Conocí a Martha Escudero en un curso de escritura y después pude verla actuar en las míticas sesiones de «Contes y Cuentos» del Harlem Jazz Club. Comparto con Martha un amor incondicional por las historias, lo que me ha llevado a proponerle esta entrevista por entregas.

Martha se ha acabado su café, enciende un cigarro y fuma muy despacio dirigiendo la vista a través de la ventana; no parece la misma que hipnotiza al público desde el escenario; me viene a la memoria un homenaje que le hizo a Frida Khalo en el Harlem Jazz Club. Se lo comento. Lo del Harlem se acabó, me responde.

¿Se acabó? ¿Cuándo?

Este mes de mayo tuvimos que dejar el lugar. Se dieron varias circunstancias, una muy importante, la gentrificación del barrio. Nosotros actuábamos todos los sábados a las ocho y media de la noche desde hacía veintiún años pero nuestro espectáculo era para gente de la ciudad, no para turistas. No era la primera vez que teníamos una temporada floja; cuando empezamos era una locura: ciento veinte personas ahí dentro y luego, con sus más y sus menos, nos instalamos en cincuenta personas por sesión, que no es nada despreciable. Pero al cumplir los veinte años se inició un descenso acusado y el espacio tampoco era ya compatible con la propuesta.

No buscasteis otro local, lo visteis como el final de una etapa.

Sí, era el momento de tomar aire. Y en mi caso, hace un par de años empecé otro proyecto con Arnau Vilardebó, un compañero maravilloso, y estamos programando espectáculos de narración en un local de Gracia que se llama La Ruqueria Querubí.

¿Qué nombre es ese? (“ruqueria” vendría a ser algo así como “burrería”, o sea, tienda de burros).

Es que era una perruqueria (peluquería) y le borramos las primeras letras (risas). Estamos programando temporadas de espectáculos de narración cosa que no existe en España y yo creo que ni en Europa: el mismo espectáculo tres fines de semana seguidos: viernes, sábado y domingo. Nueve sesiones. Somos prudentes (risas).

¿Qué tal está funcionando?

Como narradora te puedo decir que es la cosa más especial que he vivido porque algunos espectáculos que tengo montados desde hace veinte años se han transformado totalmente: lo haces un día y al siguiente y al siguiente, y todavía no tienes tiempo ni de respirar cuando igual ya llegó el próximo fin de semana y aquello sigue creciendo y transformándose.

¿Dices que se transforma?

Sí. Escuchas muchas frases muy románticas cuando entras en el mundo de la narración, como por ejemplo: los cuentos son como un còdol, una piedra de río que se va alisando, se va puliendo… y tú dices: ay, qué bonito (risas).

¡No entiendes nada!

¡Nada!, pero cuando realmente lo vives, ves que es así. Como narrador, dependiendo del momento de la vida en que te encuentres la misma historia que tú has estado explicando desde no sé cuándo, un día te sorprende con algo que no habías sido capaz de ver antes. Y el trabajo de rehacer, ajustar, quitar y poner es muy enriquecedor.

¿Y el público que va a ver vuestro espectáculo responde a algún perfil concreto?

No necesariamente. Al principio del Harlem, venía gente joven, después esa gente tuvo hijos y ya no pudo venir y la media de edad comenzó a subir hasta los cincuenta años aproximadamente. Pero con esta nueva propuesta de la Ruqueria  —que se llama «Dit i dit»—, la cosa ha cambiado porque la gente llega a través de Atrápalo.

¿Y eso qué implica?

Que entran en Atrápalo y dicen: a ver qué hay, cuánto cuesta y dónde está. Llegan un poco a la aventura y se van maravillados. No saben que han visto un espectáculo de narración oral y es fascinante cómo responde la gente, cómo agradece sobre todo la cercanía con el artista. La narración oral es así, conseguir crear esa sensación aunque tengas un teatro con mil personas. Y viene gente de todas las edades, incluso familias con adolescentes. Así que está siendo un experimento bastante interesante, estoy muy contenta.

 

Si el público responde así, no está todo perdido. ¿Crees que cada civilización necesita sus propios narradores?

