LA INFANCIA: ENTRE LA NEUROSIS Y LAS INYECCIONES DE LOS HOSPITALES

Antonin Artaud fue un poeta con la mala perra de la vida, entre el teatro de la crueldad y un París de surrealismo diamantino. No supo mantener la claridad del mundo, porque el mundo se le había desaparecido ya en la infancia, cuando su padre era armador francés y su madre de herencia levantina. Vivió para sufrir, que ya se le notaba en las primeras películas que le filmaron y protagonizó el delirio de los indios tarahumaras en un México de peyote y alucinógenos. Que Breton lo acogió y lo echó, porque Breton era mucho Breton y no quería actores que pesaran los nervios. Artaud vivía en París cerca de Miró y ambos se iban a fumar opio a una casita de bromas para dar el escándalo, pero Miró era muy conservador y sólo metió un par de fumadas, luego se apagó, siguiendo Artaud con la fumata intentando calmar sus neurosis. La relación de Antonin Artaud y las drogas tiene su principio en Freud, un análisis sintomático que procede de Marsella, lugar en que nació y que nunca será esclarecido, porque nunca se estudió, pese al dolor que ello le causó. Detestó la rutina, porque jamás se detuvo en el tiempo que le tocó vivir, siempre anduvo por los caminos más arriesgados, la vanguardia, el teatro oriental, las crisis nerviosas, Alfred Jarry, la numerología, Abel Gance, la oficina de investigaciones surrealistas, el ombligo de los limbos, Heliogábalo, Irlanda, El Havre y así todo seguido…

Hay una foto de Artaud de cuando tenía 22 años y estaba rodando una película, no recuerdo ahora cuál, y no voy a buscarla ahora en el ordenador, en que viste gorra de marino y asoma sus ojos claros y lúcidos dando la impresión de una especial cordura y hermosura. Se trata ahí de un hombre nuevo, inteligente, sano, bello, con pinta arrebatadoramente de poeta, como Rimbaud en su famosa fotografía de dieciséis años. Pero en esa foto Artaud ya está minado de locura, disimulada, invisible, pero insertada como lepra que corroe. Artaud tenía la belleza de Modigliani y llegó a París, como Modigliani, con la cruel intención de apretar el motor de todos los verbos transitivos, para inscribir la naturaleza del arte en las aceras mojadas de las calles de la ciudad. Se coló en la fiesta de los surrealistas. Era 1924 y Breton había recién sacado su primer Manifiesto Surrealista. Artaud trajo el hermetismo y su dureza de monstruo, mientras seguía escribiendo con melancolía. Su compaginación con el mundo, errático y volátil, como el albatros de Charles Baudelaire, poeta al que admiraba, era la actualización de los sueños, junto a la vigilia. Hay una frase curiosa: “los poetas montan sobre caballos, perros”. Es éste un Artaud que busca la trasgresión, el impulso que rasure la normalidad y la trice en un golpe oscuro, devorando la norma canónica. Tengamos en cuenta que en el surrealismo bretoniano todavía se experimentaba con cierto conservadurismo y con ciertos tópicos. No estaba hecha del todo la revolución de la vanguardia más pura, que vendría más tarde. Artaud, en este sentido, se adelanta y de ahí quizá su canibalismo con Breton. Supongamos que el poeta negro abandonó el surrealismo bretoniano años más tarde, porque no llegó a asimilarlo del todo y porque no aguantaba más el narcisismo de un líder tan hostigador como Breton. De modo que Artaud cogió sus palabras y se fue por el mundo entre ciudades bárbaras para escribir el teatro de la crueldad y para convidar, aunque fuera fugazmente, el bello examen nervioso de la modernidad.

LA MENINGITIS

Artaud, ya digo, no tuvo suerte en la vida. Una cosa es buscar el monstruo y otra que aparezca. Contra él cayeron todos los heraldos negros. A los cuatro años de edad sufre un grave ataque de meningitis, cuya consecuencia es un temperamento nervioso e irritable, interpretado también como síntoma de una neurosífilis adquirida de uno de sus padres. La muerte de su hermana Germaine, en 1905, lo marca profundamente, hasta el punto de perderse entre arquitrabes todos los atardeceres de Marsella. Vale la pena anotar que por aquel entonces es una persona extremadamente devota. En 1914, luego de sufrir una crisis depresiva, durante sus estudios, piensa en inscribirse en el seminario, lugar para los poetas arponeros. El catolicismo, pues, influye en la vida de Artaud y en su obra desde muy joven. Su influencia lo hará oscilar entre el ateísmo declarado, entre atlánticos sucesos, y la devoción excesiva (que se manifiesta durante sus crisis nerviosas ya en 1943, llevándolo a un extremo de piedad incluso antisemita). A los dieciséis años, como Rimbaud, empieza a escribir versos y, tal vez también como Rimbaud, comienza a sufrir profundas depresiones que le sirven para asolarse en un centro psiquiátrico durante seis años. Rimbaud, todo hay que decirlo, tuvo mejor suerte y se fue a París para conocer a Verlaine y para vivir su propia temporada en el infierno. El infierno de Artaud queda reflejado en sus versos, recreado en las asombrosas aspas de una metafísica de adolescencia buscadora, asomada al azul, entreverada de chillidos.

