«Un mechón de cabellos de cierto sitio. El comportamiento extraño de un solterón. Una joven viuda que se lanza a la vida. La versión de la asesina confirma que hubo lucha, la autopsia indica que murió mientras dormía. La víctima presentía que sería asesinado asesinado».

Francisco Pérez Abellán. Crónicas de la España Negra.

 

La escena es la siguiente.

Estamos en febrero de 1903. En la Casa de Canónigos (Tribunal Superior de Justicia, para los que no se orienten muy bien en el mapa). La sesión ha sido larga e intensa. Se está juzgando a Cecilia Aznar Celimendi por la muerte de Manuel Pastor Pastor. Los hechos son los que son, la susodicha le reventó la cabeza al difunto con una plancha hasta dejarla convertida en compota encefálica en su casa de la calle Fuencarral, y pintan bastos. La sentencia no deja lugar a la duda: garrote. Y por el impacto de la noticia, pues ella se convierte en una dama de novela victoriana y sufre un desmayo. Algunos dirán que hasta sufrirá convulsiones y espasmos, pero dejemos eso para el anecdotario popular, que la buena de Cecilia de esta no se muere, de hecho, vivirá más de lo que se piensa con un indulto real de por medio, una fuga de la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares (si bien aparecerá al día siguiente durmiendo cerca de la cárcel con su compañera de fuga) y acabará desapareciendo del mapa cuando en mitad de la Guerra Civil se abran las celdas en territorio republicano.

Pero mejor vamos a remontarnos un poco en todo esto, mientras le traen las sales y se recompone un poco, que el caso ha sido sonado y trae cola. La prensa se ha cebado en el asunto aireando demasiados trapos sucios y toca separar un poco la paja del grano.

Junio de 1902.

En la calle Fuencarral a la altura del número 45. En la casa de Manuel Pastor Pastor. Un tipo peculiar y de costumbres. Alguien solitario que se alimenta únicamente de chocolate a mediodía y un poco de embutido para cenar. Amigo de pasear en solitario, eso sí, siempre con la misma rutina: coche de alquiler hasta Moncloa a lucir palmito, y de vuelta a casa antes de que refresque y a dormir vestido (manías que tiene uno). Y en mitad de todo esto, una vida sexual con ciertas rarezas también que hacen la comidilla de las comadres del bloque en que vive, así como los dineros que maneja.

Otra de sus aficiones es la de viajar. Hipocondríaco como el solo, y bajo prescripción médica, busca en los aires del norte la manera de sanarse. Y en uno de estos viajes, en concreto a Irún, es donde conoce a Cecilia Aznar Celimendi. Amigo de los amores basados en flechazos, o tal vez por miedo a morir solo y sin nadie que le llore en el cabecero de la cama, un par de días antes de que la planchadora apareciera en su vida, la dueña del hotel en el que se hospeda le había presentado a uno sobrina suya con dos niños, viuda, pero en edad de merecer y Pastor ya se veía disfrutando de una vida marital con todas la ley. Aunque ya se sabe que la vida se caracteriza por los giros inesperados y las tramas complejas, y así se lo hizo saber cuando se quedó prendado de la exuberante belleza de Cecilia. Ésta venía rebotada de una casa de Donosti, donde la echaron por distraer ciertas pertenencias, y fue a dar con sus huesos a la tierra del Bidasoa, vistiendo riguroso luto por el marido que había enterrado recientemente y trayendo consigo tanto a su hijo como a sus padres a modo de equipaje.

Cosas de Cupido o intereses escondidos, el caso es que tras dudarlo unos segundos, ella acabará aceptando la propuesta del señor Pastor Pastor de contratarla como sirvienta para todo en su casa de Madrid, llevándose de paso a una cocinera, de nombre Rosario, más por el qué dirán, tan patrio y con tanto peso, que por otra cosa. Y con esas que se marcharán a la capital en tren, despidiéndose de los padres y el niño de Cecilia bajo la mentira de que la señora de Manuel no salía a despedirse de ellos por estar indispuesta. No fuera a ser que les diera por pensar cualquier cosa licenciosa o de concuvinato.

