Dicen que Madrid está triste. Al parecer, escuchó decir a la Cibeles y a Neptuno que echaban de menos a sus vikingos y merengues. Se ha dado cuenta que en el Retiro la primavera pasea en soledad sin encontrar nadie a quien alterarle la sangre y cree que la Puerta de Alcalá se aburre viendo pasar el tiempo, mientras añora a una florista que iba y venía con los nardos apoyaos en la cadera.

Se le ha ocurrido que los dibujantes de la Plaza Mayor pinten una sonrisa gigante como la de sus caricaturas, pero tampoco están. Tiene miedo de que se hayan ido con los rotuladores a otra parte o peor aún, que su marcha sea definitiva porque no encontraron sonrisas para dibujar.

Ha recorrido las calles del Rastro por si acaso hubiera alguien allí, pero se ha encontrado que los puestos recogieron sus cachivaches en espera de mejores tiempos.

Un tanto angustiada ha puesto los ojos en su vena central y allí, en el Museo del Prado ha ido preguntando a sus habitantes. Esos que habitualmente se mantienen mudos, ahora están revueltos. Unos hablan de castigo divino y otros, como El caballero de la mano en el pecho jura que él no tuvo nada que ver. La Maja desnuda llora junto al hombre de camisa blanca fusilado el Dos de mayo que se afana en consolarla. Ella cree que la culpa es suya por dejar las vergüenzas al aire, aunque él intenta que no se preocupe porque según le ha dicho la paloma de un tal Picasso puede ser que haya sucedido algo fuera. Y un poco más arriba, en la misma calle cientos de libros de la Biblioteca Nacional, soplan fuerte para que el polvo no se les acumule encima.

También Atocha está inquieta, teme que se vuelvan a sacudir sus cimientos recordando aquel triste día de marzo. Pero cuando Madrid realmente se ha quedado muda ha sido al pasar por el Palacio de Hielo. Una ráfaga helada le ha traspasado las entrañas al ver que hoy permanece más frío que nunca.

Sin embargo, los madrileños están tranquilos porque saben que cuando Madrid cierra la puerta, encuentra una salida por la ventana. Ellos, motor y corazón de la gran ciudad no van a permitir que se ahogue. Todos los días a las ocho en punto hacen algo a la vez como en la Puerta del Sol de Mecano. Entonces los relojes sincronizan la llamada y una gran algarabía surge desde los balcones como si de un gran respirador se tratara. Un aplauso que insufla oxigeno a los que nos mantienen con vida reconociendo su esfuerzo, agradeciendo la dedicación y recordando a unos y a otros que aún hay esperanza.

Madrid, siempre tan optimista ha entendido que es cuestión de tiempo para que todo vuelva a ser como antes.

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