 

En aquellas habitaciones de la oscuridad psiquiátrica, el joven Artaud escribe para sí, como un pedazo de nervios, con preciosismo poético, limpiamente, pero en negro, atrincherado entre el frío de sus manos que no escriben, pero que sí escriben, porque lo escriben todo o nada, para nadie, contra nadie, contra todo o todos, porque no hay lugar para el mundo para nadie que no esté en su sitio sino sólo la resistencia del olor de la sopa, siempre la misma sopa, fría como sus manos, de poeta frío, de poeta loco, joven al que nadie lee. Porque -sigo narrando- no queda nadie por el mundo, nadie, no queda nadie por el mundo, solo su soledad y el viejo que siempre dice la misma palabra, la palabra maldita, la que nunca hubiera querido escuchar, la que nunca escuchó, entre las pastillas y la medicina que relaja, la relajación del sueño y los días que pasan como pájaros oscuros por encima de los árboles, siempre los mismos pájaros, siempre los mismos árboles, y los jardines del hospital que se llenan de enfermos cuando el sol les atribuye el nombre y la esquizofrenia late como un poema de Apollinaire mientras la astrología se remueve con la luna, por la noche, cuando Artaud ya duerme en su cama, cansado de la astucia y de la brevedad de los idiomas. Porque -sigo narrando- ya sólo queda el idioma para no ser comprendido, para pesar los nervios en la balanza de los tauros, ah, Artaud, cuánto dolor entre mano y mano, tan frías, afectadas por el hombre, que ya nada sabe de ti, sólo la piedra, sólo el fuego, todos los fuegos, recortándote la silueta, mientras regresan los anopluros a tu cuerpo y tú te rascas para que mañana sea viernes y se esconda quién sabe si para siempre la melancolía.

Artaud fue el artista más sincero consigo mismo y con su creatividad que se pueda imaginar. Decía que la niñez era como la muerte, su niñez, su muerte. Nadie se libra de la locura después de la enfermedad. Es irremediable. Se trata de una anotación en un cuaderno. Como si los juguetes empezaran a romperse, a destrenzarse. Recordarás esta infancia como el más absurdo de los encierros. ¿Con qué son los recuerdos vagos después de una meningitis? ¿Cómo abordar el mundo cuando se ha roto el cuerpo? Vivir entonces parece una cacharrería, una luxación de carne entre tanto público. Saber que nada va a volver a tener el mismo apetito, ni que nada va a ser lo mismo que antes. El azul del cielo con color de tormenta entre el electroshock de las tardes de las batas blancas y el olor de la lluvia, enjugada en llanto, confundido entre el aroma de la jeringa de la penicilina salvaje. ¿Quién te ha hecho esto, Artaud?

Así nos entendemos -eso creo, yo, que soy el que esto narra-, desde el juego del arte, desde la respiración lenta, desde el zumbido de los pulmones, mientras todo empieza o acaba, en el aniversario del anonimato, babeando salivilla de santo, entre espasmos de cuerdas vocales, en el azumbre de la genialidad. Puedo oírlo, el sonido de la escritura sobre el papel que se rehace, en el cobre de los ojos lejos de Artaud que nunca llegan a Artaud, porque nunca estuvieron. Puedo -sigo diciendo- sentir el llanto de la existencia, el caballón de la voz que dice pero que no dice en su mudez de siglos hasta alborotar los tímpanos. ¿Quién te ha hecho esto, Artaud? Nadie tuvo la culpa. ¿Quién no ha sido Artaud alguna vez? En el silencio de la noche, en el invierno de alguna noche, después de la tos de los hospitales, entre el remedo o la nostalgia, pasado el desamor o las caballerizas, sobrado el cierzo o entre las purgas del nazismo, más allá de todo, siempre, más allá de todo, cuando se hubo acabado los poemas de Neruda, ¿quién no ha sido Artaud alguna vez?

Desde hace tanto tiempo que el tiempo brota, como el agua de las cigüeñas del verano pasada la esquizofrenia, entre cifras multimillonarias, columpiadas en los termómetros de todas las ciudades, desde la Nueva York de Walt Whitman hasta el Trieste de Joyce. Así nos entendemos. Practicando sólo los músculos de las gargantas, recostados en la cama de la vieja habitación del hospital, como Artaud cuando lloraba en silencio, entre zumbido de abejas y cigarros de políticos, sobre las páginas de los poemas y el frío de la leche. Si uno pudiese descansar de su cansancio. Si uno pudiese morir en ese preciso momento. Si el mundo se acabase con el mundo cuando el mundo pertenece a la vida más intensa. Ah, muerte completa, ay golpes tan fuertes en la vida… qué sé yo.

