Si Antonin Artaud había estado callado todo el tiempo aquel día del entierro de René Crevel junto a sus amigos los surrealistas, no era por falta de argumentos, sino porque sus pensamientos hubieron entrado en esas horas en la más absoluta de las oscuridades. Volvían las referencias a las ideas del mal como una pintura oscura y visionaria de William Blake. Regresaban los filamentos eléctricos neuronales de las bombillas a encender los negros espíritus, cuchillos sobre sus cejas, herramientas de labranza en el iris de sus ojos, animales salvajes recorriendo su cabeza de poeta maldito en la soledad de París.

Era como si todo formara parte de todo un violento golpe de arena, como si todo el temor de repente le zumbara el cuerpo y le dejara quien sabe si para siempre los números cómplices en ese rincón que aún existe -creedme- en la prehistoria del hombre. A. A. no podía librarse de la idea de la muerte. Realmente el día en que René Crevel murió le dejó mucho dolor sobrepesado a las puertas de su alma. Por eso estuvo tan callado. Porque todo de repente regresó con intensa violencia y todo le pareció una conspiración contra él: Cocteau, con sus manos de Jebel Ihroud; Picasso, como salido por su aspecto de minotauro de la tumba del faraón Seti I; Robert Desnos, sentado no en una silla del Deux Magots, sino en los dólmenes de Mesopotamia; Marcel Arland, como salido del hachís del Magreb, en un demonio de humo y pescado; Roger Vitrac, su íntimo amigo, cruzando en sangre el río Omo; Giorgio de Chirico, que en un momento comió un pan y lo cortó no con un cuchillo sino con hojitas de Dufour, como queriéndole cortar a él la yugular, y finalmente Breton -cómo no-, cuyas palabras sonaban como las campanas de Nôtre Dame excesivamente funerarias, porque había llegado la hora de la muerte de Antonin Artaud.

Aquel día de la muerte de René Crevel Artaud lo pasó realmente mal, pues el ataque de pánico era tan intenso que llegó el momento en que ni siquiera podía moverse de allí donde estaba sentado y, justo cuando cambiaron de café, cuando todos se dirigieron al Café de Flore, era tanto el susto que tenía que no pudo por menos que seguirlos, como si aquellos amigos tuvieran que salvarlo del Anticristo nietzscheano. Y ocurrió que fue ya en el cementerio de Montrouge donde todo empezó y el entierro del viticultor de Morbihan no era el entierro del viticultor sino su propio entierro. No hay, pues, otra razón para comprender que, cuando Roger Vitrac se levantó para atarle el zapato a Marcel Arland, en el fondo estaban concertando el día del asesinato de Antonin Artaud.

Fue de ese modo, pues, sí, pues, como la conversación que habían mantenido Cocteau y Desnos sobre el existencialismo no traía como consecuencia otra sino oradar en lo más profundo la herida ya profunda del sentido de la vida y de la visión de las cosas que él mismo tenía. Para Artaud el existencialismo sólo desentrañaba un sentido amargo de la dialéctica vital en su focalización del mundo.

Artaud, Antonin Artaud, iba caminando por el boulevard Saint Marcel, obsesionado consigo mismo, cabizbajo, hablando solo, como tal vez lo hiciera Maupassant tan sólo hacía unas décadas, después de las veladas de Médan, junto a Zola y Heninque, después de haber trabajado en varios ministerios y haber admirado a su maestro Flaubert, tras las apasionadas aventuras amorosas, como lugares de culto, y siempre, como en Artaud, entre las alucinaciones de su locura.

Artaud seguía pensando que aquellas conversaciones del Deux Magots tenían como fin acabar con él. Por eso él siempre creyó -¿psicosis o neurosis: vaya usted a saber? que aquel diálogo que mantuvieron Roger Vitral y Giorgio de Chirico sobre la Revolución Francesa tenía como fin último una de dos: acabar como Robespierre o Marat o hacerlo como Luis XVI o Maria Antonieta, pero seguro que de la Revolución ese día él no salía vivo. Para complementar la confusión al ya casi difunto poeta del absurdo que fue Artaud se encontró con un huraño César Vallejo en una esquina para cuando acabara la reunión apalizarlo por la constatación que Vallejo tenía, el gran Dios, según Picasso, de su obra literaria, a menudo tan cruel.

Artaud ahora se dirigía por el Quai Saint Marcel e iba pensando que Aragon y Elsa Triolet se habían incorporado tal vez un poco tarde a la reunión de los surrealistas con la intención de envenenarle, suministrando un líquido letal en su copa de vino. Por eso estuvo todo el tiempo pendiente de las manos de aquellos dos amantes. No podía Artaud, en su vagabundeo por las calles mojadas de París, de otro París, de otros días al del entierro de René Crevel, preguntarse por qué razón Sartre y Picasso se habían preocupado tanto de hablar sobre un sentimiento tan odiado sobre cómo era o no era el amor. ¿Acaso para herirlo? ¿Tal vez para buscar en él el Johannes Kepler de un sentimiento de una Babilonia fea y teológica o quién sabe si una constelación de Piscis?

