Querido momento de ensimismamiento:

No sé cómo referirme a ti, ¿masculino o femenino? Creo que no es importante. Al menos hoy.

Llevo un tiempo queriendo decirte cosas. Te pienso y te traigo cuando me sugieres y me creas desasosiego y siendo así, me he visto obligado a explicarte a los demás para una mejor comprensión de mí mismo. Pero advierto, no sé si te definiré bien, es probable que no. Es evidente: seguro que no, aunque con esta carta trataré de siquiera intentarlo.

¿Cómo es el asunto? Pues me pasa mucho. No me quedo quieto. Físicamente digo. Siempre camino pensando en ti o contigo, y una de las ideas que con más frecuencia me inoculas es la sensación de no ser feliz en general o melancolía en particular. Siento tristeza unos cuantos minutos al mes gracias a ti. No más. El caso es que no soy capaz de explicarme por qué sucede. Me pregunto en esos momentos si la persona que me cruzo por la calle siente lo mismo que yo y con la misma cadencia. Analizo sus posibles desviaciones de felicidad y calculo matemáticamente cuánto tiempo será infeliz y si la razón que lo provoca es la misma que la mía, es decir: ninguna. El perro que tira de esa persona me resulta convencionalmente feliz porque ladra y respira. Observo esa acción compatible con la maldad y la bondad, cuando se ventila abriendo la boca mientras olisquea la meada de otro compañero que previamente tiraba de otro probable infeliz de quien tampoco puedo asegurar que lo sea más que yo.

Tengo que sentenciar en este punto de la carta que lo mío creo que no es grave, pero lo cierto es que eso es lo que siempre pensamos cuando nos asusta una verdad manifiestamente falsa pero afilada, tan real que te hace sentir como aquella vez en la que viajé 36 horas seguidas en un barco infinito de lo grande que era. Recuerdo verme rodeado de familias, turistas, amigos no míos, amantes…Todos pares y yo sólo. El único entre pares. El non. El objeto más solitario del planeta. Es esa sensación la que me inyectas. Un barco en el centro justo de un océano donde parece que sólo hay agua y gentes acompañadas de otras gentes, excepto yo. Miro desde cubierta y me imagino kilómetros de profundidad repleta de vida neutra. Apuro el cigarrillo y lo impulso haciendo pinza con el pulgar y el índice denotando una superioridad manifiestamente mentirosa.

También ayer, en el supermercado, viniste otra vez. Déjame que reconozca, sin embargo, que no fue novedad. Es siempre la misma cosa: me fijo en personas y por ejemplo en los frascos de ajo en vinagreta tan solitarios como yo, malviviendo en sus estanterías; queriendo deslizarse inevitablemente hacia un suelo encerado y brillante. Los siento deprimidos, sin posibilidad de ser ubicados en una cesta. Analizo su composición y empatizo con su causa avinagrada. Me acerco para ver de qué manera conviven unos contra otros. Algunos flotan o permanecen suspendidos gracias al roce del compañero que tienen más cercano. Compruebo que les han extirpado el interior, esa raíz que los hace ser de digestión difícil, incómodos y antipáticos. Pienso ensimismado en quien inventó la máquina que quita las raíces de los ajos en vinagreta. Si fue feliz mientras la inventaba y patentaba. Y mientras aquello me atraviesa vago como flotando hacia la pescadería. El carro de la compra tira de mí. Observo atentamente los ojos del pescado presuntamente fresco que me chivan que ya has vuelto. Giro 360 grados y presiento o deseo que todas las vidas sean peores, o mejores, o más pequeñas, o más grandes que la mía. El caso es que me fijo muy dentro y concluyo que no tengo materia con la que trabajar esa excusa. No puedo cincelarla y darle forma. La arcilla se corta, se moja, se gira, se recrea. Mi momento contigo, ensimismamiento, es seco e informe. Eso es, informe.

En el parque, en otro ejemplo constante, observo sonrisas y a ti a mi lado. Otra vez. Las hojas de árboles no perennes han caído siguiendo una norma universal y natural. El césped ha sido saneado y convenientemente abonado. El agua de la fuente cae siguiendo inercia y gravedad también universal. Lo moja todo porque todo lo tiene que mojar. No hay salvación. Pero tú, a mi lado, ¿qué diablos haces aquí? Todo es ruido y yo siento espaciarme. Mentalmente, quiero decir. Porque en esos instantes en los que me colmas yo me divido en cien mil trocitos de mí mismo como átomos de helio, tan simples de resolver por la mecánica cuántica. Y lo son después de las de hidrógeno. Dicen. Y yo soy helio. Pero los míos son trocitos dispersos y lúgubres, enanos y desventurados trocitos míos, todos, que lloran sin lágrimas porque no tienen razones. Te tienen a ti, ensimismamiento con forma de vida rara.

Vuelvo a casa después de hacer cien mil cosas diferentes. Amar, mentir, correr, sudar, trabajar, gritar. Y me sigues. Otra vez. Paso cerca de una obra. Observo a un obrero de una construcción más. El edificio sube gracias a su pericia y yo veo en él otro rasgo de infelicidad que haría que la mía fuera engañadora. Si él es infeliz con la suciedad entre la que trabaja yo debo ser feliz dentro de la limpieza en la que sufro mi propia vida. Y pienso en ese soplo de tiempo en que nada de lo que pienso es real. Que eres sugestión dopada a base de anabolizantes mentales de puro aburrimiento. Y eso que el mío apenas dura dos horas y cuarto al mes, pero puede que sean suficientes para concebirte, darte de comer, alimentarte, fecundarte y parirte otra vez. Será eso. Mi momento de ensimismamiento.

Te dejo ya, estarás cansado, o cansada. Yo lo estoy, pero no de ti. En el fondo me haces feliz. Tenerte, desearte cuando estoy sólo o acompañado de átomos de helio. De mí.

Cuídate mucho, nos vemos pronto.

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