No se abre ni se cierra el telón. El escenario, casi vacío de atrezzo, está lleno de gente. Dos paneles y 80 sillas. No hace falta nada más. Ochenta sillas para los 80 privilegiados que van a disfrutar de Lorca. A disfrutar de Javier.

No se abre ni se cierra el telón. El espectador está sobre el escenario antes que el actor. Luces bajas, alguna proyección y ganas de soneto.

Amor oscuro. Los versos del poeta 50 años ocultos, perdidos o no, qué importa. Once sonetos a su amor prohibido, mil veces perseguido en una España que no acaba de arrancar. Federico y Juan. García Lorca y Ramírez de Lucas. Y unos poemas que existieron, existen, al menos una parte, y existirán.

No se abre ni se cierra el telón cuando Javier García Ortega (justo candidato a los premios Max 2018 por su buen hacer en esta obra) comienza a declamar y el público a desgarrase. Amor oscuro, Sonetos, de producciones Viridiana es la historia de la Historia. Es la vida de Lorca en poca palabras y 11 sonetos. Son 11 personajes en un único actor, en un único autor. La transformación de Javier, quién despojado de atuendo sale al escenario a contar, a recitar, a esbozar la vida de un poeta que todos conocemos. Conocemos, pero…

No se abre ni se cierra el telón, no es necesario para abrir el alma. Se rompe el cuerpo. Javier deja de ser Javier, Javier es Federico García Lorca. Es verso y dolor. Es pintor, si me apuran. Unas breves pinceladas de la vida del poeta maldito, para muchos, desgraciadamente, maldito poeta. Un esbozo que dejan huella en el espectador que no tiene que esforzarse para entender lo que fue.

«No se abre ni se cierra el telón, se abre el alma»

No se abre ni se cierra el telón cuando suena la música que enmudece a un público ya mudo. Ni cuando se proyectan los sonetos recitados, ni cuando Javier avanza descalzo. No se abre ni se cierra cuando el espectador entiende que ahora Lorca es Javier, y no al revés. Que está ahí, con sus sonetos, con su vida, con sus amigos y sus enemigos. No se abre ni se cierra cuando tu garganta te indica que no puedes más, que eres frágil como esos versos. Y ya no eres tú. Eres Lorca. Eres un Lorca que llora tu propia injusticia. La obra te silencia brevemente. Solo sabes aplaudir. No preguntas a tu compañero: ¿Qué te ha parecido? Ya lo sabes. Lo ves en las caras, sobre ese escenario que os han invitado a compartir.

No hace falta que se abra ni se cierre el telón para que entiendas que España le debe una disculpa a Federico García Lorca.

 

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