«Quien mucho corre pronto para, y de eso va la cosa. Una vida al límite. Dinero. Cocaína. Putas. Y una necesidad, más billetes para que no decaiga la fiesta. Un palo mal dado y unas cuantas vueltas de tuerca en el garrote. Flor de un día y varias horas de agonía».

 

―Bueno, abra la botella de coñac señor comisario, que está to pagao― dices tras limpiarte la comisura de los labios con una servilleta―. Y de lo mío, ya sabe. Consígame algo, por favor, que tengo un mal cuerpo que no me tengo en pie…

Enfatizas las palabras llevándote las manos al estómago. La verdad es que estás jodido. Mucho. Tanto por el futuro que tienes por delante, como por el mono que hace horas que no para de dar por el culo. Te llamas José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, Jarabo a secas para abreviar y ahorrar saliva. Y la verdad es que pintan bastos. Las cosas se te fueron un poco de las manos. Siempre has sido muy impulsivo. Pero esto pasa de castaño oscuro. Estás en la DGS, invitando a comer a toda la cuadrilla de polis que ha intervenido en tu detención y en varios intentos de interrogatorio que no han cuajado. En boca cerrada no entran moscas, ya sabes. Pero hay algo que juega en tu contra. Ellos tienen todo el tiempo del mundo para hacerte cantar. Tú, en cambio, tienes pocas horas sin que tus adicciones llamen a la puerta. Así que nada. Farándula y charanga. Comida para todos. Que la suban de Lhardy que yo pago. Porque ante todo, soy un caballero español y el dinero se me cae a manos llenas. Después de comer me convidan un pico de algo y yo canto. Palabra, señor comisario, palabra. Y tres palmadas en el pecho para dar énfasis a lo que dices. A la altura del corazón, que eso siempre queda bien.

Y en esas estás. Un médico te pincha un chute de morfina y empieza el baile. Los que antes compartían mantel contigo y masticaban a dos carrillos, ya no son tan amigables. Pim Pam. Ahora toca semblante serio.

― Mire, señor comisario― empiezas a hablar, jugueteando con un cigarro apagado entre los dedos―. La verdad es que yo no quería que las cosas salieran así. De verdad se lo digo. Se lo juro por mi libertad. Pero ya sabe usted. Uno ante todo es un hombre y no puede permitir que el honor de una dama quede mancillado por culpa de esos chupasangres de la tienda de empeños. Ya me entiende…

El comisario hace un gesto al que está transcribiendo tu declaración. El resto de polis se os acercan con una taza de café en la mano y cara de verdadero interés. Tienes a tu público expectante y no está bien hacerles esperar. Te enciendes el cigarro y das un par de caladas. Ofreces tabaco a los demás y terminada la ronda, vuelves a tu relato. Eres un narrador bastante bueno, tal vez deberías haber probado suerte en eso de la literatura. Por lo menos tu suerte sería menos negra de lo que es ahora. Pero en fin. A lo hecho pecho. ― Mejor empiezo por el principio. Así el que toma nota lo tiene todo resumidito para enseñárselo al juez― risotadas. Hasta el comisario se ríe. Hay que ver la mala fama que tiene el sitio y lo majos que son, piensas―. He llevado una vida que muchos querrían. He gastado en sólo un año, más de quince millones de pesetas en putas,borracheras y drogas. Sí, putas, borracheras y drogas. El caso, es que una de mis amantes, una preciosidad inglesa apellidada Jones me dio una joya para que la empeñara y pudiera salir de un aprieto en el que estaba. Una mala racha de juego, ya sabe señor comisario. A veces se gana. A veces se pierde…

Los que te rodean asienten y murmuran. Tú, te tomas tu tiempo para dejarles a su aire. El resto de la historia te la conoces al dedillo. Sólo hace falta adornarla un poco y seguir vendiendo la moto de que lo que hiciste fue por limpiar el honor de la Jones. Cuando la verdad es que estás sin un puto duro desde hace tiempo y vives de sablear pardillos desde hace meses…

― El caso, señor comisario y acompañantes, es que ella me escribió para decirme que estaba casada y que su marido había echado en falta la joya. Que se la hiciera llegar cuanto antes. Y por encima de todo, uno es un caballero. Así que pese a sentirme engañado por ella, fui a la casa Jusfer a recogerla. Lo intenté de todas las maneras. Era una alhaja de brillantes que valía sus diez mil duros. Pero esos desgraciados quisieron estafarme.

― Y por eso los mató― interrumpe el comisario.

― No. Eso fue después. Me exigieron una carta firmada por la dueña para saber que no era robada. Como si yo fuera un ladrón. ¡Un ladrón! Pero en lugar de ponerles las cosas claras, me guardé mi orgullo y les llevé la carta.

― ¿Qué pasó después?

― Que se la quedaron y me pidieron seis mil pesetas más para desempeñarla. Eso sí que no lo podía tolerar. No porque no pudiera pagarlo, señores policías. Si no porque estaba en juego el honor de una dama.

― Le entiendo, le entiendo― dice el comisario, haciendo un gesto con las manos para que vayas al grano―. Continúe, por favor.

― Por eso, la noche del 19 de julio fui a la casa de uno de ellos. Quería hablar con él. De hombre a hombre. Que me dijera a la cara por qué se estaban riendo de mí de aquella manera― el recordarlo hace que la sangre vuelva a hervirte en las venas. Cierras los puños y aprietas los dientes― . No quería problemas. Sólo quería hablar con él. Pero por si las moscas, me colé en el portal aprovechando un descuido del sereno y evité tocar nada. No sabía si luego el muy canalla inventaría cualquier historia para incriminarme.

