millás o Celaya, algo que haces con las manos y sin orla o pompa, como un mecánico con la llave inglesa. Siempre me ha gustado ver cierta prospectiva en la escritura, especialmente esotérica, aquello de Carson McCullers hoy olvidado: “Todo lo que he escrito me ha sucedido o me sucederá”. Siempre he sentido lo de los surrealistas, la mezcla de deseo y azar, el llamado “azar electivo”: escribir sobre la chica de leotardos verdes, levantar la vista del papel, cruzar calles y, sí, encontrarte con ella. Y me gusta la bohemia, que no es más que la juventud pobre dedicada a una profesión creativa, que es lo que quería Gómez Carrillo. Incluso el viejo bohemio, fíjate, es un niño de chupo.

 

Si algún crítico sesudo, licenciado en la República de las letras hispánicas, revistero o de suplemento semanal te preguntara -como es normal dentro de la norma académica- si tus versos son autobiográficos, ¿te cabrearías, serías sincero o responderías con aquello de Roland Barthes: “Mire usted, se nota que es usted un escritor aplazado al realizar esta estúpida pregunta”?

Eso te limita mucho, es un corsé. Ser un escritor autobiográfico en exclusiva es ser un escritor realista. La imaginación es otra cosa: bebe de lo real, de lo irreal, de lo fantástico, de lo soñado, de lo que te deben, de lo que robas tú. Me gusta la escritura eléctrica, con gran predominio de la prosa barroca, del protagonismo del lenguaje. La escritura plana, de oraciones simples, que hoy hace todo el mundo, no me dice nada. Los hermanos Goncourt lo dijeron a su modo: la escritura debe ser una facilidad innata y una dificultad adquirida, no vale solo con lo primero. Alarcos Llorach lo dijo de un modo simple: “Las mejores palabras en el mejor orden”. Luis María Anson lo repite siempre: “La expresión de la belleza por medio de la palabra que produce en el lector un placer inmediato y desinteresado”. Creo en el concepto de joyería verbal, y me parece una estupidez lo de Marsé de “prosa sonajero”, de narradores y no escritores, y todo eso de que quien busca llamar la atención con el lenguaje es que no tiene nada que decir. Carver y simultáneos no me interesan nada. Creo en la electricidad del lenguaje, siempre viva, y no en los telegramas.

 

Tu poemario está colmado de citas. Explícame ésta de Seneca -página 30 del libro-: “El que no quiere vivir sino entre justos, viva en el desierto”. 

Borges hablaba de la literatura como palimpsesto o sistema de citas. Cela y Juan Goytisolo hablaban de la literatura como carrera de antorchas, donde uno recoge la antorcha de sus maestros y lecturas para, con el tiempo, entregársela a otro. La cita puede que hable de tradición, de venir de alguna parte, de tus influencias, sin pedantería alguna. Esa cita de vivir en el desierto puede ser mi condición actual de tío muy asocial, tengo cuarenta años y no aguanto como antaño pesados de toda laya y rollos macabeos sin tregua y sermones bíblicos entre espumarajos. No existe palabra sin soledad ni silencio. El rebaño nunca me ha interesado demasiado. La soledad, si es impuesta, puede ser una condena, pero elegida es el único lujo, lo dijo Lagerfeld, el modisto, poco antes de morir: “La soledad es el lujo”. Y eso que vivo con mi mujer, no tengo hijos y conservo amistades y lunas rojas.

 

En el poema Cuerpo rendido sobre el lecho -por cierto con cita de Luis Cernuda- acabas de esta guisa: “belleza, sólo belleza a tan pocos pasos”. Thomas Mann dijo aquello: “La belleza, como el dolor, me hace sufrir”. ¿Cuántas bellezas hay en la escritura?, o, dicho de otro modo, ¿cuántas escrituras hay sin belleza alguna?

