Madrid. Argüelles. Madrugada. Martes. Dos mil dieciocho. Abril. El único bar abierto. La cocina todavía está en funcionamiento. Los taxistas se aposentan en sus banquetas. Se saludan sin hablarse. Sus silencios les hacen demasiado visibles. Barra metálica larga que se limpia con bayeta más sucia que su superficie. Pinchos de tortilla. Platos de lentejas. Bocadillos de calamares. Cafés solos. Vasos de whisky. Chinos que se gastan en una hora en la máquina tragaperras lo que les cuesta ganar las otras veintitrés que trabajan cada día. En sus tiendas puedes encontrar de todo menos el sentido de la vida. Camareros que rozan la edad de jubilación, pero que nunca llega. Visten camisas blancas, llenas de lamparones e impolutas de ilusión. Huele a fritanga. El extractor de humos sigue estropeado. No funciona desde que abrieron el bar en los años sesenta. Los palillos del suelo forman diferentes figuras.

“Camareros que rozan la edad de jubilación, pero que nunca llega. Visten camisas blancas, llenas de lamparones e impolutas de ilusión”

Estrellas. Cohetes. Chabolas. Cuernos. Huesos de aceituna chupados por mujeres maduras que se secan por dentro. Son plantas de una belleza desértica. Beben gin tonics con ginebra MG. Se marchitan a cada trago. Flores embriagadas preparadas para ser cortadas. Son perfectas para ser regaladas a los gusanos de dos patas y barba desaliñada. Tipos que te bajan la luna con restos de tierra y realidad. Luna de sonrisa embarrada. A mí me gusta venir a verte de vez en cuando. Siempre vienes sola. Desde que entré por primera vez al bar. Bebes vino blanco muy frío y te gusta la paella atemporal del local. Compañera treintañera. Viajera en mi esfera.

“Flores embriagadas preparadas para ser cortadas. Son perfectas para ser regaladas a los gusanos de dos patas y barba desaliñada. Tipos que te bajan la luna con restos de tierra y realidad”

Siempre a la espera de compartir vereda. Camino estrecho que hemos hecho cada uno por
nuestro lado. Somos dos desconocidos sin saber qué hacer. Mi imaginación solo quiere
conocerte. Pero yo no quiero hacerlo realidad para poder saber dónde volver a encontrarte. Lo que no sabes es que todas las noches paso por la puerta para ver si estás sin que me veas. Nunca fallas. Admiro tu paciencia y tu confianza en que mi cobardía sea eterna.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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