Das un trago de tu copa de coñac. La verdad es que está bueno, vale el pastón que has pagado por él. Lo paladeas un par de veces y das una última calada al cigarro.

― Una vez en la casa, estaban él y la criada. Se puso hecho una fiera conmigo. Me amenazó. Forcejeamos. Y mi arma cayó al suelo. Ni me acordaba de que la llevaba, de verdad.

― ¿Tiene usted licencia de armas?

Callas. Ahí la has cagado tú solito. Podías decir que el fusco era de él, que se cayó. Te asustaste y te liaste a tiros dentro de la casa. Pero no. Te acabas de meter en un callejón sin salida. Casi puedes notar las argollas del garrote en tu garganta.

― No, señor comisario. Sé que es un delito grave. Pero entiéndame. La calle está llena de chusma. Uno tiene un nombre y una fortuna. Y debe, por encima de todo, ser capaz de protegerse de rufianes y ladrones sin tener que molestar por ello a las fuerzas del orden.

El comisario te mira. Esboza una mueca cansada que suena a otro perro con ese hueso y te invita a seguir hablando. Tú, carraspeas y sigues con tu narración escuchando el tocotocoto monótono del que está transcribiendo todo lo que dices.Suspiras para controlar tus pensamientos y vuelves a la faena.

― La discusión pasó a mayores. Me agredió y yo recogí el arma del suelo. Enloquecido por el miedo como estaba, perdí los estribos y le maté a él y a la criada. No quería matarla a ella. Era inocente, como mi pobre señorita Jones. Pero lo hice― lagrimeas un poco, en versión cinematrogŕafica para ablandarles, aunque no tiene pinta de que funcione la cosa―. Al rato llegó la señora. Yo había bebido bastante para armarme de valor y decirle lo que había pasado. Quería obrar bien. Decirle qué había pasado y entregarme, señores policías. Pero cuando la vi entrar, me entró el miedo otra vez y la maté también. Después, seguí bebiendo y no recuerdo muy bien qué pasó.

― Que colocó el cuerpo de la señora en su dormitorio y el de la criada sobre su cama, ambas en unas posiciones un tanto perturbadoras― dice uno de los polis leyendo la minuta del caso―. Debiste beber mucho para no acordarte de eso.

― Ahora que lo dice, sí. Me acuerdo de eso y de que no estaban ni la joya ni la carta. Lamento de verdad haber matado a esas dos mujeres y haber intentado camuflar mi crimen de aquella manera tan horrorosa. A él, no. Me chuleó durante mucho tiempo y tenía que defender mi honra.

Resoplas. Tienes la cabeza un poco amodorrada. No sabes si porque la morfina era demasiado pura o porque se te ha ido la mano con el coñac. Pides al comisario que te dé un poco de tiempo para seguir contando tu historia, pero dice que ni hablar del peluquín. Insistes. «Que no me encuentro bien, señor comisario. Déjenme descansar unos minutos, por favor». Y él sigue en sus trece. Al final, el relato de tus hechos se basa en un acuerdo tácito. Uno de los polis te lee lo que tienen y tú sólo tienes que decir sí o no.

Y así concluye tu declaración. Te cuentan que esperaste al otro perista dentro de la tienda. Utilizando la llave que mangaste de casa de tu primera víctima para entrar, y que allí mismo le dejaste tieso. Un tiro en la cabeza. Pum y tu traje nuevo lleno de sangre. Ahí pecaste de pardillo. No lograste recuperar lo que habías ido a buscar y para rizar el rizo, llevaste el traje a una tintorería. Hay que ser gilipollas, la verdad. Sólo les bastó tirar de la manta. Tú, mientras tanto de putas y farra. Puliéndote lo que sacaste de la casa de empeños en lugar de poner tierra de por medio. Y ahí acabó todo. Te trincaron. Ahora te ponen una declaración delante para que la firmes y te toca esperar unos meses. Sabes que de esta no te salva ni Dios del garrote.

Pero tranquilo, no te preocupes. Vive el presente mientras te bajan de nuevo a los calabozos de la DGS. Decirte que te juzgarán el 29 de enero de 1959. Que todo durará cinco días. Que en cada uno de ellos estrenarás traje. Que la sala estará hasta los topes de folclóricas, toreros y demás gente de ese mundillo. O que el 4 de julio cuando te vayan a dar pasaporte, tardarás 25 minutos en morir porque el verdugo será un poco blando en eso de girar la manivela. O que pasarás a la historia de la mano de Sancho Gracia y Juan Antonio Bardem en un episodio de La Huella del Crimen; quedaría feo. Sería estropearte demasiadas noches de insomnio y remordimientos. Cada cosa a su tiempo y el tuyo ya ha empezado a agotarse.

 

Fuentes:

Crónica de la España Negra. Francisco Pérez Abellán. Págs.285-290,

De Madrid al Infierno. Marcos Besas. José Antonio Pastor. Págs. 172-201

Expediente Marlasca http://cort.as/-789X

https://es.wikipedia.org/wiki/José_María_Jarabo#Juicio

http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-huella-del-crimen/huella-del-crimen-jarabo/4133838/

https://elpais.com/diario/1985/03/31/radiotv/481071606_850215.html

https://culturacientifica.com/2017/06/26/evolucion-del-asesinato/

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