“El poeta será sublime sin interrupción”, en un París de dandismo y escuela de paraísos artificiales, calafateando una vulgaridad de una crisis burguesa, mirándose siempre frente al espejo, Charles Baudelaire protagonizó esta frase con toda su sabiduría de hombre libre frente a una ciudad asistida de pequeños horrores, “hombre libre, amarás el mar”; esa libertad de poeta entregado al mal causó dolores terribles en su palpitación humana, pues Baudelaire, en la pintura de T. Masson, no fue un hombre feliz, más bien una crisis de castigos urbanos, vivió sus edades a todo lujo hasta que se le acabó la paga y tuvo que asistir a juicios que en nada le valieron la salud psíquica y el porvenir beneficioso, aunque su orgullo le valió para salir hacia delante.

Baudelaire fue un poeta moderno, aunque utilizara, por concesiones de la época, la forma clásica, pero, en los arrebatos de las enumeraciones de los contenidos, se vio en él una modernidad que evolucionó de tal forma que influyó no sólo en los poetas contemporáneos, sino ya en toda la poesía moderna del siglo XX, de modo que será reconocido desde su propia época hasta la actualidad como el punto de partida de la modernidad lírica, pues que otra cosa podemos imaginar cuando, desde una actitud completamente universal y asonada, nos adentramos en unos poemas tan conceptualmente en vanguardia como los contenidos en “Las Flores del Mal”, libro básico para comprender los libros de Apollinaire “Il y a” y “Les poèmes à Lou”, de carácter epistolar, y por ello mismo más claro y coherente en su capacidad comunicativa. “Pastora oh torre Eiffel el rebaño de los puentes bala esta mañana”.

Este Apollinaire, sí, es el introductor de la vanguardia, el que se adhiera pasajeramente al futurismo de Marinetti, de quien tomará alguna sugerencia para sus caligramas. Apollinaire, todo hay que decirlo, a pesar de su modernidad, rima dentro del verso libre, cuando la rima no era cosa adecuada, sino sólo una suerte de panorama acumulativo, entrecruzando visiones urbanas con ocurrencias de fantasía. Apollinaire es algo imitativo y plástico, no expresivo, como en la tipografía mallarmeana de “Un coup de dés”, que, por cierto, forma parte, como capítulo del libro completo “Igitur o la locura de Elbernohn”. Este procedimiento encontraría largas secuencias, hasta la poesía óptica del neovanguardismo, pero creemos -creo, perdón- más interesantes los poemas que no son dibujos, algunos con estampas parisinas, otros con visiones de la guerra, de un entusiasmo exento de horror y dolor.

Volviendo a Baudelaire y a su famosa frase “el dandy debe ser sublime sin interrupción. Debe vivir y dormir ante un espejo”, tengo que comentar que el dandismo, con su mezcla de sencillez calculada y de extravagancia refinada, sería ostentado públicamente por Baudelaire, por ejemplo, paseando por los Champs-Elysées con un blusón de campesino sobre un frac cortado al estilo de Brummel, o tiñéndose de verde el pelo. Baudelaire iba a su espejo a mirarse llorar. En consecuencia, no pasaba de ocioso diletante literario: nunca logró nada, porque creía demasiado en lo imposible.

Bajo su nuevo y misterioso sentido de probar el mundo como provocación y como contacto irredento que causara sospechas de malditismo y acusaciones de poeta fuera de la historia, otros poetas fueron fieles imitadores de su rabia y de su nuevo estilo de acoso; y así Oscar Wilde fue archivador del arte por el arte, un supersnob que se vistió de calzón corto de terciopelo y orquídea en el ojal para impresionar a los norteamericanos en una gira de conferencias. Luego Oscar moriría cual payaso ilustre y virgen en la más triste soledad de París. Creo que Wilde en el fondo se enfrentó firmemente a sí mismo para demostrar a los rebaños literarios que su vida había valido la pena. Wilde fue un protestatario, un poeta que quiso llamar la atención allá por donde fuera, en los salones, en los callejones homosexuales, en las casas políticas, en los juzgados. Hombre de frases bien aprendidas, un inglés elegante, un continuo snakc-bar de la voz, un señor con la imagen de la delincuencia perfectamente vestida, pero un hombre en continuo sufrimiento. Wilde dijo: “El significado de toda creación bella reside tanto, por lo menos, en el alma de quien la contempla como en el alma de quien la creó. La Belleza tiene tantos significados como el hombre tiene estados de ánimo. La Belleza es el símbolo de los símbolos. La Belleza lo revela todo, porque no expresa nada.”

Al fin y al cabo -siempre lo he pensado- un poeta, un escritor, un creador es solamente la destrucción de lo que ha creado.

La creación creada desparece desde el momento en que llega a los Tribunales de Justicia en donde la Historia opina entre lo vulgar, el shock de las masas que siempre se rebelan o el caos que se celebra en estas serrerías del dinero y los mercados que editan la obra de alguien, de uno, de ti o de nadie con la vagina abierta para que el oro se torne en la metáfora de esta picha corta que son las edades de los tiempos. Lo que quiero decir…

Estoy cansado. Sigan ustedes, que yo me voy a la cama. Me pongo los calzones. Meo en el bacín. Tiro por la ventana este artículo o lo que sea este burgo y me pongo a cantar el “My Way” de Sinatra, que ya es en lo único en lo que creo.

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