Llevo años descansando aquí, exactamente desde el 24 de noviembre del 91. Todo este tiempo lo he pasado pidiendo una tregua y al fin “el gran jefe” ha claudicado ante mis súplicas.

Querido Farrokh Bulsara, nada es permanente ni siquiera la eternidad. —Me dijo. —Haré una excepción contigo. Creo que será una justa compensación por llamarte a mi lado demasiado pronto. Te permitiré ir y regresarás al finalizar el día.

Infinidad de veces le dije que me llamara Freddie pero él es muy protocolario. Después de veintiséis años aquí he aprendido que intentar cambiarle es una batalla perdida.

—¿Podrían acompañarme algunos amigos? No sé, Michael o Diana o…

Para, para. Ya llegará su momento —interrumpió. —Irás tú solo. Intuyo que echas de menos tus apoteósicas fiestas. He pensado enviarte a otra que organizan por ti. Vivirás el orgullo a plena luz del día y sentirás el respeto que os merecéis. Confía en mí.

Al llegar aquí albergaba dudas sobre si me permitirían la entrada en ese Paraíso del que todos hablaban, aquel que obtienes después de grandes sacrificios y una vida modesta en excesos. Afortunadamente pude comprobar que no existe ni juicio inicial ni juicio final.

Pongo los pies en la tierra. Nada ni nadie puede impedirme disfrutar de la libertad sin cortapisas, de la felicidad sin medida que hoy me ofrecen. Aunque tan solo sean unas horas, habrá merecido la pena.

Estoy rodeado de miles de personas. La música impregna el ambiente de espontaneidad. Bailan, cantan, ríen. Banderas multicolor inundan las calles emulando un arco iris de alegría compartida. Algunos, incluso, las llevan tatuadas en la piel. Hablan de orgullo. De respeto. De igualdad. De dignidad entendida. Derrochan algarabía. Destilan tolerancia. No hay lugar para el pudor, no existe discriminación. Libertad por fin.

Las calles, engalanadas para la ocasión, se preparan para una batalla de instintos liberados. En los rincones se aman y se buscan amando.  ¿Qué más da mientras sea amor? Desde los balcones celebran la diferencia y en el asfalto la unidad.

Me cuelo entre ellos intentando contagiarme de jovialidad. Cada uno arrastra su propia historia escondida tras una sonrisa que, aunque en su día fue de resignación, ahora se tornó en orgullo.

A mi lado dos chicos cogidos de la cintura alzan los brazos    y gritan una canción

A quien le importa lo que yo haga. A quien le importa lo que yo diga…

El más alto lleva una capa roja. Me mira y sonriendo dice

Ese tío es igualito a Freddie Mercury. —A continuación agarra su capa y lanzándola al viento exclama —¿Quieres dar una vuelta conmigo guapo?

«No está nada mal» pienso «Y hace tanto tiempo que no echo un buen…».

El amigo, leyendo mis pensamientos, se interpone entre nosotros en un arranque de celos. Con una mano coge la volátil prenda y con la otra, su barbilla. Un sonoro y profundo beso de tornillo acaba con mis sueños lujuriosos.

Todo a mi alrededor desborda pasión. Como en mis conciertos. Viví al máximo. Aproveché el tiempo que la línea del destino marcó para mí aunque este resultara ser ciertamente breve. No me arrepiento de nada. Hice lo que me apetecía en cada momento. A veces el armario que construyeron para nosotros intentó encerrarme dentro, sin embargo conseguí salir fuera a través de sus rendijas.

Huecos con forma de canción convirtiéndome en Queen, transformándome en una sexy ama de casa de aspiradora en mano con I want to break free. En la fiera que rugía en los escenarios con Don’t Stop Me Now. Muchas otras dejaban entrever mi alma como en I was born to love you y en el ocaso de mis días me llevaron al éxtasis junto a la Caballé en Barcelona.

Los últimos años que pasé en mi casa no fueron precisamente los más dichosos de mi vida. Conviví con el asesino silencioso que se filtró en mi sangre. Luché contra él, pero me venció.

Me pierdo en mis recuerdos y apenas me percato que ahora es el turno para una de mis letras. Acompaña al desfile de carrozas. The show must go on. Fue una particular forma de despedida artística. También terrenal. Nunca aprendí, ni quise hacerlo, a separar una de la otra.

Alguien me silba. Miro hacia arriba y en la cornisa de un edificio se apoya una carroza flotante. De ella sale una mujer que   con un gesto me invita a subir. Mi alma etérea levita y entra en el carruaje. Ella dice ser la Cenicienta que acude a buscar a los que como yo deben regresar a las doce.  Aunque a mí no me engaña. Yo sé que en realidad, es una drag queen.

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