«Cuando tomábamos café» (Raspabook) es una novela de intrigas políticas, corrupción y celos en el Madrid de los 70 que nos enseña que los anhelos y los sinsabores no entienden de clases sociales.

 

Existe en Madrid un café centenario mantenido por historias. Un café que fue el alboroto de los tertulianos por encima del ruido de las cafeteras. Un café en el que, según cuentan, se reunían gentes con algo en común por encima de cualquier cosa: el ansia de libertad.

A ese mismo café iban a tomar chocolate con churros un matrimonio y su hijo. El pequeño escuchaba historias sobre los escritores y artistas que habían sido habituales de ese local. Mientras, imaginaba cómo habría sido el café en otros tiempos.

José Carlos Sánchez (Madrid, 1976) creció, pero su imaginación se mantuvo. Fruto de esos pensamientos surgió Cuando tomábamos café, una novela coral que supone el debut del autor en el género, tras pasar por el poema, el ensayo histórico y los relatos.

Un debut que nos sumerge en la España del tardofranquismo, en la Madrid de la modernidad incipiente y en unas historias que no son sino el reflejo de un afán que marcó las vidas de los españoles de entonces: la lucha por la libertad.

Con el ya histórico Café Comercial de Madrid como testigo y lienzo del inevitable cambio de época que se abría paso, Cuando tomábamos café nos presenta a Carlos, un músico que huye de los roles tradicionales y las ataduras; a Constanza, su amiga de la infancia que sueña con ser escritora; a Adela, una joven de familia influyente que bebe los vientos por Carlos… y a otros muchos personajes que se enredan en una historia bañada de celos, intriga y política.

Es precisamente de la mano –de la voz- de uno de estos personajes es como entramos en la trama. Pepita, una chica de pueblo, nos cuenta en primera persona su llegada a un Madrid abrumador para servir en casa de las hermanas Martos: Margarita y Constanza. Es Pepita quien nos acompaña a lo largo de toda la novela, la Pepita del presente contándonos lo que vivió en el pasado. La elección de esta voz ayuda a crear ese clima de confianza que, desde el título, consigue construir el autor. Pepita es nuestra amiga desde el primer párrafo. Y tener un amigo en un libro siempre ayuda a disfrutarlo.

Más adelante, se incorpora un narrador omnisciente en tercera persona que nos saca de la comodidad de leer a Pepita para recordarnos que, eh, el mundo de ahí afuera no es tan inocente.

 

Una España a las puertas de la modernidad

Como decíamos, Pepita llega a ese Madrid abrumador a mediados de septiembre de 1969, en pleno tardofranquismo. La dictadura se acercaba inexorablemente a su fin, y España avanzaba en su enganche a la globalización. El impulso del turismo, las manifestaciones de universitarios, la apertura económica, los primeros conciertos de los Beatles… pero, también, el poder de Carrero Blanco y los inmovilistas tecnócratas del Opus Dei. El tira y afloja entre los rescoldos del franquismo más rancio y la llegada de nuevas corrientes económicas, culturales y sociales envuelve las páginas de Cuando tomábamos café.

Una España en la que las rencillas y los dos bandos seguían presentes (“Quiero que se pudra en la cárcel por roja”) y los privilegiados temían la llegada de un cambio que acabara con su estatus.

El ejercicio de documentación histórica de J. C. Sánchez es más que profundo. Desde el famoseo y el artisteo de la época representado por Camilo Sexto, Massiel, Salomé, Raphael, Rocío Durcal, Lucía Bosé, Miguel Ríos, Laura Valenzuela… hasta nombres de medicamentos, de publicaciones, de antiguos locales y tabernas… las quedadas para ver las películas americanas en el cine, los folletines de los periódicos… El autor se esmera en dibujar con sumo detalle una España en la que vender profilácticos en la farmacia era un riesgo, en la que las relaciones sexuales libres tenían que esconderse y la píldora del día después era un tema tabú.

En la obra de J. C. Sánchez, la Historia no se limita a encuadrar los hechos que se narran, sino que toma parte activa en la trama. Los personajes son como son por el episodio histórico en el que viven y, aún más, se ven envueltos en acontecimientos que ocuparon páginas de periódico en aquellos años de incertidumbre. Hablamos, en concreto, del caso Matesa, que dejó al descubierto el fraude de Maquinaria Textil del Norte S.A al beneficiarse ilícitamente de créditos a la exportación que concedía el Estado a través del Banco de Crédito Industrial. El caso Matesa probó ostensiblemente la decadencia del control de Franco en la acción política y los actos de sus ministros y fue uno de los golpes más duros que recibió la dictadura en sus últimos años.

Pero también la Guerra de Vietnam, la llegada del hombre a la Luna, la idealización del exterior… tienen su hueco en la novela.