Viene en la cita de antes de Anson: “Expresión de la belleza por medio de la palabra”. Un texto bien escrito, una literatura del goce, nos lleva a la belleza, no hay ninguna duda. Entrar en La divina comedia es hacerlo en una catedral, de arquitectura muy elaborada, donde admiras techos y alturas, artesonados y vidrieras, un largo etcétera. La literatura es eso: la belleza de la palabra, el mejor lenguaje posible, siempre dentro de otro contenido fantástico, por supuesto, no solo continente. La belleza es importante. Y no tiene por qué ser dulce, puede ser amarga, puede emanar de focos pestilentes, no tiene por qué ser ortodoxa. Me decía un pintor bohemio maravilloso: “Es mucho más bonito un burro muerto que un obrero con una carretilla”. Un animal muerto, en un enjambre de moscas o insectos, cierto cadáver, puede ser hasta una moraleja o lección de vida, qué duda cabe. Igual, vete a saber, la belleza es el clima, Maurois decía que la novela moderna debía mantenerse a base de climas, igual la belleza es el instante.

 

En el poema Magia de los desiertos en habitaciones de pensiones baratas escribes: “¿Y si el suicidio no consistiera en saltar / sino en retenerse hasta el mismo misil / del semen como palabra loca, desbordada, / justo aquí, entre vagina y ano, vistos / a semejanza de mojado rubí, paisaje / de esmeralda o nenúfar color mariposa”. Umbral decía que el suicidio es la muerte ejemplar. ¿Uno se va suicidando cuando escribe o, por el contrario, cuando no lo hace? En todo caso, según mi lectura, ¿quizá con tus versos intentas suicidar al lector?

Mira, Cela decía que el problema del suicidio es que no es reversible, igual el que se tira de un quinto cuando cae y va por el tercero cambia de opinión. El único problema real de un escritor debería ser el de no escribir. Lo que más cansa a un escritor, como me dijo Ana María Moix, es no escribir. Reinhardt sostiene que la única lucha de Antígona, el mito clásico, es el de expresarse. Kafka lo dijo en sus diarios de otro modo: “Un escritor que no escribe es un monstruo”. Esa debería ser la única pugna. Y para Umbral la escritura no era muerte, todo lo contrario, lo dijo muchas veces, tenía un sentido de lo escrito por encima de la vida. Creo en eso de vivir literariamente. Una Premio Nadal olvidada, Carmen Gómez-Ojea, me lo dijo en su casa repleta de botellas y relojes de cuco: “No me ha interesado tanto escribir como vivir literariamente”. Creo en eso. Evidentemente, al trabajar con sentimientos y emociones, ideas y diversos puertos de partida y acogida, nunca es solo un oficio menestral como el que hace pan. Dejarlo no es fácil, al no ser por entero un trabajo manual, por eso todos los grandes escritores siempre están ahí, sin salidas, en escritores puros en un paso leve y tenue por la existencia diaria. El mundo interior es más dictatorial que el III Reich: no te deja salir.

 

Otro poema tuyo titula La cena del drogadicto. Y mencionas a Rimbaud. ¿Quién se droga más un poeta o un bróker de Wall Street?

Conozco un fantástico escritor, llamado Emilio Arnao, que solo bebe agua y come plátanos y zanahorias. La droga son las palabras. La droga es la imaginación: imaginar por medio de esas palabras otros mundos. La droga es la fantasía. La ficción, en sí misma, es una vida paralela. Enamorarse es llevar otra vida: ¿O no? Miguel Bosé lo decía hace tiempo, que para enamorarse había que estar en paro, que uno que trabajase no podía hacerlo. Ortega y Gasset lo sitúa como un fenómeno exclusivo de la atención. Un bróker de Wall Street tiene sus sueños, fantasías, embelecos, trampas y todo lo que quieras. Igual hacer dinero es también una ficción o, cuanto menos, una narrativa, escrita a base de planes, expectativas, suerte, respuestas, un largo etc. La droga es siempre deshacer la realidad en ese libro en el que estás trabajando o el cuadro que pintas o la película que quieres hacer. ¿Cuál es la dosis mínima de ficción que necesitamos para sobrevivir? Ahí está todo. Por eso precisamos de libros, películas, amores, etc. Y si quieres, también heroína y el vino negro de los camioneros.

