Capítulo 5

Media tarde.

En el despacho que tiene instalado en su propia casa. Un escritorio caro, de madera labrada y con cristal protector. Archivadores. Muebles de oficina cerrados con tres llaves y caja fuerte escondida detrás de un cuadro. Nuestro protagonista masculino está sentado en un sofá de cuero auténtico. Frente a él, un ordenador portátil del que no aparta la mirada. Los brazos apoyados en la mesa, los codos flexionados y las manos en las mejillas. Tiene el gesto serio. Una sombra de preocupación asoma bajo sus ojos. Los labios apretados y blanquecinos parecen un navajazo que le cortara la cara de lado a lado. Y es que lo que está viendo en la pantalla no es para menos. Una conversación por Whatsapp de la chica a la que han contratado con un grupo de amigas. La cosa parece seria y no puede evitar que por su cabeza los malos presagios pululen a su antojo.

Cierra los ojos y se pasa una mano por la cara. Siente la piel grasienta y la necesidad de un afeitado. La situación se le está empezando a ir de las manos y eso no le gusta. Sus corazonadas no suelen equivocarse, pero tiene la sensación continua de ir un paso por detrás. Y para muestra un botón. Lo que está leyendo. Sabía que algo se estaba cocinando en la cabeza de la joven y tomó las medidas necesarias. Tampoco fue tan complicado. Un día como otro cualquiera se dejó caer por la casa. Se ahorró el tener que inventar una excusa que más adelante le pudiera estallar en la cara. Se limitó a llamar a la puerta, saludar a la chica del servicio que le abrió y nada más. Un simple: buenas tardes, ¿qué tal va todo? Pasaba por aquí cerca y me he pasado a saludar.

El resto fue monótono y aburrido durante las horas que estuvo allí. Hablaron de banalidades. Cosas absurdas para rellenar el silencio mientras tomaban algo. La situación más bien parecía una cita sin demasiadas posibilidades de acabar en un despertarse en cama ajena, en la cual él tratara de alargar la despedida y ella de todo lo contrario. Y en el fondo, la similitud no es muy descabellada si tenemos en cuenta las verdaderas intenciones con las que fue de visita. Nada que ver con estar sentado en un extremo del sofá y ella en el otro. Él, con el portátil cerrado sobre la mesa bajera, las manos enlazadas en el regazo y la americana del traje colgando del respaldo de una silla. Ella, con el mando de la televisión al lado y el móvil metido entre los cojines del asiento. Encima de la mesa, una jarra de agua con hielo y dos vasos. El de la joven vacío por tercera vez, como si tuviera prisa porque se acabara pronto y poder volver a hacer lo que quiera que estuviera haciendo antes. El del hombre en cambio, por la mitad y sin demasiada pinta de acabarse.

Y claro, si tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe; la fisiología humana no es que se caracterice por ser una obra de ingeniería y si bebes mucho, pues te toca soltarlo por algún sitio. La chica levantándose para ir al baño. Él sonriendo, como diciendo un no te preocupes a modo de disculpa y tan pronto como escuchó la puerta del váter cerrándose, hora de hacer lo que en verdad había ido a hacer. Coger el móvil. El patrón de desbloqueo lo tenía más que memorizado de las anteriores visitas. Abrir el portátil y escanear el código QR de la página web de Whatsapp. El resto, simplemente fue cuestión de borrar las huellas del delito. Aguantar un poco más allí para que no resultaran sospechosas sus prisas por irse y a casa que se nos hace tarde.

Desde entonces, el control que tiene sobre la chica es absoluto. Sabe lo que escribe en tiempo real, salvo alguna reunión y demás compromisos. Y sus teorías se cumplen, a juzgar por lo que escribe y los emojis con que lo acompaña. Esto es:cansancio, hastío. Algo que podría encuadrarse a la perfección en el estado de gestación en que se encuentra. El problema es lo que suele acompañar a estas frases tan al uso como: puff, tía estoy cansadísima… La verdad es que estoy reventada (emoticono de cara triste),y que ponen de manifiesto algo más: dudas. Los no sé si ha sido muy buena idea meterme en esto yo sola… Os echo de menos, tías… Joder, no sabéis las ganas que tengo de mandar todo esto a la mierda y volver a Madrid con vosotras… Los días libres me los paso llorando con los nervios de punta, y si esto no sale bien, ¿qué puedo hacer? Pero claro, el problema de las mentiras, es que esconden demasiadas cosas como para que quien las está escuchando pueda emitir un juicio de valor que sirva de algo. Y eso es justo lo que pasa con los mensajes de apoyo que reciben los dos. Ella en el móvil y él en la pantalla del ordenador. Sus amigas tratan de levantarle el ánimo a toda costa, sin saber exactamente lo que se encierra detrás de esos miedos a que las cosas no salgan bien.

