1. La novela de la crisis

 

Irónicamente, En la orilla (2013) de Rafael Chirbes, la Gran novela de la crisis, se vendió con una mentira. La mentira no está en afirmar que sea la Gran novela de la crisis, que seguramente lo sea, sino en la contraportada, que reza así: «El hallazgo de un cadáver en el pantano de Olba pone en marcha la narración». Se trata del cadáver de Esteban, narrador y protagonista de la novela, pero este descubrimiento no «pone en marcha la narración», que ya estaba en movimiento. Hete aquí la mentira editorial construida alrededor de En la orilla.

En verdad, esta muerte es el final de la historia. Por culpa de la crisis económica, Esteban pierde su negocio y sigue perdiendo lo demás —estabilidad, empleados, dinero, amigos, dignidad, familia, salud— hasta perder la vida, que se quita él mismo. Lo que «pone en marcha la narración» de En la orilla, lo que inicia esta terrible sucesión de causas-consecuencias, es la pérdida del trabajo; la muerte solo es su última consecuencia. Sin embargo, Chirbes es un narrador muy inteligente, porque sitúa al principio de la trama el final de la historia. Al principio, el lector encuentra el cadáver y quiere leer y descubrir por qué murió y quién fue el asesino; al final, descubre que no hay asesino sino que Esteban se ha suicidado, es decir, que el asesino es la crisis económica; en medio, está la degradación ética y vital causada por la crisis. En la orilla es una novela realista travestida de novela policíaca. El mensaje moral es brutal: la realidad es el asesino.

La lección narrativa de En la orilla es que lo trágico no es la muerte sino la pérdida, en concreto la pérdida del trabajo. Perder el trabajo, perder la casa, perder la estabilidad: la santísima trinidad de la crisis, los tres motores narrativos de la novela de la crisis. Así empieza todo en Las uvas de la ira, en Los lunes al sol, en Tiempo de silencio o en La estrategia del caracol, novelas o películas de la crisis todas ellas, porque cada lugar y cada tiempo tienen sus crisis y cada crisis, sus relatos. Sin embargo, la maestra de las novelas de la crisis es la mallorquina Llucia Ramis. Es la «maestra de las novelas de la crisis» en plural, porque sus cuatro novelas son novelas de la crisis, pese a sus diferencias. Y Les possessions (2018), la última de ellas, probablemente sea la mejor, además de ser la ganadora del tercer Premio Anagrama de Llibres y una firme candidata a compartir podio con En la orilla.

 

2. Les possessions de Llucia Ramis

 

La comparación entre Les possessions y En la orilla no es gratuita, todo lo contrario. Las dos son novelas de la crisis cuyas tramas comienzan con una muerte: el muerto de Ramis se llama Benito Vasconcelos y también es un empresario corrupto, estafado y en bancarrota, también se suicida y también se lleva a alguien con él al otro mundo. Pero la muerte de Vasconcelos no sucede al final sino al principio de la historia de Les possessions, concretamente en 1993, otro año de crisis económica en España, cuando todavía era una vergüenza ser acusado de corrupción. Como en la novela de Chirbes, sin embargo, la muerte de Vasconcelos no es lo que «pone en marcha la narración» de la novela de Ramis, sino la enfermedad mental del padre de la protagonista. Después de jubilarse, el padre pierde la razón, se vuelve un conspiranoico obsesionado con la especulación inmobiliaria de Mallorca, donde reside junto a su esposa. La hija, narradora y protagonista vuelve a la isla para ayudar a su padre y este regreso desencadena una investigación personal, familiar, sentimental y laboral; en sus pesquisas, descubre que su abuelo era socio de Benito Vasconcelos, el empresario que, al borde de la ruina y del oprobio, se suicidó y devino el símbolo de una época que no se fue del todo. De aquellos pelotazos, esta crisis.

Pero hay diferencias entre En la orilla y Les possessions, diferencias muy significativas. La primera es demasiado obvia: una está escrita en español, la otra en catalán balear. La segunda diferencia también es evidente pero más reveladora: el estilo. Mientras que la prosa de Chirbes es densa y compleja, de sintaxis sinuosa y abundantes tropos de raigambre barroca, Ramis apuesta por la sobriedad, la proximidad y la modernidad, oscilando entre el intimismo confesional y la inmediatez periodística. Son dos cosmovisiones, dos formas de retratar la crisis: una desde lo épico y la otra desde lo cotidiano. La tercera gran diferencia entre las obras de Chirbes y Ramis es el modo enunciativo, ya que En la orilla es ficción y Les possessions, autoficción. O sea, que la narradora y protagonista parece ser la misma Llucia Ramis: también es de Palma de Mallorca y vive en Barcelona, también es periodista y escritora y su primera novela también es Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys (2008). Sin embargo, el epígrafe quiere convencer al lector de lo contrario: «Qualsevol semblança amb la realitat és pura ficció».

Esta ambigüedad irresoluble entre lo veraz y lo inventado es característica de la autoficción y, por tanto, de la novelística de Ramis, casi siempre autoficcional. La reincidencia de Ramis en la autoficción me lleva a pensar que esta es mejor forma de retratar la crisis que la ficción. Dicho de otro modo: la novela de la crisis será autoficcional o no será.

