Los únicos tertulianos necesarios son los indigentes. Los verdaderos patriotas. Los verdaderos libertarios. A ellos no les engañan. Ellos nunca nos mienten. El resto somos unos cobardes acomplejados. El español tiene miedo a perder lo poco que no sabe que tampoco tiene. La mayoría de los españoles sueñan con tratar a sus compatriotas tal y como les tratan a ellos sus jefes en sus trabajos, y la clase política en el poder. Pisar al de nuestro estatus, o al que todavía está por debajo. Estatus, que palabra más cabrona. Yo tengo el estatus de una piedra erosionada. Siempre áspera y sentimental. Puedo golpearte, claro, pero con la suavidad de mi teclado, y casi siempre por escrito. El estatus es una cosa muy nuestra. España está llena de pobres mentales. De desequilibrados psicológicos y financieros. Los indigentes piden a la entrada de las iglesias para joder al poder eclesiástico. Dar por el culo a Rouco. Cuando el amor homosexual entra por la Iglesia, la indecencia se esconde en el confesionario, en un colegio lleno de niños de pieles por explorar, en un valle donde descansa el “proto-Messi”gallego que no sabía jugar al fútbol, pero sí a torturar, y como el argentino, en lo suyo era el mejor. La Iglesia como bunker donde proteger a terroristas vascos. La Iglesia como es muy española, solo le tiene miedo a quien es más hija de puta que ella. La conferencia episcopal solo puede compararse con los indigentes en que pagan los mismos impuestos. En el resto son más pobres. Solo les separan los cartones. Unos duermen sobre ellos, otros los gastan en el bingo.

Una tertulia televisiva sobre la actualidad con indigentes sería pura magia. Ver lo invisible. Intentar comprender al que se sale de la norma, y lo más paranormal en estos sitios, por fin la “riqueza” moral se sentaría en esas sillas cansadas de llevar encima esos culos de nalgas tan separadas donde se pueden aparcar un par de bicicletas.

Áspera y sentimental como nuestra desconfianza. La amistad dura hasta que se le exige que lo sea. El amor es una obligación más, como pagar impuestos, como tener que trabajar, una rutina cuya compensación es que te mantiene en calma, y pone a salvo una mentira más, eso sí, ésta bella como todas las que merecen la pena.

España sentimental. El amor dura tres años dice Beigbeder en uno de sus libros. Pero eso es una cosa que puede valerle a los franceses. En España el amor nace y muere a cada segundo. Una mentira que te crees, y ahora no. La única verdad que puede durar toda la vida. Uno en España se puede enamorar en cualquier sitio, pero ninguno como en los bares.  Pero no hay que hacerlo de las mujeres que ríen, bailan o beben en la parte exterior de la barra. Esas mujeres solo existen en nuestras cabezas, es verdad que parecen reales, pero a veces la ebriedad y el deseo también te mienten. Son seres intangibles, como la posibilidad de que pase algo real, auténtico. Por eso no hay amor como el que te dan las camareras. Estás en sus manos, y lo saben. Conocen tu sentimentalismo y saben cómo ahogarlo bajo los hielos de tu copazo. Matarlo, hacerlo áspero. En la rugosidad y en su fricción, el amor resurge de entre los hielos y se eleva hasta los principios del vaso. Uno bebe y besa tal y como marca los tiempos la camarera. En cuanto me mira empieza a sonar en mi cabeza la canción de Julio de la Rosa que dice: “Y en un bar las camareras me quisieron animar, me enamoré de todas ellas y a una quise de verdad, acaso tú eres más feliz de todos los que nos enamoramos sin parar, no voy a cambiar jamás, no puedo cambiar”.