Escribes: “El tufo del homenaje huele siempre a póstumo / en este país acostumbrado a la envidia / como el gato a la viuda” -del poema La vida en las pensiones-. ¿Qué es la envidia en la literatura? ¿A quién se publica más a los envidiosos o a los envidiados? ¿A qué se debe este tópico que nos viene de los ancestros literarios hispánicos? 

Este país vive y ha vivido mucho de los sonajeros. Valores sobrevalorados. Éste, sí, que es cojonudo, o éste otro, que es la hostia, y tú lo lees y lo tiras a la basura. No creo en los sonajeros. Citabas antes a Umbral, él lo dijo como nadie: “El escritor siempre es carroña para otro escritor”. No lo sé. La envidia siempre me ha parecido perder el tiempo, igual que los odios africanos y todo eso. Mi felicidad es la del obrero: escribir a lo bestia, para luego emborracharme o follar a lo burro. ¿Qué es odiar? Supongo que será como hacer calceta, un ocio, no tengo la menor idea, algo propio de desocupados. Quien tiene proyectos no puede andar con paréntesis: la vida corre. El reloj no se para. Quien tiene esperanzas no abre el puño de las mismas. Un día que le daban un premio a Caballero Bonald lo dijo mejor que nadie, fruto del atosigamiento: “¿Qué premio y qué hostias? Ni Cervantes ni Garcilaso tuvieron ninguno”. El premio son las ganas. Tu querido Umbral también lo dijo mucho, el premio como lo accidental y el trabajo diario como lo fundamental. Nadie trabaja por premios, coño. Escribes o pintas o lo que sea porque lo necesitas.

 

Tu poemario es un díptico repartido en dos estructuras con nombre: Escucho detrás de las puertas y Las madrugadas sucias. ¿Hay que estar atento a lo que uno escucha, ve, siente, huele, otorga o lamenta? En este sentido, ¿la vida es sucia como una madrugada después de escuchar detrás de las puertas?

La vida es deseo. Mientras se desea se vive. Cuando no se desea nada, uno la espicha. El deseo es siempre acción. Es un viaje: uno viaja hacia aquello que desea y, a lo mejor cuando lo tiene, lo desprecia, puede ser posible. Valle Inclán fue siempre muy cruel: “Despreciar a los demás, y no amarse a uno mismo”. Este poemario de casi doscientas páginas, fechado durante diez años, que cuesta doce euros, casi a euro por año, tiene mucho de barro en las ruedas, de vida real y prohibida, de caldo de luna y menstruación de vino rojo de toro. La sinceridad no produce buenos resultados en literatura, como quería Vázquez Montalbán, pero aquí hay mucha verdad. Unas veces inventada, a la manera de Machado, pero en otras se ve todavía la raya de tiza que rodea al cadáver. Estoy contento con el resultado, si se puede estar satisfecho, que es otra quimera, porque nadie lo está para siempre.

 

Como decía el citado Umbral, ¿la gente no se merece que le cuentes la verdad, por eso hay que estar siempre mintiéndole? ¿Escribir para mentir o escribir para que el lector se joda con la verdad?

Umbral decía muchas cosas con su voz campanuda y gorda: “Hay que hacer biografía, muchachote”. Siempre fue eso, profesor de energía. Decía que no olvidaba nada porque perdía dinero. Y a lo que me preguntas él lo tenía muy claro: escribir, siempre, para poner en orden tu vida. La escritura es una forma de ordenar pasiones, deseos, recuerdos, todo. No existe sintaxis sin orden, aún en el Ulises de Joyce o en el Molloy de Beckett. Y luego, lo de antes, la escritura es otra vida. La vida del lector también es otra: por eso se sumerge en el libro y no quiere saber nada de quien duerme al lado o viaja en el asiento de enfrente del metro. Necesitamos ficción, ficciones, mentiras, porque es nuestro alimento espiritual. Una amistad, también, tiene mucho de ficción. Siempre hay algo que no contamos o que no nos cuentan. Por la elipsis o los silencios puede tejerse un argumento colosal. La mentira, desde otra óptica, tiene mucho de social, la mentira social, la figura de la hipocresía… formas en definitiva de perder el tiempo. Jamás me ha importado lo que nadie piense de mí. Y nadie, hasta la fecha, me ha interesado demasiado como para dedicarle muchas horas de pensamiento.