Sí. Yo lo aprendí con los años y ojalá alguien me lo hubiera explicado antes. Y siempre les insisto a las personas que quieran dedicarse a esto que entren con el compromiso y la necesidad de contar aquí y ahora. ¿Por qué a los niños les sigue gustando Caperucita Roja?, los más pequeños no entienden ni la mitad pero les encanta ¿cómo es posible? Porque como buen cuento tradicional está cargado de una simbología muy poderosa.

Teniendo en cuenta el actual marco de lo políticamente correcto, ¿consideras que, en general, los cuentos son aptos para niños?

Te voy a explicar una anécdota: una compañera estaba preparando un espectáculo que iba a presentar y dentro de esta sesión había una versión de Barbazul (un cuentazo que da pa mucho) y este cuento no era exactamente para orejas demasiado pequeñas. Pero tú te vas a un pueblo en una sesión de las ocho de la tarde y es inevitable que aquello se llene de niños. Ella empezó a sufrir horrores, qué hago… Yo le dije, no te preocupes, tú cuéntalo, también puedes hablar antes con los padres y advertirles.

¿Y qué pasó?

Pues lo que tenía que pasar: hubo un momento en que la niña más grandecita, que ya entendía lo que el cuento estaba explicando, se movió muy delicadamente hasta sentarse en las piernas de su madre. Los otros, más pequeños, fueron cayendo dormidos. Fue exactamente eso que la gente explica cuando rememora su infancia: Ahora entiendo lo que mi abuela contaba cuando era niño, los niños estábamos por ahí pero los cuentos no eran para nosotros. Pero por otra parte, los niños son poseedores de ese pensamiento divergente, ese pensamiento maravilloso de posibilidad por el que pueden entender muchas cosas sin ninguna carga moral. Tenemos mucho que aprender de ellos.

Has mencionado Caperucita Roja, Barbazul… no parece que los cuentos tradicionales estén pasando por su mejor momento.

Lo que está pasando con los cuentos tradicionales es una pena. La narración oral es algo histórico, humano, un evento comunitario que existe desde siempre; los cuentos se contaban para que la gente la pasara bien pero también porque era el modo transmitir una serie de valores, usos y creencias. Ahora pareciera que los cuentos solo tienen una función: o sanan o enseñan, como lo que te piden en las bibliotecas: cuentos sobre diversidad o sobre igualdad de género pero… ¿y el arte dónde está? Porque la narración oral tiene también un valor artístico que no se está teniendo en cuenta y ahí es donde hay que insistir y reivindicar.

Sin embargo muchas historias que se escriben hoy día para el público infantil lanzan mensajes poco realistas.

Exactamente: no hay malos en el mundo, no te vas a morir y vas a triunfar. Pero eso no es cierto y no podemos negarles a nuestros hijos las herramientas para gestionar eso. Porque además la narración oral nos da herramientas para hacerlo: ¿Cómo es posible que ellos le tengan miedo al lobo si en su vida no han visto un lobo? ¿Cómo puede ser que los niños lo entiendan? Pues porque es un arquetipo muy potente que representa esa parte salvaje que puede llegar a comerte y eso de algún modo está en nuestro ADN. Por eso tenemos el compromiso como artistas de contar eso aquí y ahora, siendo conscientes de qué estamos tocando, porque lo que tienes entre manos es material sensible y esas cabecitas son una esponja.

No parece una tarea fácil.

Por supuesto, ya no está bien visto que Hansel y Gretel quemen a la bruja pero ¿tú sabes el impacto psicológico que les supone eso a los niños? En los cuentos tradicionales todo tiene un peso simbólico muy importante pero en nuestra sociedad actual, esa parte ha desaparecido. ¿Cómo le explicas tú a una madre preocupada, a un bibliotecario o a un profesor que el pensamiento de los niños raya lo mágico? Ellos entienden perfectamente que cuando dices «había una vez» te vas a otro mundo donde todo puede suceder y que si al malo le arrancan la cabeza, lo hacen pedacitos y se lo comen, no pasa nada. Ellos saben dónde están, es el adulto el que se escandaliza porque ya no es capaz de entrar en ese mundo.

También se están denostando muchos cuentos clásicos por cómo abordan (o no) la cuestión de género.

