(Si por despiste se te pasó leer el capítulo uno, antes de seguir pincha este link ).

Capítulo 2:

Media mañana. 

En la sala de estar de una casa modesta. Muebles baratos, de Ikea. Una capa algo gruesa de polvo los cubre, dándoles un acabado mate. Las paredes están desnudas. El cerco amarillento de un par de cuadros que se han quitado hace poco. Un sofá que necesita una jubilación forzada, o, en su defecto, pasar por las manos de un tapicero. El resto del mobiliario lo forman a una mesa y cuatro sillas. Un televisor de rayos catódicos con más años que la tos y un reproductor de DVD. Algún que otro libro y un par de fotografías viejas dentro de marcos baratos y suelos de tarima flotante salpicados de abolladuras, a eso se resume todo. 

Un aire decadente al que la mujer que acaba de entrar por la puerta contribuye de manera considerable. Gesto cansado. Piel grasienta. Ojeras. Ojos sin brillo y mirada sin esperanza. En una mano lleva un cigarrillo encendido. En la otra, una carta certificada. Da una calada, mirándola recelosa. El remitente no le inspira demasiada confianza. Sabe lo que hay dentro, aún antes de abrirla. Da una calada y retiene el humo en los pulmones todo lo que puede. Hasta que el pecho empieza a arderle y el toser se convierte en una necesidad. Suspira y finalmente rompe el sobre con pulso tembloroso. Una lectura rápida corrobora sus presagios. El mensaje es sencillo y directo, como un disparo en la cara. La entidad bancaria se ha cansado de sus deudas y le da tres meses para saldarlas. Ni un día más. Si llegado ese momento no ha pagado lo que debe, se procederá a la pertinente denuncia. Todo esto, dicho en un tono frío e impersonal. Sin ningún guiño al diálogo ni mucho menos a conceder nuevas oportunidades. De eso ya se encargaron en la oficina de turno, cuando tiempo atrás firmó la hipoteca de la que ahora tanto se arrepiente. Eran otros tiempos. La época dorada, ya se sabe. BMWs serie 1. Hormigón, ladrillo y curritos creyéndose clase media. Y si de aquellos polvos estos lodos, de aquellos préstamos estos desahucios. Cifras y casas vacías. Sueños rotos, lágrimas y rabia. Pero ya se sabe, la banca siempre gana. La letra pequeña nunca se lee y uno firma sin pararse a evaluar los daños colaterales. 

Por momentos siente que todo a su alrededor da vueltas. Deja caer la colilla humeante en el cenicero, al mismo tiempo que un grito desgarrado pelea por salir de su garganta. Ira. Frustración. Derrota. Humillación. Sensaciones que pasan por su cabeza a toda velocidad. Sintiendo que se ahoga y que las cuatro paredes que la rodean parecen estrecharse por momentos, se acerca a la ventana y la abre. Una bofetada de aire caliente la sacude, al mismo tiempo que frente a ella, como un reflejo del infierno en el que camina desde hace tiempo, aparece un edificio con ventanas tapiadas y carteles de se vende o se alquila.

Respira hondo. El ataque de nervios ahí sigue, al acecho. Sin llegar a materializarse del todo, mientras que la gente camina varios metros más abajo a pie de calle, sumida en sus propias miserias, ajena a la mujer que llora desconsolada, apoyada en el alféizar de una ventana de lo que una vez consideró su hogar, y que ahora no es más que una jaula en la que su pasado y los recuerdos se alargan, mientras que su futuro se estrecha por momentos y lo que tiene ante sus ojos no es más que un túnel largo, que se le antoja eterno, y del que no cree que pueda volver a ver la luz.

Más tarde.

Sentada en el sofá. Las piernas flexionadas y la barbilla apoyada en las rodillas. Una taza en el suelo de la que escapa vapor. Una tila doble, a juzgar por el color del agua que tiene dentro. El cenicero, junto a ella. Y a su lado, una caja de valeriana. 

