Han pasado los años y Antonin Artaud se ha ido serenando en una ciudad en la que habitan unidades primitivas de palabras aireadas hacia las zonas de las vanguardias. En 1924 conoce a Breton, quizá antes, y se deja llevar por la bayadera del surrealismo. En todo ese tiempo, Artaud ha reunido sus versos en un libro que ha dado por título “Trictac del ciel”, un texto muy atrevido, con componentes extraordinariamente novedosos e innovadores, en los que se vislumbra la cantidad de metáforas rupturistas de la tradición, lejos ya de la historia y de la nostalgia, muy en el avance del siglo XX, entre el comfort de la nueva estética más el cubismo de los pintores habladores.

Un libro completamente parisino, de jazz y whisky nocturno, algo así como lo que sería Charly Parker en su negrura de bronce, muy en la onda del final de una guerra mundial, digamos que en el octavo cielo de las irrupciones amarillas.

Artaud iba en serio con aquel primer libro y así se lo hizo saber a Breton. Apareció en su primer Manifiesto Surrealista, lanzado en París en 1924, causando el estupor de la clase burguesa y de todos los desprevenidos del momento. Aquello fue un bombazo bajo el Arco del Triunfo, un insulto a la ciudadanía francesa, un canibalismo de mujeres emponzoñadas, un duro golpe a la clase política. ¿Cómo un grupo de poetas malditos intentaba hacer tanto daño a la nación francesa? ¿Cómo se atrevían a ir con aquellos fusiles tan literarios a matar al último civil tan civilizado?

El lenguaje, como fenómeno de masas, debía electrificar el nuevo panorama del arte incómodo con el objetivo de mostrarse elocuente y disolvente, como si fuera un carvajo incendiado, patroneado de niños diablos, barroquizado del lado de los apuntes caóticos. El lenguaje debía ser el caos, entendido como la nueva intención de la blancura. Caos y blancura en un solo verso de generación nacional.

Pero las vanguardias tuvieron el problema de la acontemporaneidad. Lo decimos con claridad. Tuvieron el problema de la Segunda Guerra Mundial que, con cuatro tanques, las pulverizó para siempre, aunque, al correr del tiempo, como el ave fénix, a lo largo de la historia, siempre han ido apareciendo, porque como dijo Marx, “la historia se repite”.

Antonin Artaud se apuntó a aquel primer Manifiesto Surrealista del siempre manipulador André Breton, con el cual, con el tiempo, tendría serios problemas (¿quién no tuvo problemas con André Breton?)

Breton vio en seguida en el dadaísmo la caballería de sus propias exploraciones expresivas, surgidas a su vez a partir del estímulo de Apollinaire (y de ciertos extravagantes como Jacques Vaché, muerto en guerra o el boxeador Cravan, entre otros). Escribir cada cual una palabra dentro de una frase no vista en su conjunto, sin saber más que su categoría gramatical: “El cadáver exquisito”. Todo aquello fue un acto inmortal del siempre furibundo azar: “El cadáver exquisito beberá el vino nuevo”. El término surrealismo lo toma Breton del drama de Apollinaire “Les mamelles de Tiresias, drame surréaliste”.

Estas prisas por escribir serán básicas para entender el surrealismo y quizá toda vanguardia, pues en ella se fragmentan todos los elementos que nacen de la nada, freudianamente, pero que completan el todo, desde el punto de vista psiquiátrico. Es ahí -y ahora llega el lugar de mi recreo- donde se hace completamente atractiva la poesía de Antonin Artaud.

Artaud escribe: “pues es verdad que en cada segundo hay una frase extraña a nuestro pensamiento consciente que no pide más que ser exteriorizada. Es bastante difícil pronunciarse sobre el caso de la frase siguiente: participa sin duda de nuestra actividad consciente y no de la otra”. La consciencia como arrumbamiento de toda posibilidad poética. Las civilizaciones del sueño y lo que ellas significan son las verdaderas armas del poeta, el estado del proceso del insomne que ya ha dormido y que todo lo recuerda. Dentro de la poesía surrealista es altamente significativo no tachar, no rectificar, no aplicar la inteligencia crítica, porque sería estorbar, ya digo, “el oráculo de las palabras”.