Si Vallejo brotó en Artaud fue desde su pensamiento surrealista, luego en París, entre la miseria y el cine. Pero ahora estamos en la infancia/adolescencia. En un Rimbaud de connaturalización patológica, frente a los ejércitos de las modernidades estéticas, cuando los libros ya se han caído de las estanterías y sólo queda el hueco como gran materia del hambre, para que vengan las camisas de fuerza a atar la costumbre y las guerras, entre esparto y gaviotas que atardecen, cuando ya se ha perdido el conocimiento y la luz se ha vuelto a apagar y nada queda por hacer, sólo el silencio y la soledad, en la habitación de estar, con todos, con nadie, con todos los locos, con nadie, con el sacrificio del cerdo, en la incongruencia, conjugando verbos que jamás tendrán sentido. Porque -¡ah, niño Artaud¡- nada vale la pena, sólo la inyección, el calmante para dormir, la colisión entre la vida y la muerte, entre el instante y el universo. ¿Quién dijo que la niñez era la muerte? Apenas Artaud lleva seis años muriéndose y nadie ha venido a decirle nada. Él mismo se ha tenido que echar colirio en los ojos. Se ha colocado el sistema nervioso en el hombre que no ha sido. Ha coincidido con el monstruo de sus manos ateridas y las ha mirado, blancas, dos, las manos, rotas, breves, cojas, abiertas, barrocas, escriturables, adolescentes, casi muertas ya, para vivir tan sólo dos días más.

Y ha vivido sus días de joven inquieto como Péndulo tuberculoso y nevado, en los otros papeles de Cotiledonia, retornando siempre a los diarios de signo. Antonin Artaud ha muerto. Se le ha visto en los últimos días beber ese formidable trago de veneno que bebiera Arthur Rimbaud y se ha quedado en la cama tumbado esperando a que le saquen con las piernas por delante, pálido de nuez, intenso de picos, luz de blancuras, bellos cementerial, como si fuera Alfred Jarry antes de su teatro.

Reconocerse en Antonin Artaud es una pose no muy dada que practican aquellos que habitan algún tipo de infierno, como Gérard de Nerval o Guy de Maupassant o el mismo Alejandro Sawa. La creatividad como manifestación de un nervio vivo por el cual las formas vivas se cementan en los equilibrios negros. Todo artista está tocado por un mal equilibrio. Los hay que tienen mayor suerte y sale indemne del suceso y los hay que no se recuperan en su vida. Guy de Maupassant tuvo el mismo historial clínico que Antonin Artaud. Por vía genética le sobrevino el mal y no le abandonó hasta que en 1893 muriera en un manicomio entre camisas de fuerza y accesos de violencia, a los cuarenta y dos años. Maupassant mantuvo durante toda su vida ese romanticismo negro que Freud no tardaría en fechar como “una mala infancia”, resolviendo, Maupassant, los dolorosos años, entre el naturalismo y la morfina, entre las veladas de Sedán y la fama como cuentista, entre la “Bola de sebo” y la toxicomanía. Seguramente fue Maupassant el mejor autor de relatos de todo el siglo XIX, pero tuvo que echarle agallas a una vida más perra que vida que le asesinó el anfitrión de la palabra dulce y le llevó al derrumbamiento, entre alucinaciones y microbios no resueltos. Su pasión por las mujeres no le actualizó la acuarela de la cordura. Brotó en él el tiempo de los asesinos y buscó en las drogas el refugio de sus oscuras navegaciones interiores. Hombre acuchillado, como Artaud, Maupassant acudió a la vida roto el espejo entre litros de espanto y deseos de almadrabas, acorralado por el tiempo, como hombre sin fuerzas que fue.

Antonin Artaud a su vez entró en el vientre de los pulmones, como una antisocialización de siglos, para que no le viera nadie, para ocultarse de todos, por miedo a los que avasallan, a los médicos, a los poetas, a los padres, a los sacerdotes, por temor a la avanzadilla del lenguaje, que todo se lo traga, hasta el proceso ontológico del placer y de los vicios, “hay quien llama virtudes a la pereza de sus vicios”, dijo Nietzsche, antes de agarrarse al caballo en Trieste. Entendamos, pues, que la belicosidad de Artaud era ficticia, más bien inventada, pues sus ojos claros impedían todo indicio de maldad, como así lo dejó escrito en el centro de su propio averno Edgar Allan Poe, que también tuvo algo de poeta negro: “el demonio del mal es uno de los primeros instintos primeros del corazón humano”, aunque para Juvenal “nadie se hace malvado de repente”.

Artaud, en aquellas hospederías de juventud todavía no se había hecho malvado, su malditismo, que le acompañaría como eslogan en beldad durante todo el siglo XX aún estaba en ciernes, lo único que le ocurría era que los poemas le salían, a la luz del atardecer, preciosos de belicismo, untados de beleño, acelerados de pastillas. Podemos decir que su bellaquería no era beligerante, sino asexuada, latente en una contradicción blanquinosa de siglos, amarrada al sur de los puertos de Francia, entre el perfume de la sal y barrios marineros. Artaud, en aquellas fechas de los declives, había descubierto a un hombre de carne a la intemperie y, como Villon, estaba dispuesto a holgazanear su independencia, una vez abierta la puerta del sanatorio.

 

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