 

Tu poesía, como dice de ti Luis María Anson, es un desgarro. ¿Se ha perdido en este país últimamente tan mercantil y tan judío o jodío el desgarro, la electricidad como imaginación, el amor por la palabra sublime o diablesca, rara, cruel, aunque bellísima? ¿Hacia dónde va la poesía española en esta segunda década del XXI?

El nivel baja, está clarísimo. El personal está diez horas viendo pantallitas y hay que darle textos facilones y, en ocasiones, de puro parvulario. Es difícil cuando todo baja no bajar también –como quiso Machado- pero se equivocan. “Solo lo difícil es estimulante”, dijo Lezama leyendo a Góngora. Una persona culta precisa registros, y manejando cinco mil palabras, la mayoría en jerga, no se consiguen. Los analfabetos tecnológicos, aparte de los emocionales, están ahí. El mercantilismo editorial no me interesa nada: piensan que el público es gilipollas y luego se llevan hostias de campeonato. El sentido clásico de la calidad de página, como quería Eugenio D´Ors, es lo que debe mantenerse. El bluf, en la sociedad líquida de Bauman, aunque se consuma, querido amigo, sabemos todos dónde acaba. Ser exigente, pedirle cosas a los demás y a ti mismo, pedirle más a cualquier obra de arte, siempre desde el carburante de la insatisfacción, es algo divertido, muy enriquecedor. Lo valioso, siguiendo a Bauman, puede hacerse desde otra lectura: será lo que dure. Y lo que dure dentro de ti, no necesariamente en un plano físico u objetual.

 

¿Consideras que la literatura se ha convertido en la hermanastra pobre y maniquea, dulzona y tontorrona en manos del gran imperio editorial que nos asiste en este país que algunos siguen nombrando como España?

Piensan que leer conlleva un esfuerzo y mover los dedos encima de un soporte digital no. Pero, generalmente, volvemos a lo anterior: los placeres efímeros no son duraderos. Hace diez años, veinte, afirmaban que todo iban a ser libros electrónicos. ¿Dónde están? Veo más papel que nunca por todas partes. Hay tanto papel, tanta burbuja editorial, que hasta se regala en las llamadas librerías solidarias, a cambio de un donativo. El libro, como la cuchara o el cuchillo, es un instrumento perfecto, no va a morir jamás, ni se descarga ni hay que enchufarlo a ninguna parte. Vuelven los seriales, vuelven Los Miserables, en los mil y un soportes por internet. La gente lee revistas culturales y periódicos por medio del teléfono. El único problema serio es el hambre, como había en la posguerra española, y aún así no se dejó de leer de las peores formas. Profecías y agoreros acaban en nada. Mira, alguien que haya pasado por la Universidad Española, que la haya vivido en lecturas fervorosas y ardientes, no lo veo seis horas enganchado a Sálvame. Te repito lo anterior: todo sabemos lo que dura y no.

 

¿Por qué la mayoría de la gente asume que el capitalismo -al que tú denuncias en tus versos- es imposible detenerlo, transformarlo, escupirle en la cara? ¿Quién o quiénes atan el Sistema en esta aldea global? 

El capitalismo vende emociones y la vida, generalmente, son ideas. Vox es una emoción: te dan un bocadillo de jamón en los mítines y te ponen Viva España de Manolo Escobar. El capitalismo no quiere que tengas ideas. La ilustración, en el sentido clásico, son ideas, saber pensar, relacionar una cosa con otra y no el dato simple. El dato puede mirarse en cualquier enciclopedia: qué río pasa por Valladolid o cuántos habitantes tiene Teruel. Lo propio del rebaño son las emociones. Van a grandes superficies, Primark, a comprar mierda por tres euros, bolsos que no duran un mes y un día les dice su cerebro que hay otros de piel que aguantan cien años. Las emociones, el “Me gusta” o “No me gusta” de las redes sociales, son eso, la hora del recreo en párvulos. Un pueblo con ideas es un pueblo culto al que es difícil engañar. Las emociones repentinas duran menos que una caña, convierten las ideas en ocurrencias, algo peligrosísimo, y evitan, tal vez, conocer de veras los sentimientos, que es algo todavía más difícil, que es algo muy serio y nada tiene que ver con la estúpida frivolidad. ¿No existen las verdades universales? ¿Quién lo dijo? Un mendigo lo es. Un padre, igual. Los sentimientos son mucho más que verdades universales.