Pero él sí lo sabe, y el miedo a que tome una medida desesperada hace que sienta un nudo en la garganta cada vez que lo piensa. Teme por momentos que trate de huir o cometa alguna tontería. Aunque lo que en verdad hace que se le tensen los nervios y por las noches le cueste dormir, es no saber cómo enfrentarse precisamente a esto. ¿Qué puede hacer? La tiene controlada de todas las maneras posibles. Las chicas del servicio tienen órdenes estrictas de avisarle ante cualquier comportamiento extraño que vean en ella. Tiene acceso a su Whatsapp. ¿Qué sería lo próximo? ¿Tratarla como a un preso y hacer desaparecer de la casa cuchillas de afeitar, cinturones y demás?…

Niega con la cabeza. Eso no. Sólo sería hacer que ella desconfiara más aún. Y ya lo hace. La manera en que le mira cada vez que van de visita es de lo más elocuente. Su mujer no parece darse cuenta de ello e insiste en ir a diario a verla para que le cuente las sensaciones que tiene. Si siente al feto (que a estas alturas no es más grande que una judía envuelta en algodón húmedo dentro de un vaso de yogur vacío en un experimento escolar). O si las náuseas matinales son un hecho o una leyenda urbana. Y claro, él está nadando entre dos aguas. Por un lado el fervor que experimenta una y la desgana que muestra la otra. La situación es estresante, y más aún cuando él lo ve todo desde un punto de vista profesional, el embarazo de una mujer que ha pasado por su clínica, si bien en esta ocasión hay ciertos intereses añadidos. El dinero y las molestias invertidas en el negocio y el extraño ambiente de serenidad y esperanza que parece flotar en su casa. Todo lo contrario a lo que pudieran contar las paredes si hablaran o alguien hubiera estado allí durante esos años de predictors dando falsos positivos, de analíticas, de estudios ginecológicos, de resultados descorazonadores ante la evidencia: ella era estéril. Y su obsesión por someterse a tal o cual tratamiento de fertilidad que había leído en las revistas con que mataba el tiempo y la depresión. Sus intentos de hacer que comprendiera que por mucho que se quisiera, hay cosas en esta vida que no son posibles. Los gritos. Las lágrimas. Las vajillas hechas astillas. El silencio. Los reproches y los no sé para qué tienes una clínica, si no eres capaz de hacer que tu propia mujer se quede embarazada en ella. Pobrecitas las desgraciadas que pasen por allí…

Mira por la ventana unos segundos, tratando de borrar esos recuerdos de su cabeza. Agua pasada no mueve molino, dicen; y de nada va a servir seguir pensándolo. Lo que tiene entre manos es algo más tangible. Un vientre de alquiler. Algo ilegal, lo sabe, pero la única manera de traer a su hogar la paz y la estabilidad que durante tanto tiempo les han sido negadas. En el amor y en la guerra todo vale, ya se sabe. Y saltarse a la torera la ética, los juramentos Hipocráticos de turno y lo que haga falta no suena descabellado, si con ello logra hacer feliz a la mujer a la que ama y tanto debe.

En la pantalla del ordenador la actividad ha cesado. Relee los mensajes por enésima vez. Ahora el corazón le late con más fuerza en el pecho y las sienes (los recuerdos es lo que tienen, a veces acuden para arrancarnos una sonrisa; y la mayoría de las veces lo hacen para encargarse de dejarnos hechos mierda en el momento menos adecuado). Cansado, se pone en pie y baja la pantalla. El ventilador del portátil zumba unos segundos antes de apagarse con un pitido corto. Necesita salir del despacho, caminar, perderse entre la gente y tratar de encontrar la manera de que todo llegue a buen puerto. Todos tenemos un precio, y si no es capaz de solucionarlo por su propia cuenta, seguro que encontrará a alguien que se encargue de hacerlo por un módico precio. Haya que hacer lo que haya que hacer…

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