Ese cambio de piel por el que pasaba España llega hasta nuestro querido café. Descubrirá el lector que ese microcosmos del Madrid castizo y de tertulias no se resiste a la modernidad.

Y ese cambio de piel lo sienten unos personajes que quedan en la memoria del lector, desde el protagonista hasta el que menos líneas habla. Personajes, en su mayoría, poliédricos, de muchas dimensiones, incoherentes como todos lo somos y, sobre todo, tiernos. Porque la ternura nos hace vernos en el otro.

Porque J. C. Sánchez consigue plasmar en la voz de sus personajes las voces de quienquiera que esté leyendo su obra. Y es así como el lector llega a empatizar con lo que lee. Podemos ver en Pepita a todas las gentes que dejaron a sus familias para buscar un porvenir en la capital. Y no solo a esas gentes de antaño, sino a las de hoy. Porque, si hay algún sentimiento atemporal, es el miedo ante lo desconocido. Y esta novela va mucho de eso: del miedo a un lugar nuevo, a un tiempo nuevo, al cambio inexorable de las vidas y las gentes.

 

El gran tema de los sueños

Ya en el preludio, el autor deja claro el papel protagonista que los sueños tendrán a lo largo de la novela. Perseguirlos se plantea como una lucha diaria, un aprendizaje constante e, incluso, un legado.

El gran tema que empapa cada párrafo es precisamente ese: la persecución de los sueños. Sean estos cuales sean. Sueños de poder, de pasión, de fama, de éxito… el soñar, al ansiar, nos hace a todos semejantes. Y es esa semejanza la que nos lleva a comprender las fuerzas motivacionales de cada personaje, que no son sino maneras más o menos cuestionables de acercarse a un sueño. Sueños que se encuentran de frente con la realidad, sueños que llegan en el momento menos adecuado y se dejan pasar, sueños que se convierten en pesadilla. Un afán tan antiguo como la conciencia humana y permanece a lo largo de los siglos.

Así, si algo hace relevante a la novela de J. C. Sánchez, es su vigencia. La actualidad que emana de sus páginas, aun cuando los hechos que se narran transcurrieron hace décadas. Empezando por otro de los grandes temas que aborda el autor: la lucha de la mujer por ganar un espacio relevante en la sociedad. J. C. Sánchez va dejando a lo largo de la novela, como migas en el camino, píldoras que nos hablan del espacio que ocupaba la mujer en lo social, lo familiar, lo económico, lo profesional.

“No os vale con que tengamos que ir a firmar al banco con vosotros como maridos para darnos la bendición y el permiso de lo que hacer con nuestro dinero, sino que también tomáis las decisiones sobre lo que sentimos”, le espeta Constanza a uno de sus compañeros de tertulia en el café. Lo hace a colación de En la vida de Ignacio Morel, de Ramón J. Sender, ganador del Premio Planeta en 1969, una novela controvertida en la época por la relación del protagonista con una mujer casada.

Desde la empleada del hogar hasta la científica que sube escalones en un mundo machista, pasando por la prostituta y la escritora de éxito con pantalón y pitillo en mano, J. C. Sánchez dibuja a unas mujeres decididas y fuertes en su sensibilidad, que se enfrentan al dominio masculino de instituciones, cultura (“La cultura siempre la escriben los hombres”) e incluso relaciones íntimas en “aquella España tan necesitada de mujeres fuertes: madres e hijas que siempre se habían visto relegadas a la servidumbre de una casa y al cuidado de la familia”.

Así, Cuando tomábamos café es un homenaje a todos los hombres y mujeres que sacaron a España de su época más oscura pero, también y sobre todo, a las mujeres de las que hemos heredado logros que ahora nos toca defender.

Si se trata de grandes temas, J. C. Sánchez no se deja en el tintero otro que también ha acompañado siempre a las sociedades: la lucha de clases. El autor utiliza también las diferencias entre escalones sociales para moldear las andanzas de los personajes, cuyas vidas están, inevitablemente, subyugadas al estrato social en el que han nacido.

Por un lado, quiosqueros, camareros, limpiabotas, reporteros, empleadas del hogar, esparteras… que trabajan cada día para salir adelante. Por otro, notarios, políticos, empresarios, ‘hijos de’ que buscan sacar partida del Régimen mediante corruptelas y juegos de poder.

“Los ricos funcionan así. No paran hasta que consiguen lo que quieren”, se lamenta uno de los personajes. “Lo que no se puede callar con dinero, se aplasta”, dice, henchido, otro. La moral queda a un lado en las decisiones de los poderosos.