 

3. El Episodio nacional de la crisis económica

Se me ocurre que, además de retratar las consecuencias de la pérdida —del trabajo, de la casa o de la estabilidad—, la novela de la crisis ha de ser autoficcional. Porque tanto la autoficción como la crisis son inciertas y supuestamente democráticas.

Sin duda, la característica principal de la autoficción es la incertidumbre. ¿Será cierto lo que nos cuenta Llucia Ramis en Les possessions, serán suyas las opiniones que esgrime la narradora? ¿De verdad le pasó esto a su padre, eso a su abuelo y aquello a su novio? ¿O será ficción, invención? En esta época de crisis económica, informativa y moral, de posverdades y fake news, la incertidumbre también es un elemento esencial de nuestra sociedad, su único valor estable.

Por otro lado, la autoficción es una supuesta democratización literaria, porque da la impresión de que cualquiera puede escribir su propia novela autoficcional, de la misma forma que la democracia nos da la impresión de que cualquiera puede participar, influir en la sociedad y cambiarla. Todo relato autoficcional le dice al lector: «hazlo tú también, vamos, tú también puedes escribir tu propia historia, ¿a qué esperas?». Y aún lo dicen más las novelas de Ramis, con su estilo tan cercano, tan ágil, tan aparentemente fácil de escribir. Es un error habitual creer que a una lectura sencilla le ha correspondido una escritura igualmente sencilla. No, no todo lector es escritor, como no todo ciudadano es gobernante.

Esta supuesta democratización literaria propuesta por la autoficción podría engendrar la definitiva Gran novela de la crisis, una novela que superaría las de Chirbes y Ramis. En esta hipotética novela, cada ciudadano afectado por la crisis, o sea cada ciudadano, escribiría su propia historia autoficcional, contribuyendo con un capítulo individual. Esta Gran novela de la crisis la escribiríamos entre todos, porque la crisis nos ha salpicado a todos en mayor o menor grado. Cada cual añadiría su granito de arena, su propia historia salpimentada de ficción: cómo perdiste el trabajo, cómo el banco te quitó el piso, cómo no podías trabajar de lo tuyo, cómo tu jefe te obligaba a hacer horas extra. El conjunto se titularía, cómo no, Episodio nacional de la crisis económica. Sería un engendro interminable, mucho peor que el Libro de arena inventado por Borges.

Esta quimera literaria es irrealizable, claro, pero ejemplifica mi hipótesis: la novela de la crisis será autoficcional o no será. Porque a través de la autoficción el autor le dice al lector que a él también le ha pasado lo mismo, que él también ha sufrido las consecuencias de la crisis, como todos. Por eso el imposible Episodio nacional de la crisis económica también incluiría Les possessions de Llucia Ramis: sería una de las mejores partes de la saga.

 

4. La crisis de la autoficción

La novela de Ramis demuestra que la autoficción no está en crisis, como señalan muchos críticos desde hace un par de años. Anna Caballé en «¿Cansados del yo?» hablaba de una fatiga de la autoficción, pero solo se trata de un lugar común de la crítica. La crisis de la autoficción es otra mentira editorial, como aquello de que «El hallazgo de un cadáver en el pantano de Olba pone en marcha la narración». De hecho, en España se han publicado recientemente varias novelas autoficcionales de alto nivel literario, síntoma de la buena salud del género.

Una de ellas es No voy a pedirle a nadie que me crea (2016) del mexicano Juan Pablo Villalobos. La crisis económica española está en el ambiente, a pesar de que los personajes son de diversos países, así como otros problemas endémicos de España: la intolerancia, los límites del humor o las tensiones con Cataluña. Por otro lado, ya desde el título el texto juguetea autoparódicamente con la autoficción: no va a pedirle a nadie que le crea, pero la novela parece autobiográfica, pues el protagonista también se llama Juan Pablo Villalobos, también es escritor mexicano en Barcelona y, además, Manuel Alberca, el gurú del pacto ambiguo, es un personaje.

Otra novela que lleva la autoficción hasta terrenos experimentales es Jambalia (2016) de Albert Forns. En ella, el escritor catalán relata su experiencia en un retiro literario en EE. UU. y las complicaciones por las que pasa para escribir su segunda novela. Además, sacude el polvo de los trapos sucios del mundo editorial y radiografía la precariedad laboral de los escritores, agudizada por la crisis.

Una última obra que merece formar parte del Episodio nacional de la crisis económica es Partir (2016) de Lucía Baskaran. La primera novela de la escritora donostiarra es un crudo Bildungsroman autoficcional: la narradora pierde su inocencia, su pasión por el teatro, su trabajo, su pareja, su dignidad. Es el peaje a pagar para ingresar en una sociedad en crisis. El relato de la violación sufrida por la protagonista es espeluznante y tristemente cotidiano: una lectura obligatoria para muchos, especialmente para los hombres.

Hay otras novelas autoficcionales que encajan en este mosaico literario de la crisis económica, como Los cinco y yo (2017) de Antonio Orejudo. Todas ellas —las obras de Ramis, Villalobos, Forns, Baskaran, Orejudo— confirman que la autoficción no está en decadencia. Como cualquier género que haya tenido su Boom, puede que el gran momento de la autoficción ya haya pasado, pero sigue siendo una fórmula muy válida, al menos si está en las manos adecuadas que narran las historias apropiadas. La autoficción no está en crisis: es la novela de la crisis.

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