Me indignan las barbaridades que se dicen porque se habla desde la ignorancia. Dentro del maravilloso mundo de los cuentos hay infinidad de historias con heroínas. Hay un libro que es el Pentamerón, está organizado como el Decamerón, con un cuento marco que contiene cinco jornadas de cuentos —lo ha editado Siruela—, y es un libro muy bonito. El cuento marco es la historia de una princesa que vive una aventura similar a la de Ulises volviendo a Ítaca, ¡una mujer protagonista en el marco de un conjunto de cuentos del siglo XVII! No estamos inventando nada, simplemente por cómo la sociedad se ha organizado —la sociedad patriarcal— toda esa parte ha ido fuera. Por tanto, si ahora se están poniendo en este plan me parece muy bien, pero simplemente hay que echar una revisadita de lo que ya tenemos.

¿Y qué opinas sobre las nuevas heroínas de las películas infantiles?

Yo estoy contenta de ser mujer con las maneras que tenemos nosotras de ver el mundo, que son otras a las de los hombres ¿Por qué nos vamos a cortar las venas? ¡Son otras! Y a mí que pongan a una chica luchando con una espada…

Parece que en Disney aún andan un poco desorientados.

Aquí tengo que discernir. Si hablamos del señor (Walt Disney), él hizo lo que tiene que hacer un narrador que es contar los cuentos dentro de su marco social, para mí lo hizo perfecto.

¿A qué te refieres?

Cuando digo «contar aquí y ahora» parto de la base que el cuento tradicional sobrevive al paso del tiempo porque tiene una estructura sólida y unos símbolos capaces de adaptarse a cada época. Para mí el caso más claro es el de la Bella Durmiente. La Bella Durmiente en la versión del siglo XIV es una mujer extraordinaria, muy lista, muy bella, súper seductora. Y los hermanos Grimm en el siglo XVIII le dan otros dones: tú no eres valiente, no eres seductora, no eres decidida… tú eres rica, eres bella y eres prudente. ¿Qué iba a hacer Walt Disney cuando tomó esa versión para su película? Lo mismo. Y en caso de adaptar o actualizar estas historias se tiene que hacer muy bien para no desvirtuar la esencia de cada personaje y de la trama, la carga simbólica que es el motor de estos cuentos tradicionales; los personajes no tienen personalidad, son arquetipos muy antiguos que ya son reconocibles: el lobo, el dragón, la bruja… no tienes que decir más nada más. Lo que hay que saber es qué está representando una bruja en un cuento y tienes que hacer un gran trabajo previo para hacer la traslación. Eso de que la caperucita y el lobo se hacen amigos, ni de coña. Jamás. El lobo representa algo mucho más profundo que el animal en sí. Se ha tratado toda esta literatura tradicional con poco respeto, desde el desconocimiento total sin considerarlo no solo con una carga simbólica si no también sin reivindicarlo como una obra artística de la humanidad.

Quizá cuando los padres exigen (exigimos) que a los niños se les expliquen ciertas cosas y no otras estamos eludiendo la responsabilidad de tener que contestar ciertas preguntas.

Para mí lo de explicar estos cuentos es una manera de convivir con el arte como cuando antes la gente tocaba un instrumento o cantaba o pintaba, y ahora ya no. Estamos en un momento un poco triste con el arte.

«Estamos en un momento un poco triste con el arte».

 Tras dos horas de conversación con Martha, esa es la frase que se ha quedado revoloteando en mi cabeza. ¿Por qué hemos dejado de explicarnos historias en el ámbito privado? ¿Es posible que con esta oleada indiscriminada de lo políticamente correcto y la perspectiva de género estemos malogrando un valiosísimo patrimonio de cuentos tradicionales?

No quiero deprimirme pero mi cabeza sigue centrifugando: ¿No será que esto de la narración oral es como hacer el amor que, aunque todos llevamos la pulsión dentro, cada uno hace lo que puede?. Sigo pensando y me doy cuenta de que entonces, como también sucede con la narración oral, están los que con trabajo y esfuerzo acaban mejorando y los que opinan que ya están bien como están.

La conclusión no tarda en llegar: hay que ver más espectáculos de narración oral.

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