Tampoco A. A. podía preguntarse por qué Marcel Arland y Robert Desnos habían mantenido una reflexión sobre la melancolía y la soledad si no era para verificar que él mismo era el hombre más solo del mundo, el hombre que estaba haciendo de la tristeza de Charenton el episodio de su locura, porque Charenton, como a él le podía suceder, había acabado con su vida por una sobredosis de opio, o, no se sabía a ciencia cierta, por una dosis mínima de arsénico, antes de que sus amigos le financiaran un viaje a Londres, mucho antes de que leyera viejos pergaminos del siglo XV que habían sido vendidos al peso por el párroco de una iglesia para hacer moldes de costura y en los que por fin pudo asimilar aquel lenguaje imposible.

Artaud, debo decirlo, temía a la muerte, pues jamás quiso ser enterrado en una tumba mediaval. Artaud había asimilado que la soledad llevaba implícita la muerte, como en Charenton, como en Byron, quien durante toda su vida tuvo que estar enredado en mil aventuras para escapar del hastío, del spleen baudelairiano, como en el propio Baudelaire, tan influenciado por Joseph de Maestre y Poe, odiador de Aupick, internado de adolescente en el Collage Louis-le-Grand, como si fuera una violencia de anís, amigo de Gustave Levavasseur, de Ernest Prarond, de Saint-Beuve, de Louis Ménart, etc. etc. etc. -quien quiera la biografía de Ch. Baudelaire que la busque, que a mí es que pasa que no me da la gana-. Lo único que sé ahora mismo en que esto escribo es que Baudelaire está enterrado en el Cementerio de Montparnasse. Cuando voy a París, siempre le dejo en su lápida mi única flor del Mal. Y punto y seguido.

Antonin Artaud, digo, decía, en aquel vagabundeo por las calles de París se sentía tocado por las frías manos de la locura. Pensaba que en aquel momento preciso en que todos los surrealistas estaban sentados alrededor de las mesas de la terraza del Café Deux Magots sucedieron cosas muy extrañas que iban en contra de él. ¿Buscan ustedes ejemplos? Ahí van: A. A. creía que, cuando Louis Aragon y Elsa Triolet metieron las manos por debajo de las mesas lo hacían para sacar inmediatamente un arma y atentar contra él, dejando todos -caramba con los amigos- su cadáver exquisito allí tumbado, en aquel café tan público y célebre hasta que llegaran los gendarmes y no se les ocurriera otra cosa que dar por cerrado el caso.

Artaud ya había cruzado el puente sobre el río Sena y se encontraba ahora en la avenida Ledru-Rollin. Por fin entendía ahora el cambio del Café Magots al Café de Flore donde se encontraban Raymond Queneau y Jacques Prevert, acción que sólo se justificaba si no era para fortalecer la fuerza de la conspiración, de la misma manera que aquel enfrentamiento entre Picasso y Aragón y Elsa Triolet sobre el amor carnal. Para Artaud aquello se había realizado únicamente para debilitar su ya escaso trato carnal con las mujeres, a las que consideraba artefactos extraños dentro de su mundo interior. El uso de la prostitución era más inusual en Artaud que el uso de los fumaderos de opio. Sencillamente porque su fisiología le solicitaba con prontitud la utilización de los paraísos artificiales baudelairianos como hecho funcional y vivible, así como un periodo que cercenó para siempre su salud sexual, a la cual no le prestaba excesiva atención, por mucho que la frecuencia pudiera considerarse dentro de la norma.

Pero lo que ya totalizó su constancia y seguridad desde aquel día de la muerte de Crevel en que los surrealistas habían decidido acabar con él fue lo que ahora sigue. Sí, lo digo aquí con furia o halago, con siniestra o diestra opinión: fueron las palabras entre Breton y Cocteau sobre la idea de Dios, las últimas que escuchó el último día antes de morir Antonin Artaud.

Suele pasar. A los cementerios hoy en día ya sólo van a recitar los versos del muerto el propio muerto en calavera y gran belleza expuesta en este lienzo bello que es el mundo o, mejor, en este cuadro blanco en que alguien debería pintar aquello que escribió mi maestro E. M Cioran: “La Tentación del Existir”.

Fin de la serie televisiva en prosa sobre mi Antonin Artaud. ¡Hala¡, a leer quien así lo deseare.

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