Pero, quizá ajeno a todo aquello, Antonin Artaud recorre las calles de París con su calidad de surrealista como revelación. Se ha hecho un poeta, sin duda, surrealista. Hasta ha asumido el cargo de director de la Oficina de Investigaciones Surrealistas, que era algo así como literaturizar la organización del futuro del mundo con todas las palabras blancas que venían de la oscuridad y de Freud.

Por esta oficina pasaban Aragon y Eluard, y Soupault y Reverdy, y Prevert y Péret y Desnos y Max Ernst, así como, entre aquella primera pandilla, también estaban Arp y Morise y Fraenkel y Phaulhan y Baargeld, aunque fuera anacrónicamente, y De Chirico, y un poco alejados, Cocteau y Saint-John Perse.

Artaud vigilaba sus movimientos desde fuera y desde dentro, como una pintura que todavía no ha sido entregada a la galería, pero que ya ha sido adquirida por el comprador. Es el tiempo en que Artaud cree firmemente en el surrealismo como musculatura para cambiar el mundo. Como referencia de la aberración lingüística, el poeta de Marsella entiende su poesía como catapulta capaz de lanzar este movimiento dentro del orden del propio caos. Su primer libro de poemas así lo demuestra. En su texto “La Revolución Surrealista”, de 1925, se expresa de la siguiente manera: “La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado. Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche. La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.”

Se trata de la fluctuación del lenguaje sin parapeto ninguno, sin depuración alguna, en toda su inmensidad, como intercambio del mundo, como aspiración contra el mundo, para activar o expulsar el demonio interior, la ascensión a los infiernos interiores. Sí, lo creo. El propio Artaud, como todos los surrealistas de entonces, se estaba edificando de afuera hacia dentro, pero -y esto es imprescindible saberlo- con sus propios miedos, con su terror inédito o con su locura tan lúcida como la más álgida locura.

El dolor como forma expresa del ritmo cardiaco de la escritura. Artaud buscó toda la vida en su poesía remedar el agua que bastiara sus órganos interiores, su juventud maldita, sus perros ladradores.

Con la aplicación de la tijera del surrealismo, en aquella primera época del primer Manifiesto Surrealista de Breton, Antonin Artaud se inventa a sí mismo, en la inconsciencia de su propio lenguaje, en cuanto estructura y léxico que encarnan su entera vida mental, no demasiado fina por entonces, como nunca lo estuvo. Artaud, como buen surrealista, se dejó llevar por el lenguaje, más que intentar él controlarlo, porque la tarea de los poetas surrealistas consistía sobre todo en desencadenar el idioma potentemente, como si lo hicieran con la metalurgia de la Torre Eiffel.

Se trataba de un lenguaje liberado que ofreciera precipitados deseos. Se rechazaba la lectura en voz alta, por esa voluntad de la estética. De ahí el interés de la pintura, de las artes. Hay una conexión con el pintor como no la habrá habido jamás. Es el logro de la alucinación visual. El propio Artaud se dedica al dibujo, un juego infantil que le lleva a perpetrar los más arrebatados e infernales trazos memorísticos y experimentales. El surrealismo, el del propio Artaud, tiene un objetivo último, en cierto modo, transcendente, más allá de su irremediable literaturidad, esto es, una radical renovación de la humanidad.

Breton dice: “El hombre tiene en reserva en su propio pensamiento una realidad desconocida de la que depende sin duda la organización futura del mundo”. Con esta idea, Breton había propuesto en 1922 un Congreso nacional para la determinación de las directivas del espíritu moderno. No es extraño, pues, que un ser tan visceral e impulsivo como Antonin Artaud, en una ciudad tan visceral e impulsiva como París, con un movimiento tan compulsivo y transformador como el surrealismo, intentara, con aquellos primeros libros y manifiestos literarios, impulsar su mundo interior hacia una nueva actividad del subconsciente, una nueva manera de la luz, un nuevo principio de su propio bromuro, de su propia bestia ya identificada.

Artaud usó las palabras con el único objetivo de intentar explicarlo todo, sus neurosis, su propia belleza, el corpus paulino, el concurso de los días, la necedad, las insólitas vanguardias, la residencia de los años, los boletines de la guerra, la coexistencia de la muerte, “los círculos de senos trazados en la sangre del cerebro”, la cultura de la ciencia, el deporte de los años 20, el calvario del cancán como poema, la luxación del lenguaje de Th. Fraenkel, el misterio del agua. Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general. Y Arp cada vez pintaba mejor.

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