Pero los canallitas no podemos vivir sin nuestras “amigas extrañas”. Mujeres de verdad, sensaciones, líquidos embriagadores, sustancias que te abren los ojos, bellezas incorpóreas, imaginaciones demasiado táctiles. Sin “amigas extrañas” los canallitas nos morimos. Todas mis amigas son extrañas. Me gusta que sean así y que lo reconozcan ellas mismas. No es una virtud mía, sino de ellas. Me gustan con sus rarezas y manías, y la belleza que irradian al aguantarme. Que me quieran es una cosa que solo puede explicar la ciencia-ficción. Mis amigas extrañas son reales, yo las puedo tocar, zarandear e incluso besar para ver que existen de verdad. Ellas se dejan hacer porque yo soy como ellas, pero peor en todo, más feo, pero siempre masculino,  pero es que a mí, mis amigas me “ponen” en el sentido más amplio de la palabra. Me gusta que quieran estar conmigo, que quieran compartir su tiempo con un tío que solo piensa en canciones y palabras. Amigas extrañas que son musas para mi vida real.

Amigas extrañas que juegan conmigo y que quien pierde muere. Amigas que parecen estar muertas, desmayadas, pero que solo quieren que las veas tal y como son en toda su expresión. Amigas que se “mueren” para ti, que te las encuentras tiradas por cualquier lugar. Que dan la vida por ti a cambio de que te mueras con ellas. El canallita muere en cada momento que comparten con ellas. Un romántico que pierde la vida por los rincones de ellas y en los baños de los bares en los que habitan.

Y que nos fotografíen los que por desgracia siguen vivos. Enemigos envidiosos. El canallita es envidiado por estar muerto, también por estar vivo, pero siempre respirando sobre la realidad de la gente vulgar.  La muerte será nuestra mejor pose. La más auténtica.  Los mortales se tropezarán con nuestros cuerpos tirados y felices. Nuestras performance crearan cuadros de vidas eternas. Serán películas hechas de pintura en movimiento, brazos y piernas de mujeres que cambian de lugar, pero que siempre están en mi cabeza.

Amigas extrañas que no consigo quitarme de la cabeza porque son ideas que no se alcanzan. Amigas extrañas porque son las mejores ideas que nunca tendré y porque son de ellas. Son ellas. Son mi imaginación palpable.  Las amigas que no quiero que nunca me abandonen porque sin ellas no se me ocurre nada que hacer, ni que pensar, ni mucho menos hacer nada que sea creativo. Amigas que tocas con las manos mientras ellas están en sus casas de Gijón, Zaragoza o Madrid.

Amigas extrañas que llegan a tu vida para matarla. Que es necesario que lo hagan para hacerla mejor, más luminosa, que abren tu imaginación como no lo hace nadie más, pero que a cambio llenan de oscuridad el resto de tu vida.

Las camareras adquieren todo su esplendor en los bares de Madrid, los que mejor conozco y para mí los mejores, pero para gustos, colores, y Ágatha hace tiempo que dejó de pintar en el mundo. Y en el periódico también.  En La Tienta, cerca de la plaza de toros de las  Ventas, la rubia caraqueña torea con sus ojos grisáceos la realidad escrita. En esta taberna se han realizado faenas inolvidables, los toritos de dos patas entran al trapo de las “matadoras”, mostrando su cornamenta, embistiendo con fiereza y con el rabo espantando a los moscones.

En el  Sylkar o en Casa Dani, reina la tortilla de patata, pues pocos placeres como un pincho de este manjar humilde y sencillo,  con una caña de cerveza bien tirada. En la barra de estos bares he muerto y resucitado de placer. No como en los restaurantes de lujo donde la política y los negocios terminan de alimentarse de todos nosotros. La España religiosa bendice los alimentos antes de tomarlos, la España canallita los envenenaría en estos lugares.

Enamorarse de la camarera porque es la que te da la dosis de fantasía necesaria  para poder ver que lo estás. Nadie te ama como quien te hace ver el amor. El amor solo lo ve un borracho o un inconsciente. Uno se acuesta enamorado, pero es imposible estarlo al despertarse. Confundirlo con el sueño es lo que lo hace peligroso. Eso,  o que todavía estás un poco dormido. En la duermevela es donde España saca lo mejor de sí.

Todo español es un Quijote que ve lo que quiere y vive lo que no quiere ver.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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