Yo una vez vi delfines.

En Cádiz.

A ver, los he visto al menos en otra ocasión. Fue en la Playa de Los Locos. Suances, Cantabria. Uno de esos arenales que con marea alta son todo rocas y a los que se va a ver y que te vean. Sobre todo si eres adolescente (o si la adolescencia se te está metiendo peligrosamente en la treintena a causa de la exposición solar continua). Con olas como demonios y las corrientes más traicioneras que pudiera imaginar un Lovecraft. Por haber hay hasta surfistas. Y algunos incluso entran al agua, no se crean. Los otros, los “surfers de prao”, se manejan mejor en el chiringuito, en el mirar ceñudo y evocador a la mar, en tratar con mimo esa tabla que aun lleva el precio colgando. Ustedes me entienden. Pues allí vi un día delfines, una familia, con dos (o tres, fue hace tiempo) pequeños persiguiendo a los adultos, saltando entre las olas. Todo muy bonito. Mágico.

 

 

La otra vez fue en Cádiz, paseando entre la Catedral y La Caleta. Con mi piel blancuzca y mi aspecto de tipo despistado (libro en la mano incluido). Un par de simpáticos lugareños contemplaban a los preciosos cetáceos apoyados en el malecón de piedra ostionera. Como soy de natural curioso, y me encantan los bichejos, me puse allí con ellos, a disfrutar el espectáculo. Solo que esta vez los delfines eran más escurridizos que los de la Playa de los Locos, y apenas conseguía atisbar sus estelas a lo lejos, confundiéndose con las olas. Y no sería porque no me ayudasen mis nuevos amigos, que señalaban, con dedo experto, las zonas por donde acababan de hundirse los flippers en cuestión. Así me tiré mi buena media hora, disfrutando de espuma, promesas y brisa. A partir de los veinte minutos las risas de mis colegas empezaron a darme mala espina. Cuando me retiré (sin haber visto ni una sola cola horizontal asomando por entre el azul) ellos directamente se descojonaban en mi cara.

Ay.

Quiero decir con esto que yo también he sentido la llamada de lo salvaje, la sublime necesidad de atisbar aquello que es casi imposible de ver, mirando, de paso, todas esas cosas que a veces nos parecen desapercibidas por evidentes. Pero que no lo son tanto.

Es algo parecido (ejem) a lo que hace Gabi Martínez en su fantástico “Animales Invisibles”, obra que aparece en una preciosa edición parida a medias por Capitán Swing y Nórdica Libros. En pocas palabras, una crónica de viajes variada, original y nada previsible. Más que nada porque se basa, fundamentalmente, en perseguir aquello que no se va a contemplar. Algo que a lo mejor ni existe.

Ahí reside el encanto del asunto, en realidad. Y la habilidad de Martínez, que ha hecho de la viajera un género muy personal, jugueteando con eso tan en boga que algunos llaman la “non fiction” y que no deja de ser el reporterismo de toda la vida. Ese que, al menos, informa. Y si está bien escrito, como es el caso, deleita.

Porque la clave está en manejar el tempo. Si ustedes desean un libro de búsqueda, uno de esos en los que cada pista conduce a la siguiente y esta a la siguiente y al final logran una solución (o no)…bueno, este es un buen título. Pero en realidad se están perdiendo lo mejor. El contexto. La forma deliciosa en que está imbricado. Cómo se habla del yeti para explicarnos sobre las zonas altas de esa tierra de nadie que está entre Pakistán y Afganistán. Allí donde habita el hombre de las nieves, y donde quienes gobiernan son contrabandistas, pastores, señores de la guerra, narcotraficantes. En ese orden, o en otro. O, mejor aun, combinados. También es posible tocar el calentamiento climático tomando como referencia la gran barrera de coral. O rememorar los grandes pasos de un ave gigantesca, casi un dinosaurio con plumas, que los aborígenes neozelandeses se merendaron, literalmente, hace siglos.

Todo ello son excusas, si se quiere. Enormes cliffhangers que esconden un estudio antropológico (propio y ajeno) que resulta a la vez preciso y divertido. Sobre las personas de cada pueblo, sobre los coreanos que comen carne de perro, sobre habitantes de Nueva Zelanda cachas y bronceados, sobre venezolanos que esconden más secretos de los que uno piensa. Historias, en suma, que es lo que nos gusta. Una invitación, sobre todo, a no dejar de perseguir lo velado. Sin importar siquiera si va a aparecer. Sin importar, siquiera, si jamás estuvo allí.

 

 

  • «Animales invisibles»
  • Gaby Martínez
  • ISBN: 9788417651213
  • Editorial: Nórdica Libros y Capitán Swing
  • Año de la edición: 2019
  • Páginas: 256

 

Compartir
Artículo anteriorRecuerdos de Reyes
Artículo siguiente«El silencio de lobo»
Marcos Pereda
Marcos Pereda (Torrelavega, 1981) es escritor profesor. O al revés. Ha publicado "Arriva Italia" (Popum Books, 2015) y "Periquismo. Crónica de una pasión" (Punto de vista, 2017). También asoma la cabeza por medios de comunicación, de los mainstream y de los raros. A veces le han dado algún premio, pero tiene mala memoria para esas cosas. Le gustan el café y las tildes diacríticas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here