Una vez en la capital, todos para la casa de la calle Fuencarral. Y aquí es donde empieza el baile. No es oro todo lo que le reluce, ni todo el monte es orégano. Rosario cocina para ella sola y el dueño de la casa se caracteriza por ser más agarrado que un chotis. Le da lo justo para la compra y si puede ahorrarse unos reales haciendo que la cocinera se acuesta en ayunas, pues tampoco está de más. Eso, cuando no la deja encerrada mientras él y Cecilia (Celis para Manuel, que ya se sabe que en temas de amor y demás zarandajas, esas cosas gustan mucho) salen a dar su paseo, con compra de embutido y parada obligatoria en la confitería de Vizcaíno de la calle Montera.

Y claro, las cosas no tardan en torcerse. Más aún cuando el galán de bigotes engomados, con ocho lustros largos sobre sus espaldas enclenques, que camina apoyado en un bastón y que baja las escaleras de su casa pasando las de Caín, recibe una carta de su prometida de Irún. Ahí sí que la guinda del pastel viene cuando en un arrebato, Manuel le da la cuenta a Rosario y la pone de patitas en la calle. Cecilia se queda sola en mitad de esa casa medio desierta (que Pastor tampoco es que fuera muy amigo de almacenar cosas, salvo las petacas forradas en piel donde guarda los cuartos, lo básico para vivir y que las paredes luzcan el estucado que para eso está). Y aquí es donde todo se vuelve confuso. Tanto, que en el juicio la defensa alegará que la acusada no estaba en sus cabales por encontrarse en uno de esos días. Ella se escudará en ello, diciendo que el señor de la casa intentó forzarla y lo que hizo, plancha en mano, fue en defensa propia. La autopsia dirá que Manuel dormía mientras Cecilia le agarró del cuello hasta partirle el hiodes antes de alisarle de arrugas y facciones media cabeza y todo esto dará lugar a una disertación entre la defensa y la acusación, mientras que el hijo de Celis, Luisito de nombre, pasa los días comiéndose todo el juicio como herramienta arrojadiza por parte del abogado de su madre, en brazos de la abuela, en un intento de conmover conciencias y tratar de salvar el pescuezo con el veredicto del jurado.

Aunque para llegar a esto, aún quedan bastantes kilómetros por delante en la vida de Cecilia. Los primeros, a la mañana siguiente. Hay que orquestarlo todo para que nadie eche en falta a Manuel y a ello se pone. Avisar a la portera de que se van a ir de viaje. Un alto en una tienda de ropa para gastarse cien duros en trapitos y volver a casa, antes de encargar un coche de punto con el que irse a la estación del Mediodía dispuesta a comprar un billete de tren con destino a Barcelona y acordarse de que aún le queda un fleco suelto en todo el entramado que se trae entre manos. Y toca salir a la carrera a la fábrica de agua de Seltz de la calle Preciados para dejar recado de que nada de llevar botellas nuevas a la calle Fuencarral hasta nuevo aviso, y vuelta a la estación.

Todo saliendo a pedir de boca y una llegada a Barcelona donde los ecos de sus actos ya empiezan a resonar. Sólo hay que mantener la calma, dejar que la cosa se enfríe un poco y empezar de cero en cualquier lugar en el que nadie muestre interés por su pasado y poder pulirse la herencia con la que salió de la capital.

Y en éstas está al pisar el andén, cuando un par de golfos de la ciudad Condal, los amigos Iglesias y Garreta, se encargan de ahorrarle demasiados quebraderos de cabeza desplumándola sin piedad y quedando con ella con reunirse en Puigcerdá para coger un barco y hacerse las Américas. Confiada,  no se lo piensa dos veces y a vivir que son dos días, hasta que descubre que Puigcerdá mar hay más bien poco y lo único que le queda por hacer es hospedarse en un pensión de mala muerte y disfrutar de las fiesta patronales, que para eso están. Y de esta guisa será como la benemérita dará con ella el 9 de julio y ahí sus pocas luces saldrán a relucir cuando en los interrogatorios se contradiga en cada una de sus declaraciones, la trasladen a Madrid para someterla a juicio y todo se pueda resumir en un sucinto de aquellos planchazos, estos desmayos y sus consecuencias inmediatas.

 

Fuentes:
https://criminalia.es/asesino/cecilia-aznar/

https://historiasdealcala.wordpress.com/2015/10/20/la-fuga-de-la-asesina-de-la-plancha/

De Madrid al Infierno. Marco Besas y José Antonio Pastor. Págs. 148-171

Crónicas de la España Negra. Francisco Pérez Abellán. Págs. 25-30

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here