 

Te escribiste con Leopoldo María Panero y de todas aquellas cartas surgió el libro Los héroes inútiles. Por otro lado, Panero dijo de ti que eres el Kafka español. ¿Qué te enseñó aquel loco lúcido que fue Panero? ¿O no había lucidez en su vida y sí heroicidad en sus versos?

Leopoldo literaturizó su vida. Era un buen enfermo porque no tenía ninguna duda acerca de su enfermedad: lo sabía todo de la esquizofrenia. Escribir, escribir, escribir… fue su meta. Luego follar, echar un polvo, emborracharse, drogarse, lo que fuese, pero primero siempre el libro antes. Yo, que conste, solo lo conocí tomando cocacolas, hasta cuarenta en una feria del libro, en un gesto compulsivo, porque muchas no las acababa. Su última frase pocos la recogieron: “¿Para qué poetas en tiempos de miseria?”. Le recuerdo con su morral de libros, con su torre de textos en una bolsa de plástico, siempre con libros, siempre leyendo y escribiendo. Luego fue muy feliz, no se prohibió nada o muy poco, jamás como esos eruditos vírgenes de vida y a la violeta. Esto es muy complejo: Picasso siguió pintando con muchos años cuando tenía ya más dinero que tiempo, y Leopoldo fue el caso contrario, ambos son ejemplo que si la pasión es auténtica no fenece. ¿Para qué escribe un tío después del Premio Nobel? Pues lo hacen todos. Crear es una necesidad, un juego, otra vida… no sé cómo explicártelo. A Leopoldo nunca le vi triste, tenía una corte de muchos jóvenes alrededor, algunos le daban besos con lengua. No sé qué decirte. Tenía un despacho en el psiquiátrico de Canarias y el doctor Manchado.

 

Dicen que en la infancia es cuando se empieza a entender que hay algo raro en el ambiente, que las cosas no son como son, sino como las dicen los demás. ¿Es la infancia el gran poema de la vida? Por último, ahora que noto que ya te has bebido la botella entera de este gran vino reserva que yo te he regalado por concederme esta entrevista, ¿podrías escribirme unos versillos con estas palabras infantiles: “caca”, “pedo”, “culo”?

 “Ese viento de culo no es pedo sino caca y tiento”. No creo en la infancia como patria del creador, a la manera de Baudelaire, y todo ese mito de la infancia. Las hay que son doradas, anodinas, corrientes, y la cosa se tuerce cuando se empieza a follar o tomar las primeras ginebras. En las biografías me salto siempre toda la etapa de la infancia del personaje, no me interesa. Algo importante: creo que el niño debe tener todas las herramientas a su alcance para fomentarle la imaginación, que igual tiene mucho que ver y no lo subrayamos con la inteligencia. El niño debe tener muchos libros, muchos aparatos, muchos juegos, para justo eso, para que sea un niño despierto, para que sueñe, para evitar la abulia o adormecimiento, para hacerle un salvaje de sí mismo. La infancia es colocar el trampolín lo más alto posible. Lo peor de todo, la mayor vulgaridad, es siempre tratar a los niños como tales. El adulto debe remangarse, y sumergirse en la ficción del niño. Entrar en el mundo del niño con todas las consecuencias, porque es algo muy serio y mágico. Andersen, Collodi, Barrie… lo tenían muy claro. Un niño sin imaginación, embridado por los aparatitos eléctricos, igual es un niño tonto, acaba en retraso. El niño, al imaginar, debe convivir con lo imposible, y así supera cualquier dificultad del presente exacto.

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