No sé si es necesaria una idea para ponerse a escribir o sólo la voluntad de sentarme en esta silla destartalada y encender el ordenador. La silla está forrada de una piel negra que se cae a trozos como la cara de Michael Jackson cuando fue mutando a un blanco que desaparecía.  La silla es cómoda y me gusta pensar que tapo esos huecos con la piel tensa de mi espalda cuando escribo. Mis palabras se sostienen sobre un respaldo herido de muerte. Mi espalda hace de dique a ese río de sangre oscura que transforma la página en blanco en la regeneración de la piel perfecta.

A veces pienso que me siento en esta silla con la esperanza de tener algo que contar o que la idea de ponerme a ello me ayude a conseguirlo. La comodidad sólo es buena para desperezarse e ir cogiendo algo de ilusión para lo que quieres hacer. Pero para escribir necesito sentir que interiormente no estoy tan confortable, que el sueño duerma y la vida duela.

«Las frases brillantes son las que más daño hacen a los ojos»

Se está haciendo de día y por los agujeros de las persianas entra una luz que ciega lo que he escrito. Demasiada luminosidad siempre emborrona lo escrito. Las frases brillantes son las que más daño hacen a los ojos. Yo prefiero bajar a la mina y hacer explotar mi cabeza y mis entrañas. Nada más parecido a una mina de carbón que las cantidades ingentes de puntas de lápiz que destrocé escribiendo cuando era más joven.

La mañana es ya algo más que evidente. Me preparo un café que mantenga dormido el sueño de mi espalda, que lo masajee, que la mantenga inmóvil, que por la columna vertebral se adhieran las pieles nocturnas de la silla para que sigan pensando que no se ha hecho de día. El café solo despierta la realidad de una pantalla apagada. Demasiado tiempo sin escribir ni una sola palabra.

Tengo hambre y me como una de las rosquillas gigantes que me regaló T la última vez que vino a casa. Tienen demasiada azúcar y se desparrama por el teclado y por el texto, hormigas blancas que se esconden entre los recovecos de las teclas carcomidas por el impacto de mis dedos al golpearlas. Mis dedos son termitas que se comen lo edulcorado que queda tras lo escrito.

«Frases cortas, inconexas, anárquicas. ¿Y si escribir no tuviera que tener sentido?»

El mediodía ha llegado en forma de lluvia. Las moscas de agua dejan su estela en el cristal de la ventana. Dibujan ríos poco caudalosos e irregulares y en eso se parecen bastante al texto que estoy intentando escribir. Frases cortas, inconexas, anárquicas. ¿Y si escribir no tuviera que tener sentido?

Es la hora de comer y no tengo nada preparado. Podría pedir una pizza o calentarme una lata de fabada en el microondas. Algo que no tenga demasiada elaboración. Ya tengo suficiente con la escritura como para hacerlo con algo tan necesario como aburrido. Todas las cosas que lo son suelen serlo. Por desgracia es necesaria la realidad para poder defender la utopía.

«las mejores ideas sólo aparecen cuando estoy pensando en otras»

Al final no he comido y me rugen las tripas. Ojalá lo hicieran las ideas, ávidas por ser digeridas por mi mente. Pero las mejores sólo aparecen cuando estoy pensando en otras. En ese cruce de caminos entro en colapso y decido de manera aleatoria. El azar siempre acierta más que yo, y es una suerte que así sea.

A la hora de la siesta me despierto sobre una de las pocas frases sobre la que acostarme. Las nubes dejan paso a un sol tímido y taciturno. Un aire suave entra por la ventana y abanica sutilmente mi pensamiento. La vecina de enfrente cuelga su ropa interior mientras yo busco dentro de mí alguna idea que esté seca y lista para ser utilizada. Las cuerdas del tendedor se mueven sin que vea las manos que lo hacen posible. Saco la cabeza con rapidez, pero mi vecina ya no está y la ropa interior tampoco. Me pasa lo mismo con los momentos de inspiración.

«Yo creía que todo el mundo sabía que la palabra amor cuando está escrita sabe a fresa. Lo que no sabía es que la palabra desamor sabía a bollería industrial»

Para merendar me preparo otro café y lo acompaño con un plato de fresas silvestres. Esta vez fue T la que no quiso aceptarlas y eso que las compré en su frutería favorita. Si no me las como hoy se pondrán malas como mis arterias cuando se comen las rosquillas de T. Yo creía que todo el mundo sabía que la palabra amor cuando está escrita sabe a fresa. Lo que no sabía es que la palabra desamor sabía a bollería industrial.

El cielo azul se va tornando añil, como si la noche se hubiera quitado al sol a puñetazos. La realidad se va volviendo amoratada. Un rasguño de oscuridad cruza su cara y el dolor le hace ver las estrellas. La noche es golpearse contra la frase que está dentro de la cueva y no sabe salir. La luz de la pantalla del ordenador es la única que alumbra la habitación. Bajo las persianas para que toda la oscuridad se quede de mi lado y cierro la ventana para que el aire frío constipe a las poetas, siempre a la intemperie.

Para cenar vuelvo a tomar fresas para acabar con las pocas que quedan. Saben rancias y les echo un poco del azúcar que tapa por completo la base de la caja donde estaban las rosquillas. Endulzar el desamor y amargar las frases.

«Quiero quedarme dormido en el fin de la historia»

Es ya tarde y debo terminar lo escrito. Los ojos se me cierran y los finales se me abren. Siempre me pasa lo mismo cuando estoy perdido y cuando escribo, una cosa es consecuencia de la otra. Quiero quedarme dormido en el fin de la historia.

Suena el timbre de la puerta de mi casa. Supongo que es T que viene a traerme más cajas de rosquillas. Siempre se puede hacer más daño. Puede obligarte a beber un zumo de fresas sin azúcar. Una realidad más amarga que el café que despierta los sentidos.

«Una realidad más amarga que el café que despierta los sentidos»

Los timbrazos cada vez son más repetitivos. T debe estar desesperada por elevar mis niveles de azúcar en sangre. Decido levantarme de esta silla enferma como yo, y camino por el pasillo hacia la puerta. Las plantas de mis pies sienten el frío del suelo y hacen que el resto de mi cuerpo lo perciba todo de una manera más nítida y sensible. El picaporte de la puerta se reblandece entre mis manos y abre la puerta de manera sutil y lenta. T no está y en el felpudo hay una bolsa en el suelo. Dentro de ella solo hay la ropa interior de mi vecina.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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