Día de difuntos, escribió Mariano José de Larra, queriendo expresar en su artículo el almacenaje de los muertos en un Madrid de hambre y funcionariado. En estos días de difuntos que celebramos en un noviembre de clasicismo y Turner, sigue siendo un larranismo de periódico y seca muerte, un periodismo romántico al que sólo hacemos prensa un día, el día de difuntos, porque el resto del año los muertos no existen, que están en sus tumbas, como en un cuadro de Dufy, abrigaditos del frío, resguardados del esperpento, oscurecidos en su muerte oscura. “A la muerte hay que mirarla cara a cara”, escribió Lorca, y los muertos, muy en Amenábar, están más vivos que nunca.

Celebrar el día de difuntos a mi entender es una anacronía, pues los muertos no tienen día, sino un infinito que es la nada con su universo múltiple y vivísimo, allá donde vamos a para todos, con nuestras floraciones y nuestro romanticismo. El romanticismo de Shelley, quien vino a morir y no a morir en el mar, pues el corazón se le quedó vivo. Un proverbio danés dice que de un hombre amanece con el día que no verá morir, de modo que los muertos no mueren en realidad, sino que se transparentan, se invisibilizan, se convierten en poemas de Juan Ramón Jiménez, “y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando”.

Yo celebro todos los días -hoy por cierto es mi cumpleaños- el día de difuntos. Celebro el romanticismo de Friedrich, con sus altas colinas, con sus tormentas que arrecian cuando ya estaba en su plenitud el cambio climático, y con esos vientos que se modifican en carne, la carne de los muertos. Por contra dijo Quevedo: “Mejor vida es morir que vivir muerto”.

Y por favor, no usemos en esta España muerta el anglicismo horrendo para este día sin día. Hallowen. Menuda mierda de vocablo. Prefiero la felicidad de la muerte tal y como lo hacían los celtas, es decir, en verano, que es el origen de esta conmemoración convertida en fiesta pagana, tontusca y Corte Inglés. El nombre celta secular, que algunos ingenuos aún pretende que se adquiere desde connotaciones religiosas, es el de Samhain. Halloween, pues, es todo lo contrario que la festividad de aquellos celtas paganos que celebraban este día, desde la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, para echarse unos fuegos y unas embriagueces justo cuando acababa el tiempo de las cosechas. De ahí que se considerara el Año Nuevo Celta, al coincidir con la estación oscura.

El mundo céltico creía que el paso de un año a otro era una nueva apertura al mundo. Este nombre –Samhain-, que viene del gaélico, canturreaba por aquellos pazos y chozas y bellas mujeres musculosas el fin del verano. Lo de Hallowen es, digo, todo lo contrario, una cosa de santos y todas esas hostias, es decir, una falsedad orgánica que sólo procura espantar a los difuntos. Pero yo sigo pensando que a los difuntos hay que darles un poquito de peyote o maca o algo de novelismo de Mary Shelley -Frankestein, incluso con un toque de Viagra para que salgan de sus tumbas como en estos días a salido una momia muy conocida por todos nosotros: Paquito el Chocolatero. Y es que Francisco Franco firmaba sentencias de muerte en el desayuno mientras mojaba soconuscos en el chocolate.

Halloween sólo es una cosita de películas torpes y de risitas norteamericanas, con sus truquillos, sus dulces, sus bromitas de mal gusto, sus lecturas de una escritura que en vez de miedo son como tertulias de programas televisivos, digamos que aquí en España, por ejemplo, un Cágame de Luxe.

Prefiero salir en esta noche infernal comiendo nabos celtas -de ahí la tontería de la calabaza americana- y ponerle unas velas a la Estatua de la Libertad. Prefiero, como leo en la obra de Rafael López Loureiro, maestro de la escuela de Cedeira, quien fue el que redescubrió todo lo que estoy contando -recuerdo que el pueblo celta, antes que los romanos lo exterminaran, se asentó en esta tierra de conejos que es Celtiberia, sobre todo por todo lo que hoy es Galicia-, ponerme entre los calzones que uso aquellas calabazas talladas que se convertían en verdaderas obras de arte en lugares como Quiroga, porque me sirvan de esta máscara que soy en el Entroido.

De modo y manera, porque tomarse la vida en serio es una tontería, con el tiempo el Samhain acabó en manos de esas actitudes neopaganas que a mí tanto me corren, como la Wicca o el druidismo.

Amigas y amigos: os recomiendo que comáis nabos, que os hagáis duoteístas -de este modo adoraréis a una Diosa y a un Dios transformándolos, si así lo pretendéis, en la Diosa de la Luna y en el Dios astado. Y es que aquí todos llevamos cuernos. Y si ello no os contenta, pues nada, a reanudar el Rito del Muérdago.

Es muy sencillito y divertido. Basta con preparar primero los sacrificios -a gusto de cada cual-, para después empacharse en un gran banquete bajo los árboles con dos toros blancos con los cuernos vendados. Insisto que aquí todos llevamos cuernos. Poco después, como druidas que podéis ser, vestios con túnica blanca, cortar el muérdago de un roble con una hoz de oro y ¡hala! a morder carnes crudas de animales mientras se canta el himno de España con voz de Marta Sánchez. Sólo es proponérselo. Es que yo lo hice el año pasado y morí de empacho y sexo. Pero ya veis, aquí sigo escribiendo. Y es que escribir para mí es la verdadera razón para vivir estando muerto.

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