Las dos clases son también las dos Españas, las dos Madrid. El Madrid castizo, humilde, trabajador, chulapo. El de los churros con chocolate en San Ginés, el mercado de la Corredera, los merenderos del Canal, las pipas en la Plaza del Dos de Mayo y el fútbol de los domingos. Y el Madrid de lámparas de araña y techos altos, de despachos, apellidos nobles y apariencias. De las fiestas en Chicote, los restaurantes del Barrio de Salamanca, los puros habanos y las manos manchadas de indecencias. Veremos, sin embargo, que la clase social no nos salva de lo que la vida nos tenga preparado.

También se expone el cara a cara entre la cultura y la información y el Estado, con la censura como campo de batalla. “No sé cómo habrá pasado la censura”, dice uno de los tertulianos del café sobre el mencionado libro de J. Sender. Y, cómo no, las famosas viñetas de la prensa que caricaturizaban al gobierno con toda la sutiliza posible, como las de Mingote en ABC o las sátiras de La Codorniz.

El papel de la prensa en la limpieza de esa España que quería deshacerse de la ‘alta suciedad’ merece también su parte en la obra. El ambiente casi clandestino en las redacciones de los periódicos independientes, el manejo de la información por parte de los poderosos, la casi siempre implacable mano censora, escondida en una Ley de Prensa que se mostraba tolerante pero no era sino fachada (“La gente no necesita la verdad, solo un chivo expiatorio contra el que cargar”).

Pero que Cuando tomábamos café hable de los sueños no hace de la obra algo edulcorado o empalagoso. Por el contrario, el autor ha conseguido una relación equilibrada entre emotividad e intriga. Porque la novela es eso: una historia de intrigas políticas, de relaciones de poder, de manejo de influencias, en la que también los sueños quedan a la merced de las codicias humanas.

De una manera u otra, todos los personajes de la novela sufren los efectos de lo que hoy llamaríamos ‘las cloacas del Estado’. El mencionado caso Matesa es el hilo conductor en un recorrido por el ovillo de secretos, corrupción, favores, deudas… Mantener los privilegios es el objetivo último de sociedades pantalla y entramados empresariales, estafas millonarias, uso de fondos públicos para enriquecimiento privado… “Tener amigos en los lugares adecuados, donde se deciden las cosas” puede garantizarte la libertad e, incluso, salvarte la vida. La Dirección General de Seguridad, las palizas en los calabozos de Sol, los matones a sueldo, la lucha de poder entre ministros y acólitos…  “Los delincuentes no están solo en la calle. También visten traje y corbata”.

Gusta, también, el guiño del autor al proceso literario, al impulso que a los que a esto nos dedicamos nos lleva a gastar tinta y palabras. “¿Por qué quieres escribir?”, le preguntan a Constanza. Algo que, seguramente, nos hemos preguntado, más de una vez, todos los escritores. La dedicación de Constanza por cumplir su sueño literario es la dedicación de todos nosotros.

 

Volveremos al Café Comercial

Cuando tomábamos café es un libro ágil, fácil de leer, escrito sin artificios ni excesivas construcciones literarias. Podríamos decir que es un libro democrático, muy pertinente dado el contexto histórico en el que se desarrolla la trama. Se agradece J. C. Sánchez no haya utilizado la novela para su lucimiento como autor, sino que se haya entregado a ella simplemente para dar fe de la historia de los protagonistas. Es, por tanto, un ejercicio de generosidad que merece ser valorado.

La historia de J. C. Sánchez, como Madrid, te gana con el tiempo. Hay que descubrirla en todos sus detalles, apreciar cada referencia, cada color de la narrativa, hacerte a cada personaje y a cada voz casi sin percatarte para así, cuando llegue a su punto y final, cuando le digas adiós a Madrid, te des entonces cuenta de que la querías. Porque el autor maneja con soltura el tercer acto aristotélico, en el que el clímax de la historia se mantiene a lo largo de varias páginas sin perder tensión. El lector intuye, sabe, que viene un final trágico. Y no pese a ello, sino POR ello, se mantiene enganchado al relato. Y, finalmente, los acontecimientos se precipitan “como la lava de un volcán, arrastrando consigo lo que encontraba a su paso”.

Y los sueños, como todo en la vida, terminan. Unos, bien. Otros, no tanto. Pero una cosa es segura: prometo a quien se vaya a embarcar en la lectura de esta historia que el final permanecerá en su memoria por un tiempo. Quién sabe si para siempre y, cuando se cruce de casualidad con los labios carmesí de la portada semanas, meses o años después de abrirla por primera vez, recuerde el desenlace de esta historia de anhelos y sueños y se le erice el vello de pura nostalgia. Y ojalá, para entonces, el Café Comercial siga en el número 7 de la Glorieta de Bilbao.

 

  • Título: «Cuando tomabámos café»
  • Autor: Jose Carlos Sánchez Montero
  • Nº de páginas: 516
  • Editorial: RASPABOOK
  • Idioma: CASTELLANO
  • ISBN: 9788494946448
  • Año de edición: 2019

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