La ansiedad parece haberse aplacado mediante remedios naturales. Tiene la mirada perdida, absorta en sus propios pensamientos. Recuerdos. Las piezas del puzle que ha sido su vida en los últimos años, parecen encajar. Estudios universitarios. Prácticas en una empresa antes de licenciarse. Un hombre atractivo diciéndole que estaba locamente enamorado de ella después de montárselo en el cuarto de la limpieza. Sus promesas de dejar a su mujer y sus hijos, porque eso no era vida. En cambio, con ella lo que sentía era que su corazón volvía a latir. Deseos. Fantasías. Llamadas a última hora de la tarde a su casa para decir que la reunión se había alargado demasiado y que iba a llegar tarde. Excusas manidas a fin de cuentas, para ir a cenar con ella y echar un par de polvos improvisados en una pensión de mala muerte. El contrato en prácticas llegando a su fin y lo que en un principio era un amor férreo y a prueba de todo, convirtiéndose en una tomadura de pelo. Ya se sabe, las palabras se las lleva el tiempo, los Whatsapp se borran y si te he visto no me acuerdo. Vuelta a la realidad, con el consecuente impacto de quien pone los pies en la tierra tras haber estado volando (fly on the wins of love) demasiado tiempo es abatido por un desengaño. Y de la mano de este aterrizaje forzoso, la necesidad de huir. De dejar atrás su ciudad y todo lo que eso representaba para ella. Ahorros que se dilapidaban en un alquiler. Soledad en un lugar extraño. Redes sociales. Nuevos engaños. Y la necesidad de encontrar trabajo para poder seguir viviendo. Un anuncio: se busca camarera. No es necesaria experiencia. Y un trabajo de subsistencia, parche laboral podríamos llamarlo, convirtiéndose en algo que se alarga demasiado en el tiempo. Servir copas. Aguantar piropos de borrachos. Limpiar la sangre de los lavabos cuando en mitad de la noche dos manadas de machos alfa (de estos de cuerpo inflado a anabolizantes, tatuajes horteras y camisetas con escote para lucir torso y pectorales depilados) se encuentran en la puerta del baño y al final los tipos de seguridad del local acaban sacándoles a hostias. Noches que eran calcos de las anteriores y de las que estaban por venir.

Hasta que un día en el que no tenía nada mejor que hacer que matar el tiempo paseando por la calle, ocurrió algo inesperado. Cupido llamando a su puerta. Un tipo atractivo, joven. De mirada sincera y sonrisa capaz de embaucar a cualquiera. Una relación empezando en mitad de las cenizas en las que vivía. Y los años pasando. La pasión del momento dando lugar a algo más consolidado pero sin llegar a caer en la rutina. Ella, con su trabajo de camarera. Él, ganándose el pan con lo que saliera. España era la tierra de las oportunidades y antes o después la diosa Fortuna  acabaría por llamar a su puerta. 

Aunque quien lo hizo, una vez más, fue la puta realidad. Los sueños están bien, rompen con el día a día. Lo malo es cuando suena el despertador y una se despierta con una carta de despedida. Muy edulcorada, con una caligrafía impecable y una frase lapidaria a modo de despedida: te mereces algo mejor que yo. Espero que seas feliz. Un punto de inflexión en el que entre el ayer y el ahora, en el que quedaban estancados unos cuantos años de relación, fotografías de viajes y besos que creía eternos, un mañana gris y lo peor de todo: la hipoteca con la que compraron ese nidito de amor (locuras que se cometen cuando la dopamina es quien toma las riendas de la vida) a su nombre. El resto era cuestión de tiempo. Y si éste no espera a nadie, cuando lo que trae son malas noticias lo hace menos. El local en el que trabajaba reduciendo su horario y las facturas acumulándose. Juegos malabares y visitas al banco para tratar de renegociar lo que debía y siempre las mismas respuestas: vuelva mañana, el director hoy está reunido.

Da un trago a lo que le queda de tila, antes de pasarse la mano por la cara. Necesita dinero y lo necesita ya. Alternativas tiene pocas. El trabajo da lo que da. Los tipos que se encargan de la seguridad en la puerta y el ropero le han dejado caer más de una vez que podría ponerse a pasar coca a los clientes. Da mucho dinero, pero implica muchos riesgos. Otra cosa que le han propuesto a algunas de sus compañeras (a ella de momento no), es el tema del porno amateur. La idea es desagradable por sí misma, pero bueno, puestos a ganar dinero mejor ser carnaza para pajilleros que no comerse varios años a la sombra, piensa. Aunque hay una tercera opción. Siempre hay una tercera. Es arriesgado, quizá demasiado. Pero dada su situación, no le queda otra. Deja la taza en el suelo, enciende otro cigarrillo (ha perdido la cuenta de cuántos han caído en las últimas horas) y desbloquea la pantalla del móvil. Los dedos le tiemblan a medida que busca ese número en la agenda. Pulsa el botón de llamada, cierra los ojos y suspira. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, y ésta, es una de ellas…

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